Diálogos desasosegados con Fernando Pessoa (1888-1935) (Parte II)
AS: deteriorado físicamente por el alcohol, falleciste en 1935, a los 47 años. No dejaste hijos ni te casaste nunca, no tuviste casa propia ni título universitario, no te afiliaste a ningún partido ni a religión alguna. El redescubrimiento de tu obra, es similar al ocurrido en los 50 con Franz Kafka, y al igual que el escritor checo te has convertido en un objeto de culto por lectores de todo el mundo como uno de los mayores poetas.

FP: no me interesa nada. Para mí la vida es como una posada del camino, donde debo demorarme hasta que llegue la diligencia del abismo. Ignoro adonde nos llevará, porque no sé nada. Si cuanto dejé escrito en el libro de los viajeros puede, releído un día por otros, entretenerlos también en la travesía, estará bien. Si no leyeran ni los entretuviera, estará bien de todos modos.

AS: creo que tu dedicación al arte era una manera de enaltecer tu vida.

FP: el arte es un eludir la acción, la vida. El arte es la expresión in­telectual de la emoción, distinta de la vida, que es la expresión vo­litiva de la emoción. Lo que no tenemos, o no nos atrevemos a hacer, o no conseguimos, podemos alcanzarlo en sueños, y con esos sueños es que hacemos arte.

AS: demasiado racional, te olvidas de la emoción.

FP: esta vez acuerdo contigo. Ciertas veces la emoción es a tal punto fuerte que, aunque reducida a la acción, ésta no la satisface; con la emoción que sobra, que que­dó sin expresar en la vida, se forma la obra de arte. Así, hay dos tipos de artista: el que expresa lo que no tiene y el que expresa lo que le sobró de lo que tuvo.

AS: me llama la atención que ni valores tu obra.

FP: hacer una obra y reconocerla mala después de hecha es una de las tragedias del alma. Y esa tragedia es sobre todo grande cuando se reconoce que esa obra es la mejor que se podrá hacer. Pero al ir a escribir una obra, saber de antemano que ella tiene que ser imper­fecta y fallada, ésta es la tortura máxima y la humillación más grande del espíri­tu.

AS:¡ni tus versos te satisfacen!

FP: no sólo siento que los versos que escribo no me satisfacen, sino que sé que los versos que escribiré no me satisfarán tampoco. Lo sé tanto filosófica como carnalmente, en una premonición oscura y cortante.

AS:¿para qué escribir, si fuera como tú dices?

FP: ¿por qué escribo, entonces? ¿Por qué, siendo como soy un pre­dicador de la renuncia, no aprendí todavía a asumirla plenamente? No aprendí a abdicar de la tendencia al verso y a la prosa. Tengo que escribir como quien cumple un castigo. Y el mayor castigo es el de saber que lo que escribo resulta enteramente frívolo, fallado e incierto.

AS: sin embargo, ya de niño escribías versos.

FP: por aquel entonces escribía ver­sos muy malos, pero me parecían perfectos. Nunca más volveré a tener el placer falso de producir obras perfectas. Lo que escribo hoy es mucho mejor. Es mejor, incluso, que lo que podrían escri­bir los mejores.

AS: eres contradictorio en tus palabras.

FP: es que está infinitamente por debajo de aquello que yo, no sé por qué, siento que podía -o quizá debía- escribir. Lloro sobre mis versos malos de la infancia como sobre un niño muerto, un hijo muerto, una última esperanza que se fue.

AS: ¿no piensas que tus escritos han sido valiosos?

FP: no lo pienso así; mas tengo pensamientos que, si pudiese revelarlos y hacerlos vivir, darían nueva luminosidad a las estrellas, nueva belleza al mundo y mayor amor al corazón de los hombres.

AS: para mí eres un alma bella y atormentada...

FP: mi alma es una orquesta oculta; no sé que instrumentos tocan y rasguean, cuerdas y arpas, timbales y tambores, dentro de mí. Sólo me conozco como sinfonía. Adiós, queridos admiradores que no he buscado ni deseado, hasta siempre.

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