Edipo entre nosotros: La persistencia del mito (Parte I)

(a propósito de un Ateneo sobre “Edipo Rey”, de Pier Paolo Pasolini)

Dr. Adrián Sapetti *

Edipo: -¿cómo no he de angustiarme por haber desposado a mi madre?

  Yocasta:- Pero ¿por qué ha de temer el hombre, sobre quien mandan los imperativos del destino y no tiene previsión clara de nada? Lo mejor es vivir al azar, como cada uno pueda. Y tú no sientas temor ante el matrimonio con tu madre, pues muchos son los mortales  que,  antes,  han yacido con  su madre en sueños. Aquel para quien esto nada  supone, más fácilmente lleva su vida.

Sófocles, Edipo Rey (496, AC).

DATOS FILMOGRÁFICOS

  La revisión del “Edipo Rey” de Pasolini podría ser una buena oportunidad para replantear el mito, el famoso Complejo que Freud desarrolla, el film, y el hecho de que, como profesionales, nos estamos preocupando por demasiadas lecturas técnicas olvidando las revelaciones que al arte nos depara. Y descubrir que hoy, después de tantos años, el Edipo de Sófocles, obra cumbre de la literatura, con una trama aterradora, fascinante, cual verdadero thriller de la época, sigue desatando polémicas.

El “Edipo Rey” de Pasolini transcurre en tres tiempos: el comienzo en Bologna de los años 20, luego en una Grecia africanizada pre-cristiana, y un final nuevamente en Bologna en los 60, como dando entender, quizás, la persistencia de la tragedia a través del tiempo.

Pier Paolo nació en Bologna el 5 de marzo de 1922 y fue asesinado en el puerto romano de Ostia en noviembre de 1975, a los 53 años; su cuerpo fue encontrado por una señora del lugar y reconocido por Ninetto Davoli, su actor fetiche, que interpreta al Angelo del film. Destaco lo de Bologna, lugar donde comienza y cierra el film, acentuando el carácter autobiográfico: en sus escritos, Pasolini, habla de su fijación con su madre Susana, que interpreta a la Virgen en otro de sus films, “El Evangelio según San Mateo”, y del odio por su padre. Tuvo un hermano, que murió muy joven, asesinado por un grupo fascista.

Yo quería ser mi madre
que me amaba, pero
no quería amarme a mí mismo.
Y entonces fingía ser un joven pobre.
No podía convencerme de que también en un burgués
hubiera algo para amar,
aquello que amaba mi madre
en mí, puro y despreciado.
Nada ha cambiado:
me veo todavía pobre y joven;
y amo sólo a aquellos como yo...

P. P. Pasolini, “ Oh, yo jovencito” (1974)

Filmó esta película, basada en Sófocles (“Edipo Re” y “Edipo a Colono”), en 1967. Alida Valli como la madre adoptiva, Silvana Mangano como Yocasta, Franco Citti como “Edipo -figlio della fortuna- o el de los pies hinchados”, Julian Beck -del famoso Living Theatre- como el ciego Tiresias y el mismo Pasolini como el sacerdote que increpa a Edipo Rey pidiendo que resuelva la peste en la que se ve envuelta Tebas. Fue filmada en el Véneto, en Bologna y Marruecos. Se escucha música africana y el Cuarteto de las disonancias de Mozart, esta obra especialmente en el comienzo. Estrenada en la Mostra di Venezia en septiembre de 1967, donde ganó uno de los primeros premios, entre otros que obtuvo, como p. ej. el Nastro D´Argento en 1968. 

¿UN MITO QUE SIEMPRE RETORNA?

Joseph Campbell, en “El poder del mito”, nos decía  que “siempre encontraremos la misma historia que, transformándose continuamente, permanece maravillosamente inmutable”. Mircea Eliade, tal vez tomando la frase de Sófocles de que todo termina donde comienza, lo desarrolla en “El mito del eterno retorno”. En un país como el nuestro tan influido por el psicoanálisis es común escuchar frases como: “es un edípico...no resolvió el Edipo...tiene un Edipo enorme....tiene un vínculo edípico”.

Los poetas antiguos, que dos mil años de cristianismo han hecho olvidar, sostenían que los dioses habían ocultado a los hombres la felicidad suprema de la vida: la felicidad de la muerte. Pero lo que se oculta no queda del todo oculto. A veces la locura de los sentidos ha señalado el camino, otras veces lo hace el sentido común, que rechaza la idea de muerte; pero el amor loco (l’amour fou) a veces la acepta y otras la reclama. En Francia, en el lenguaje popular, se denomina como la “pequeña muerte” (la petite morte) al momento orgásmico donde los amantes se pierden. Víctimas ejemplares que se abandonan con gozo a la perdición, a ese misterio atroz y fascinante por el cual los cuerpos someten al ser, lo embriagan, lo destruyen. La voluntad de poseer por entero al objeto amoroso, la obsesión de matar a su macho, como lo hace la mantis religiosa, aparece como una fantasía habitual en muchas mujeres, ejemplificado también en la figura de la viuda negra. Tal vez nada pueda halagar al varón como este deseo, aunque también pueda hacerlo huir de ese ser que le recuerda a su madre, quien le ha dado la vida pero, en ese mismo instante, lo ha constituido en un ser para la muerte; y es posible que, en el encuentro sexual, sintamos renacer el horror que en los mitos antiguos dejaron las religiones femeninas -Kali, Astarté, Ishtar- donde la muerte y el amor pertenecían a la égida del poder de las mujeres. Al ser padres le damos a nuestros hijos la alegría de la vida pero también los condenamos al supremo dolor -al menos tal cual concebimos nosotros a la muerte como lo Indeseable-; y tal vez nos condenamos nosotros: bien decía Hegel que el nacimiento de los hijos es la muerte de los padres (aunque esto puede tener diversas lecturas). Quizás la eyaculación sea un anticipo del fin: afirma la especie contra el individuo, en ese embrión se abre el ciclo que culmina con la muerte. Simone de Beauvoir nos dice que la madre destina al hijo a morir porque sólo se hace deshaciendo.

Madre, despierta, pero no
grites, ¡silencio! Desvelado tu hijo; ha prendido la  luz
en el cuarto con los muros desnudos.
Su muerte, un golpe en el granero,
lo ha despertado en su Infierno:
un golpe del granero en su corazón,
y ahora un gran silencio adentro y afuera.
El silencio con el sudor de un muerto
le moja la sábana y el cuerpo.
En esa agua suspira
con la voz de una vieja golondrina.
Madre, tu hijo se levanta, se pone
los zapatos, abandona el lecho.
Solo por las escaleras de hielo
baja entre las sombras de los sacos.
Solo bombea el agua, un chorro
de agua que cae con un amargo
estrépito en el arroyo; y orina
bajo las estrellas de la noche lisa.
Tu hijo  vuelve arriba por las escaleras
caminando despacio como un ladrón.
No lo sabes, pero él tiene
un Loco sin Madre en el pecho.
Entra en el cuarto, el Ladrón, y se queda espantado en la luz
ahora su muerte es esta luz
que llena el cuarto de amarillo.

P. P. Pasolini, “El diablo con la madre” (Poemas de “La meglio gioventú”)

         Bataille menciona que, en las religiones de sacrificio, los participantes se confundían uno con el otro en el curso de la consumación, y ambos se perdían en la continuidad establecida por ese acto de destrucción. Ya habíamos visto cómo uno de los amantes desea a veces la desaparición del amado: mejor matarlo que perderlo; en otros casos, y la crónica policial nos lo recuerda casi cotidianamente, desea o busca su propia muerte. Si la unión de los dos amantes es el resultado de la pasión, ésta apela a la muerte, al deseo de destrucción o al suicidio. En Edipo Rey, el protagonista, en su búsqueda apasionada por saber, sólo culmina su unión sexual mediante el asesinato, la automutilación (¿arrancarse los ojos = castración?) y quizás el matricidio (como sugiere Fernando Romero). Un hálito similar recorre la obra de O’Neill, Deseo bajo los olmos, drama sobre los desbordes de un amor incestuoso; acompaña a Orestes y Antígona (¿se acuerdan de Antígona Vélez, de nuestro Marechal?), y con el parricidio en Dostoievsky, Kafka, Bierce.

Hamlet, cuya historia generó un verdadero to be or not to be en Freud, al dudar entre Edipo y el príncipe de Dinamarca -del cual Lacan hace su brillante ensayo donde destaca el atrapamiento del joven por el deseo de la madre- sería una variante edípica. Podría inferir que, cuando Freud además describe, en la horda primitiva, el asesinato del padre a manos de sus hijos, se internalizaría la figura paterna, y el deseo consecuente de estos hijos por el objeto materno. Para amar con pasión habría que matar, morir o configurar esa muerte en un sentido aunque más no fuera simbólico y ritual. Realizadores tan diversos como Buñuel, Kubrick, Fellini, Bertolucci, W. Allen con su Edipo vencido o Almodóvar -entre otros- han sido motivados por este tema. Igor Stravinsky, con textos de Jean Cocteau basados en Sófocles, compone su ópera Oedipus Rex, estrenada en París, en la sala Sarah Bernhardt en 1927, según datos que gentilmente nos aportó el músico Osvaldo Barrios.

El marqués de Sade decía en su obra Justine que “no hay mejor medio de familiarizarse con la muerte que aliarla a una idea libertina”, y nos propone un hecho angustioso: que el movimiento del amor, llevado al extremo, es un movimiento de muerte, y este vínculo no debería ser paradójico ya que el exceso del que proceden la reproducción y la muerte no pueden ser comprendidos más que uno con la ayuda del otro. Es interesante ver cómo los interdictos más antiguos afectan a la muerte (no matarás) y a la sexualidad (no fornicarás, no desearás a la mujer de tu prójimo, no derramarás la simiente, no yacerás con tus consanguíneos). 

          Pero la humanidad se las ha ingeniado una y otra vez para transgredir las prohibiciones (hecho atractivo en sí mismo): no hay interdicto sin su prohibición y viceversa. Al interdicto del asesinato ha opuesto la posibilidad de la guerra, de los sacrificios rituales, de la pena de muerte, y de la petite morte.

Sófocles nos plantea ideas inaceptables: el filicidio, el impulso criminal, el parricidio (tal vez el matricidio), el incesto, la castración, la neurosis de destino, el atrapamiento en el deseo materno, las ansias de saber lo que, de alguna manera no debemos saber, también que la vida es búsqueda de placer y que este placer es proporcional a la destrucción de la vida.  Es decir: Eros alcanza su mayor grado de intensidad en una negación aterradora de su principio; y propone vincular la sexualidad con la necesidad de hacer daño y matar. Otra vez Eros y Tánatos caminando juntos.

               Para Bataille la "animalidad", que es el movimiento del desborde, del exceso sexual, es en nosotros aquello por lo que no podemos ser reducidos a cosas. En cambio la "humanidad", en lo que tiene de específico en el tiempo laboral, tiende a hacer de nosotros cosas, a expensas de la exuberancia sexual.  Pero esa clase de amor elegido los irá arrastrando también al sacrificio: la trasgresión constante del interdicto sexual los llevará a la violación del interdicto del asesinato, ambos se enaltecerán, y glorificarán su sexo con la disolución de sus cuerpos.  

            El matrimonio, si bien en sus comienzos tuvo el sentido de una trasgresión, entraría, hoy en día, en el campo de lo permitido. Es posible que, como piensa Levy‑Strauss, el matrimonio haya sido una consecuencia del interdicto del incesto: el varón (padre‑hermano) que hubiera podido disfrutar libremente de las mujeres (hija‑hermana) realizaba una donación. Esa donación de las mujeres fue tal vez el sustituto del acto sexual, convirtiéndose en un compromiso entre el respeto y la actividad erótica, y si bien vemos que el matrimonio conserva, como pasaje, algo de aquella trasgresión también naufraga en el universo de las madres, de las hermanas y de las hijas, neutralizando, de alguna manera, los posibles excesos. Ese movimiento, que el cristianismo tiñó de pureza, que es la pureza de la madre, de la hermana, de la virgen María, pasa lentamente a la esposa convertida en madre. Entonces se entiende la afirmación de Bataille de que el estado matrimonial salvaguarda la posibilidad de llevar una vida humana en el camino del respeto por los interdictos opuestos a la libre satisfacción de nuestras necesidades animales.    

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*Médico psiquiatra, Sexólogo clínico, Director Centro Médico Sexológico.

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