 AS:
deteriorado físicamente por el alcohol, falleciste en 1935,
a los 47 años. No dejaste hijos ni te casaste nunca, no tuviste
casa propia ni título universitario, no te afiliaste a ningún
partido ni a religión alguna. El redescubrimiento de tu obra,
es similar al ocurrido en los 50 con Franz Kafka, y al igual
que el escritor checo te has convertido en un objeto de culto
por lectores de todo el mundo como uno de los mayores poetas.
FP: no me interesa nada.
Para mí la vida es como una posada del camino, donde debo
demorarme hasta que llegue la diligencia del abismo. Ignoro
adonde nos llevará, porque no sé nada. Si cuanto dejé escrito
en el libro de los viajeros puede, releído un día por otros,
entretenerlos también en la travesía, estará bien. Si no leyeran
ni los entretuviera, estará bien de todos modos.
AS: creo que tu
dedicación al arte era una manera de enaltecer tu vida.
FP:
el arte es un eludir la acción, la vida. El arte es la expresión
intelectual de la emoción, distinta de la vida, que es la
expresión volitiva de la emoción. Lo que no tenemos, o no
nos atrevemos a hacer, o no conseguimos, podemos alcanzarlo
en sueños, y con esos sueños es que hacemos arte.
AS:
demasiado racional, te olvidas de la emoción.
FP:
esta vez acuerdo contigo. Ciertas veces la emoción es a tal
punto fuerte que, aunque reducida a la acción, ésta no la
satisface; con la emoción que sobra, que quedó sin expresar
en la vida, se forma la obra de arte. Así, hay dos tipos de
artista: el que expresa lo que no tiene y el que expresa lo
que le sobró de lo que tuvo.
AS:
me llama la atención que ni valores tu obra.
FP:
hacer una obra y reconocerla mala después de hecha es una
de las tragedias del alma. Y esa tragedia es sobre todo grande
cuando se reconoce que esa obra es la mejor que se podrá hacer.
Pero al ir a escribir una obra, saber de antemano que ella
tiene que ser imperfecta y fallada, ésta es la tortura máxima
y la humillación más grande del espíritu.
AS:¡ni
tus versos te satisfacen!
FP:
no sólo siento que los versos que escribo no me satisfacen,
sino que sé que los versos que escribiré no me satisfarán
tampoco. Lo sé tanto filosófica como carnalmente, en una premonición
oscura y cortante.
AS:¿para
qué escribir, si fuera como tú dices?
FP:
¿por qué escribo, entonces? ¿Por qué, siendo como soy un predicador
de la renuncia, no aprendí todavía a asumirla plenamente?
No aprendí a abdicar de la tendencia al verso y a la prosa.
Tengo que escribir como quien cumple un castigo. Y el mayor
castigo es el de saber que lo que escribo resulta enteramente
frívolo, fallado e incierto.
AS: sin embargo,
ya de niño escribías versos.
FP: por aquel
entonces escribía versos muy malos, pero me parecían perfectos.
Nunca más volveré a tener el placer falso de producir obras
perfectas. Lo que escribo hoy es mucho mejor. Es mejor, incluso,
que lo que podrían escribir los mejores.
AS: eres contradictorio
en tus palabras.
FP: es que
está infinitamente por debajo de aquello que yo, no sé por
qué, siento que podía -o quizá debía- escribir. Lloro sobre
mis versos malos de la infancia como sobre un niño muerto,
un hijo muerto, una última esperanza que se fue.
AS: ¿no piensas que tus escritos
han sido valiosos?
FP: no lo pienso así; mas tengo pensamientos que, si pudiese
revelarlos y hacerlos vivir, darían nueva luminosidad a las
estrellas, nueva belleza al mundo y mayor amor al corazón
de los hombres.
AS: para mí eres un alma bella
y atormentada...
FP: mi alma es una orquesta oculta;
no sé que instrumentos tocan y rasguean, cuerdas y arpas,
timbales y tambores, dentro de mí. Sólo me conozco como sinfonía.
Adiós, queridos admiradores que no he buscado ni deseado,
hasta siempre.
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