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Mirando la escena
desde afuera se veía a un grupo de gente de edad mediana y
algunos adolescentes, recibiendo algo valioso de un hombre
mayor. Estábamos todos sentados alrededor de él, en la sala
de espera del hospital, ansiosos por las noticias acerca de
la operación de mi madre. El tío Joaquín rondaba los ochenta
y había venido desde el gran Buenos Aires para estar cerca
de su hermana en esos momentos difíciles. Seguramente todos
trataban de calmar los nervios iniciando alguna conversación
y al tío le gustaba contar anécdotas de la historia familiar.
Algunos sobrinos impulsados por curiosidades personales le
hacían preguntas que ramificaban la historia del tío Joaquín
hacia caminos interminables. ¿Y en qué año vinieron los bisabuelos?
¿Cuántos hermanos eran? ¿Qué hacían en Italia? ¿Por qué no
se casó la tía Teresa? ¿Les gustaba Mussolini? ¿Es cierto
que la abuela trabajó de maestra a los quince?
.Las preguntas
saltaban desde cada silla alrededor del tío y él las atajaba
todas al vuelo, frenaba el relato , se reubicaba en la ilación
e iniciaba una nueva línea de la historia. Para todo tenía
alguna respuesta y alguna historia que aclaraba más la pregunta.
Parecía tener un conocimiento inagotable del tema en cuestión
y relataba con placer y orgullo. Los sobrinos no ocultaban
su satisfacción al tener una fuente de información tan rica
acerca de la historia de su familia, su propia historia. Quizás
por eso todos los temas interesaban a todos y las construcciones
del relato sonaban como la mejor literatura y la mejor historia.
Esto me hizo reflexionar acerca de algunos valores de nuestra
cultura.
La cultura del mercado, fase actual del mundo capitalista
valora los objetos de acuerdo a su potencial de uso, pues
esto les da el precio en el mercado. Así un auto viejo vale
menos pues al estar usado durará menos. Esto lleva a que lleguen
a valer tan poco como para que a nadie les interese comprarlos
y se los acumule en depósitos hasta que algún proceso los
haga desaparecer o transforme en otra cosa. Lo mismo puede
pasar con televisores, heladeras, muebles y cualquier otro
objeto.
¿No pasa algo parecido con el "objeto hombre", cuando
está usado y ya no vale lo mismo como fuerza de trabajo o
como consumidor potencial?
En el mercado de los cuerpos consumidores el viejo no tiene
chance, excepto que sea rico o famoso.
Con esta visión, el paso de los años nos acercaría a todos
al depósito de "usados", aunque se los disimule
llamándolos geriátricos, casa de la tercera edad o rincón
de los abuelos. No importa el nombre sino la valorización
que se haga de las personas que se alberguen.
Si aceptamos sólo la valorización del cuerpo joven como objeto
de consumo y consumidor a la vez, no tenemos chance. Lo paradójico
es que los responsables de esta ideología, tampoco podrán
escapar al envejecimiento de sus cuerpos. Quizás piensen que
zafarán siendo famosos.
Pero en cambio si valoramos la riqueza acumulada por el solo
hecho de vivir y ser testigo de una historia transmisible,
cada día seremos más ricos.
No es necesario ser Cervantes ni Cortázar para contar una
historia. Todos podemos con nuestro lenguaje, nuestra modalidad,
nuestro tono, transmitir un relato interesante, si valoramos
el hecho de hacerlo y confiamos en el interés de los que escuchan.
En nuestra cultura, este reconocimiento de la valorización
del relato de los mayores podría cambiar las "Leyes del
mercado de los viejos" . Pero también las de los jóvenes,
pues todos podrían tener un "relator valioso" en
su familia. Además, el paso de los años nos enriquecería más
cada día a todos, sintiéndonos archivos vivientes en crecimiento,
en lugar de cuerpos gastados camino al cementerio de usados.
Hace muchos años, alguien me dijo que en China, los nietos
piden con mucha anticipación cita con su abuelo, y ése es
un día muy esperado, pues van a poder compartir su sabiduría.
Es la idea que me transmitió la escena del tío Joaquín. Todos
tenemos cerca a uno como él , portador de una historia, que
puede ser la nuestra o no, pero que siempre será interesante
si la sabemos escuchar.
Además todos podemos llegar a la edad del tío Joaquín , y
¿a quién no le gustaría sentirse el libro más valioso?.
Jorge Miguel Brusca
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