Diálogos con Johann Wolfgang Von Goethe

DIÁLOGOS CON JOHANN WOLFGANG VON GOETHE

Goethe nació en Frankfurt el 28 de agosto de 1749; además de novelista, dramaturgo y poeta, estudió leyes –la profesión de su padre-, Ciencias Naturales, investigó en física y biología, fue uno de los iniciadores de la Anatomía comparada, historiador de ciencias, diseñador, economista, director de teatro, filósofo y funcionario del Estado de Weimar.
En 1782 muere su padre y en 1805 fallece el escritor alemán Schiller, ambas figuras que habían marcado fuertemente la personalidad y la carrera literaria del joven Johann. Embargado por la pena y la soledad decide formar un hogar, convive con una joven obrera y –luego de varios embarazos perdidos- nace su hijo. En 1808 aparece la primera parte del Fausto.


He ideado un diálogo con este genial escritor, admirado por Sigmund Freud entre tantos otros, en base a sus textos, obviamente descontextualizados. Goethe sabría perdonarme.
Adrián Sapetti: admirado maestro, ¡cuántas cosas nos has enseñado con tus obras!

Johann Wolfgang Goethe: ¡Qué mala suerte que hoy no se pueda aprender nada para toda la vida! Nuestros antecesores se atenían a las enseñanzas que habían recibido en su juventud, pero nosotros ahora tenemos que aprender todo de nuevo cada cinco años, si no queremos quedarnos pasados de moda.

AS: maestro Goethe, es sabido que tú y tu hermana Cornelia fueron los únicos supervivientes de toda una serie de hermanos…y debes haber sido el favorito indiscutible de tu madre.

JWG: cuando intentamos recordar lo que en nuestra primera infancia nos sucedió, nos exponemos muchas veces a confundir lo que otras personas nos han dicho con lo que debemos realmente a nuestra experiencia y a nuestras observaciones personales. Las viejas cicatrices vuelven a abrirse y brota un lamento que recuerda el curso tortuoso del laberinto humano, en el cual se han extraviado aquellos que un día conocieron la dicha enga¬ñadora y hoy han desaparecido para siempre.

AS: cuando fallece tu madre perdiste esa mirada que te sostenía y que luego buscaste en tantas miradas femeninas.

JWG: buscaba un tesoro escondido, y en vez de oro, encontré horribles carbones.

AS: tal vez te hayas equivocado en esa búsqueda.

JWG: el destino del ser humano es equivocarse mientras se tengan deseos y aspiraciones.

AS: como que elegiste mal.

JWG: ¿Los hombres no pueden hablar de nada sin decir: es una locura, esto es bueno, aquello es malo?, ¿qué significan esas palabras? Para decirlas ¿has examinado los motivos secretos de esta acción?, ¿puedes distinguir con precisión las causas por qué ha sido hecha y por qué debía hacerse? Si lo supieras, no juzgarías con tanta precipitación.

AS: ¡qué carácter, maestro!, con razón te veían como medio loco.

JWG: si yo no fuese un loco, podría pasar una vida muy agradable y feliz. Si vieras cómo me desgasto en este torrente de distracciones que no proporcionan ni una alegría para el corazón, ni una lágrima para los ojos. ¡Nada, nada! Todo lo miro como si fuesen títeres…

AS: quizás tus emociones te han desbordado, embriagado…

JWG: más de una vez me he visto ebrio, y mis emociones me han arrastrado hasta muy cerca de la locura; sin embargo, no me arrepiento ni de lo uno ni de lo otro, porque he aprendido a saber que se ha desacreditado siempre con el nombre de borracho o de loco, a todo hombre extraordinario que ejecutaba alguna cosa grande, o que parecía imposible.

AS: cuando pensé en este diálogo contigo no creí que me iba a resultar tan difícil.

JWG: a ti se te aplica aquello que le decía Mefistófeles a Fausto: “-¿Para qué hacer causa común conmigo si no podías soportar las consecuencias de nuestra asociación? Quieres volar y aun no te has preparado para el vértigo”.

AS: ¡así que con ironías!, pensar que en una época creías en el amor.

JWG: sin el amor, ¿qué sería el mundo para nosotros? Lo que una linterna mágica sin luz: apenas se enciende ésta cuando las imágenes más variadas comienzan a pintarse sobre la pared, y aun cuando no sean más que fantasmas, constituyen nuestra felicidad y, como los niños, nos extasiamos ante tan maravillosas apariciones. ¿Son estas las ilusiones? ¿Es una ilusión la felicidad?

AS: tal vez el estado de enamoramiento sea algo perfecto, que te colma plenamente, aunque sea una ilusión. Te ha ocurrido con tu último amor, la joven Ulrica.

JWG: mas ahora comprendo que nada perfecto le es dado al hombre. La relación con ella ha encendido en mi pecho un fuego terrible y me empuja hacia esta dulce imagen, y ahí voy, como ebrio, del deseo al goce, y en el seno del goce echo de menos el deseo.

AS: hablas como alguien desencantado de la vida, que ni cree en el placer.

JWG: el Universo está perdido para mí y estoy perdido para mí mismo, yo que hasta ahora era el favorito de los dioses. Me han puesto a prueba, me enviaron a Pandora, tan rica en tesoros, pero más rica aún en peligros; me han empujado hacia los generosos labios de Ulrica. Ahora me separan, dejándome aniquilado. Ningún placer me satisface, ninguna alegría me colma y así voy sin cesar en pos de formas cambiantes.

AS: ¿y la creación?

JWG: ¿para qué nos sirve el eterno crear? Para reducir a la nada lo creado. Es como si jamás hubiera existido. En tu lugar preferiría yo el vacío eterno.

AS: no creo en ese pesimismo tuyo y menos creo en tu misantropía…

JWG: ¿aquello que no palpas crees que está a cien kilómetros de ti; aquello que no comprendes, para vos no existe? ¿Aquello que no calculas, crees que no es verdad? ¿Aquello que no puedes pesar, no tiene para vos peso alguno? ¿Aquello que no puedes acuñar, piensas que nada vale?

AS: siempre te vi como un hombre afecto a las grandes pasiones.

JWG: las grandes pasiones son enfermedades sin esperanza. Lo que podría curarlas las haría, en verdad, peligrosas.

AS: sin embargo esas pasiones te permiten revivir en medio de la vida diaria.

JWG: así pues, todos juntos y cada uno a su manera proseguimos la vida cotidiana, reflexionando a veces, otras sin pensar en nada. Todo parece seguir el curso habitual, como ocurre en los casos extraordinarios en los que todo está en juego y se continúa viviendo como si nada ocurriera.


AS: ¿qué te pasó luego de escribir Werther?

JWG: escrita la obra me sentí aliviado y gozoso como tras una confesión y dispuesto a emprender una nueva vida. El clásico remedio me había venido de maravillas. Pero mientras yo me sentía aligerado y liberado, luego de haber transformado la realidad en poesía, mis amigos se confundieron creyendo que había que transformar la poesía en realidad, imitar la novela y matarse. Este efecto que produjo al principio en unos pocos lo causó más tarde en el gran público y el libro que a mí tanta utilidad me había prestado, fue tildado de altamente pernicioso.

AS: en algún momento antes de escribirla, habías intentado suicidarte ante un fracaso amoroso.

JWG: sin embargo, creo que no puedes comparar el suicidio del que estamos hablando, y que debe mirarse como una debilidad del hombre, con las acciones que requieren cierto valor, porque, en fin, es más fácil el morir que el soportar con resignación una vida llena de amargura. ¿Qué cosa es el hombre, ese semidiós tan ala¬bado? ¿Sus mismas fuerzas no le abandonan cuando más las necesita? Y cuando es presa de la alegría, lo mismo que cuando se sepulta en la tristeza, ¿no se siente detenido en su camino? ¿No se ve arrastrado al triste sentimiento de la pequeña idea de su existencia, cuando de¬searía perderse en el Océano del infinito?

AS: sigues con tu onda melancólica.

JWG: por la noche me propongo ver la salida del sol y permanezco en el lecho toda la mañana. Durante el día me prometo admirar la luz de la luna y cuando llega la noche no salgo de casa. Verdaderamente no sé ni por qué me acuesto, ni por qué me levanto. Me falta la levadura que hacía fermentar la vida, y veo con dolor que ha desaparecido también aquel en¬canto que me tenía despierto durante toda la noche y me hacía dormir al despuntar el día.

AS: es como si te quisieras despedir, ante la cercanía de la Nada…

JWG: ya están de nuevo aquí, sombras vagas, fugitivas e inciertas formas, que en otro tiempo contemplé. ¿Podré retenerlas esta vez? Al verlas flotar en torno mío, mi corazón, marchito por la edad y por las penas, se remoza y tiene palpitaciones juveniles. Vengan, acérquense, dulces imágenes que brotan del seno de la niebla. Cúmplase vuestro deseo; vengan a envolverme en vuestros giros y apodérense de mí. Vuestra presencia evoca en mi alma la memoria de días más felices, y entreveo más de una sombra amada. Como una voz lejana y casi extinguida llegan a mi espíritu los dulces recuerdos de mi edad moza, y surgen ante mí, a un tiempo mismo, los de la primera amistad y del amor primero.

AS: podrías seguir creando, con inspirados versos.

JWG: no, ya no oirán los cantos de este poeta, nobles almas para las cuales canté primero. Cesó de vivir el grupo de amigos. Se apagó el eco de los días de juventud, y mi acento ahora resuena para la desconocida muchedumbre. Sus mismos aplausos me hacen daño, porque aquellos que olvidaban sus penas con mis cantos, aquellos a quienes mi palabra inflamaba, si viven, están dispersos como el polvo.

AS: estás con un cierto anhelo nirvánico.

JWG: un deseo ardiente que hace tiempo no sentía me impulsa a ese dulce y reposado mundo en donde viven los espíritus. Flota mi canto como el son misterioso de un arpa eólica herida por el viento. Un recio escalofrío me sacude; corre mi llanto desahogando el pecho, se esfuma el presente, lo que poseo lo veo lejano y en cambio toma cuerpo y realidad lo que pasó.

AS: no veo en tu genio alguna posibilidad de redención: ni en el arte ni en el amor…

JWG: si atravesaras a nado el océano y contemplaras allí lo infinito, verías al menos venir ola tras ola, y aunque te es¬tremeciese la idea de irte al fondo, al menos verías algo. Verías, sin duda, en las verdes aguas del mar en calma, deslizarse los delfines; verías pasar las nubes, el sol, la luna y las estrellas; mientras que en un alejamiento eternamente vacío, nada verás, no oirás siquiera el rumor de tus pasos, ni hallarás un punto firme donde descansar.

AS: antes de despedirnos, ¿quisieras hacer algún pedido?

JWG: Sí, devuélveme aquellos tiempos en los que yo estaba en camino de formarme, cuando un manantial copioso de cantos nuevos brotaba sin cesar de mi pecho, cuando la niebla de la ilusión me ocultaba el mundo, los capullos me prometían aún maravillas, y yo tomaba miles de flores que con exhuberancia llenaban los valles. Nada tenía en esos tiempos y, sin embargo era feliz porque tenía lo suficiente: las ansias de verdad y el goce de la ilusión. Dame de nuevo aquellos impulsos indómitos, aquella dicha profunda que llega hasta el dolor y la honda felicidad, la fuerza que da el odio, la potencia del amor: ¡devuélveme mi juventud!

AS: Por favor déjanos algunas palabras esperanzadas, algo que nos permita amarrarnos firmes en la tierra.


JWG: también en tierra firme hay naufragios y es hermoso y digno de alabanza recobrarse lo antes posible. ¿Quién no hace algún plan y se ve posteriormente contrariado en él¬¬? ¡Cuán a menudo emprendemos un camino y luego nos desvían de él!

AS: sí, a veces, encontramos un mejor tesoro que el que buscábamos, y no me salgas ahora con los “horribles carbones”.

JWG: cuántas veces nos apartamos de una meta en la que teníamos puestos los ojos, para alcanzar otra más elevada. Al viajero se le rompe una rueda en el camino para su gran disgusto y través de este contratiempo desagradable adquiere unos conocimientos y relaciones más gratas que han de influir en toda su vida. El destino nos concede nuestros deseos, pero a su manera, para poder darnos algo que esté por encima de ellos.

AS: hasta siempre Maestro.

JWG: sí, terminemos, en el final del camino todo es charla, desesperación inútil, irresolución, vacilaciones... ¡Ah, si yo hubiera sabido que aquel camino conducía hasta aquí!

________________________________________________________________
Nota del Dr. Sapetti: para la realización de este diálogo ficticio se tomaron textos de: “Fausto”, “Werther”, “Las afinidades electivas” y “Poesía y verdad”, todas obras de Goethe.

volver