|
AS:
Fernando Antonio Nogueira Pessoa, nacido en 1888 en Lisboa,
tu padre falleció cuando tenías 5 años, comenzaste a trabajar
como empleado de oficina, publicaste sólo un libro en tu vida,
Mensagem, y siempre te gustó presentarte como un fracasado...
FP: fracasé de antemano
en la vida porque ni soñándola me pareció deleitable. Soy
algo incierto que fui. No me encuentro donde me siento y si
me busco, no sé quién es el que me busca. Me siento expulsado
de mi alma. No aspiro a nada, me duele la vida...¿qué tengo
yo con la vida?
AS: ¡no seas tan
pesimista, has escrito una obra maravillosa...
FP: no acuerdo contigo,
que eres un adulador. Me quedo pasmado y desolado cuando termino
algo. Mi instinto de perfección debería impedirme acabar,
impedirme incluso empezar. Pero me distraigo y obro. Empiezo
porque no tengo fuerza para pensar; termino porque no tengo
alma para interrumpir...
AS: pero, y tu
Libro del desasosiego, ¿qué es, sino una obra
maestra?
FP: este libro es mi cobardía.
Mejor pondera estos versos que escribió mi heterónimo, Álvaro
de Campos:
"¿Haces falta?, ¡sombra
fútil llamada persona!
Nadie hace falta; no haces
falta a nadie...
Sin ti correrá todo sin
ti.
...tal vez peses más durando,
que dejando de durar...
¿El dolor de los otros?...¿Tienes
remordimiento adelantado
de que te lloren?
Descansa: poco te llorarán...
Dame más vino, porque la
vida es nada.”
AS: no te daré
más vino. A pesar de esas mágoas (Nota del editor:
dolores, tristezas, penas) que te embargan, siempre fuiste
un soñador.
FP: como todo soñador,
soñé siempre que mi destino era crear. Como nunca supe hacer
un esfuerzo o activar una intención, crear fue algo que, en
mí, coincidió siempre con soñar, querer o desear, y hacer
gestos con el hecho de soñar los gestos que desearía poder
hacer.
AS: hablas como
alguien con una cierta incapacidad de vivir.
FP: a esa incapacidad de
vivir la coroné de genialidad, a mi cobardía la desfiguré
llamándola refinamiento. Me situé a mí mismo, como un dios
barnizado de oro falso, en un altar de cartón pintado...pero
no pude engañarme, ni a mí ni a la conciencia de que me engañaba.
AS:¿te has sentido
amado por alguien?
FP: sólo una vez fui verdaderamente
amado. Desperté simpatías, siempre. Algunas simpatías yo mismo
sentí y hubiera podido, con mi auxilio, al menos me parece,
haberlas convertido en amor y afecto. Nunca tuve paciencia
o concentración de espíritu como para desear, por lo menos,
consagrarme a ese esfuerzo.
AS: siempre pareces
estar viviendo en otro tiempo, en otro espacio...
FP: vivo siempre en el
presente, no conozco el futuro, al pasado ya no lo tengo.
No tengo esperanzas ni nostalgias. ¿Qué puedo presumir de
mi vida venidera, sino que será lo que no presumo, lo que
no quiero, lo que desde afuera vendrá a sucederme y someterá,
incluso, mi propia voluntad?
AS:¿ni un recuerdo
que añores?
FP: no hay nada en mi pasado,
que recuerde, con el deseo inútil de repetirlo; nunca fui
más que un vestigio y un simulacro de mí. Mi pasado es todo
lo que no supe ser. Son ustedes, en este momento, el universo
para mí, porque son el contenido pleno de mi sensación consciente.
AS: da la impresión
de que nada quieres de la vida.
FP: no quiero de la vida
otra cosa, sino sentirla perderse en esas tardes imprevistas,
en el bullicio de los niños ajenos que juegan en las plazas,
más allá de las altas copas de los árboles, por el viejo cielo
donde las estrellas vuelven a brillar. Nada queda de nada.
Nada somos...Leyes hechas, estatuas vistas, odas acabadas...Somos
cuentos contando cuentos, nada.
AS:¿elegirías
volver a ser, a vivir?
FP: es una pregunta
vulgar.Tengo que elegir entre lo que desprecio, o el sueño,
que mi inteligencia odia, o la acción, que a mi sensibilidad
repugna: o la acción para la que no nací o el sueño para el
que no nació nadie. Resulta que, como desprecio uno y otro,
no elijo ninguno; pero como, llegada la hora, he de soñar
u obrar, mezclo una cosa con la otra.
AS: Fernando,
¡qué mala impresión das de tu vida! Piensa en el legado literario
que has dejado.
FP: nada sabes de nada,
¡qué cosa tan despreciable y baja es la vida! Date cuenta
qué vulgar y baja es que aunque no la quieras se te entregará,
que tu voluntad nada le importa, ni de ella depende, como
tampoco depende de la ilusión de tu voluntad. Morir es pasar
a ser otro por entero. Por eso el suicidio es una cobardía:
es entregarse totalmente a la vida.
Nota del Dr. Adrián
Sapetti: estos diálogos, cuyos textos puestos en boca de Pessoa
fueron tomados de su obra, continuarán en una próxima entrega.
Ir
a Diálogos desasosegados con Fernando Pessoa - Parte
II
volver |