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en colaboración con Mariano
Sapetti
 Una
muchachita agresiva y sentimental que paseaba una noche por
Vía Véneto ve salir impetuosamente de una boite a una mujer
estupenda con un abrigo de visón. Ésta es seguida por un hombre
de smoking, alto, robusto, un divo muy popular. El hombre
va peleándose violentamente con la mujer su amante-
y al final la abofetea. Cuando todavía furioso se sube a su
inmenso Cadillac, sorprende la mirada pasmada, alucinada de
la pequeña prostituta que había asistido al altercado. Con
una inspiración de exhibición provocadora, el divo la hace
subir al auto y se la lleva a su casa, una quinta lujosa y
fantástica, donde pide una cena a base de langosta y champán.
Pero cuando los dos van a sentarse a la mesa, aparece la amante,
decidida a seguir la pelea.
El hombre se precipita para encerrar con llave,
en el baño, a la putita, y ella desde allí, fascinada y curiosa,
continúa golosamente contemplando el encuentro. Pero ya los
dos dejaron de pelear, las voces bajaron de tono, hay largos
silencios...
Arrodillada en el suelo de mármol del baño, con
el ojo pegado al agujero de la cerradura, la pobrecita ve
a los dos amantes arrojarse uno en brazos del otro, besarse
apasionadamente y hacer el amor toda la noche. A la mañana
siguiente, el divo la despacha poniéndole en la mano unos
billetes de mil, y ella se va muerta de sueño, ajustándose
la chaquetilla de plumas de gallina por la avenida desierta
de la fabulosa quinta.
¿Alguien recuerda esta escena?, es un pasaje de
un film del notable Fellini. Esta historia fue el germen de Las noches
de Cabiria, film de 1957. El mismo año, Giulietta Masina ganó en Cannes
el premio a la mejor interpretación femenina.
REFLEXIONES VARIAS
DEL MAESTRO
Siempre estoy pensando en la película que tengo que filmar. Probablemente la
película necesita una nueva incubación; ese huevito tiene
que crecer.
Es mi película lo que me mata.
El único realista verdadero es el visionario. Como aquella
vez en que para complacer a unos médicos amigos que estaban
estudiando los efectos del LSD acepté de hacer de cobayo y
me tomé medio vaso de agua donde habían echado una parte infinitesimal
de un miligramo de ácido lisérgico... Las cosas se vuelven
inocentes porque te quitas del medio a ti mismo; una experiencia
virginal. Huxley describió maravillosamente este estado de
conciencia provocado por el LSD: la simbología de los significados
pierde sentido, los objetos nos reconfortan con su gratuidad,
con su ausenciapresencia.
DIÁLOGO PROBABLE
CON FEDERICO
Adrián Sapetti: ¿cuando nace tu
vocación?
Federico Fellini: Antes del colegio, nunca me había planteado
el problema de lo que quería hacer en la vida; no era capaz
de proyectarme en el futuro. Pensaba en una profesión como
en algo inevitable, como la misa del domingo. Nunca había
dicho: Cuando sea grande voy a ser tal cosa.
AS: ¿Por qué?
FF: No me parecía que iba a llegar a grande y, en el fondo,
tampoco me equivocaba tanto. Nunca me apasioné por otro juego
fuera de las marionetas, los colores y las construcciones
de cartoncitos, aquellos dibujos de planta y perspectiva que
se recortaban y se pegaban. Por lo demás, nada: nunca le di
una patada a una pelota de fútbol. Me gustaba quedarme encerrado
en el baño horas y horas, pintarme la cara y disfrazarme con
bigotes de estopa, barba, cejas mefistofélicas, patillas dibujadas
con azúcar quemada.
AS: ¿ibas mucho al cine?
FF: Al cine no iba mucho de niño.
Muchas veces no tenía dinero, no me lo daban. No conocía los
clásicos del cine: Murnau, Dreyer, Eisenstein; vergonzosamente
nunca los vi.
Una vez que llegué a Roma, empecé a ir más al cine. Cuando
no sabía adónde ir, siempre estaban las películas próximas
al espectáculo de variedades. Los preliminares del espectáculo
siempre me emocionaron, como el circo. Para mí, el cine es
una sala hirviente de voces y sudores, las castañas asadas,
el pipí de los niños: ese aire de fin de mundo, de desastre
de redada. El desbarajuste que precede al espectáculo de variedades,
los directores que llegan a la orquesta, los acordes, la voz
del cómico y los pasos de las chicas detrás del telón. O la
gente que en el invierno sale por las puertas de emergencia,
alguien que canturrea el motivo de una película, risotadas,
alguien que mea.
AS: su infancia lo persigue, Fellini
FF: sí, este apego a la infancia
distingue a todos los hombres creativos, pero se debe verla
como una posibilidad de mantener el equilibrio entre el inconsciente
y la conciencia, entre la vida verdadera y la recordada. Ya
luego toda esa creatividad querrá ser destruida por al educación,
la sociedad, la escuela, la familia, que obligan al niño a
aceptar la rigidez infernal del sistema. El niño no sabe que
tendría que rechazar todo eso y seguir absorbiendo la vida
sin filtrar, aunque luego se consuma en ese conflicto inevitable...,
por eso considero a Freud un maestro, aunque no dejo de aceptar
que me intimida y abruma...
AS: ¿te entró esto del cine cuando
joven?
FF: Yo entonces pensaba que no
tenía pasta de director de cine. Me faltaba el gusto por la
violencia tiránica, la coherencia, la pedantería, la capacidad
de cansar a los demás y tantas otras cosas, pero sobre todo
me faltaba autoridad. Todas ellas, dotes ausentes en mi temperamento.
De niño era introvertido, solitario, susceptible, vulnerable
hasta el desmayo. Y seguí siendo, piense lo que piense la
gente, muy tímido. Todo esto ¿cómo podía combinarse con las
botas, el altavoz, los gritos, las armas tradicionales del
cine?
Dirigir una película siempre es dominar a la gente de Cristóbal
Colón que quiere volver atrás. Alrededor tenés las caras de
los electricistas, su interrogación muda: Doctor, ¿esta
noche también vamos a terminar tarde?. Sin un poco de
autoridad, te empujarían cariñosamente fuera de la plataforma.
AS: ¿Rossellini influyó en tu
elección?
FF: Siguiendo a Roberto Rossellini
mientras filmaba Paisà, tuve una gozosa revelación, que se
podía hacer cine con la misma libertad, la misma levedad con
que se dibuja o escribe; hacer una película disfrutándola
y sufriéndola día a día, hora a hora, sin angustiarse demasiado
por el resultado final. Esto es lo que hacía Rossellini: vivía
la vida de una película como una aventura maravillosa que
vivía y simultáneamente contaba. Por eso cuando se habla de
neorrealismo sólo puede hablarse de Rossellini, el padre de
todos nosotros. Los demás hicieron realismo, verismo, o trataron
de traducir un talento, una vocación, en una fórmula, una
receta.
AS: ¿por qué haces cine?
FF: Creo que hago cine porque
no sé hacer otra cosa. Desde que grité por primera vez: ¡Cámara!
¡Acción! ¡Corten!, me pareció que lo había estado haciendo
siempre, que no hubiera podido hacer otra cosa y que aquello
era yo y aquella era mi vida. Por eso, al hacer cine no me
propongo otra cosa que seguir esta inclinación natural, contar
historias que me gustan.
El cine envenena la sangre como trabajar en las minas, corroe
las fibras, puede transformarse en una especie de reparto
indiscriminado de cocaína y tanto más peligroso porque es
disimulado, inadvertido.
AS: ¿por qué haces determinada película
y no otra, Fellini?
FF: No quiero saberlo. Las razones
son oscuras, confusas. La única razón, honestamente declarable,
es que firmé un contrato: firmo, me dan un adelanto, después,
como no quiero devolverlo, estoy obligado a hacer una película
y trato de hacerla de la manera que me parece que la película
quiere ser hecha.
Veo una pequeña cola y tiro y tiro, hasta que finalmente descubro
un elefante.
Al principio de La Strada, apenas tenía un sentimiento confuso
de la película. Este sentimiento me sugería con
insistencia el viaje de dos criaturas que están juntas fatalmente,
sin saber por qué. La historia nació con mucha facilidad:
los personajes aparecían espontáneamente, se echaban los unos
sobre los otros, como si la película estuviera madura hacía
tiempo y solamente esperara ser contada.
AS: ¿Qué es lo que te hizo encontrarla?
FF: Antes que nada, creo, Giulietta.
Hacía tiempo que quería hacer una película para Giulietta:
me parece una actriz singularmente dotada para expresar con
espontaneidad los estupores, los sustos, las frenéticas alegrías
y los cómicos berrinches de un payaso. Es que Giulietta es
precisamente una actriz-clown, una auténtica payasa. Esta
definición, que me parece gloriosa, es recibida con fastidio
por los actores, que le encuentran algo peyorativo, poco digno,
duro. Se equivocan: el talento de payaso de un actor es para
mí su dote más preciada, el signo de una aristocrática vocación
por el arte escénico.
Así se me presentó Gelsomina: vestida como un payaso y súbitamente
a su lado, por contraste, una sombra maciza y oscura, Zampanò.
Y, naturalmente, la ruta, el circo con sus trapos de colores,
su música amenazadora que parte el corazón, ese aire de fábula
feroz... Creo que hice la película porque me enamoré de aquella
niña-vieja, un poco loca y un poco santa, de aquél desordenado,
cómico, desgraciado y tiernísimo payaso al que llamé Gelsomina
y que aún hoy puede entristecerme cuando oigo el motivo de
su trompeta.
AS: Federico,
¿a vos siempre te gustaron los dibujos?
FF: Para mí es casi inconsciente,
un involuntario arañar, extenderme en apuntes caricaturescos,
hacer monigotes inagotables que me miran desde todas las esquinas
de la hoja, esbozar automáticamente anatomías femeninas hipersexuadas,
obsesivas, caras decrépitas, de cardenales, llamitas de cirios,
y más tetas y traseros, y otros infinitos enredos, jeroglíficos
constelados por números de teléfonos, direcciones, versos
delirantes, cálculos de impuestos, horarios de citas; en resumen,
toda esta gráfica de pacotilla, desbordante, inagotable, que
haría las delicias de un psiquiatra como vos, tal vez es una
especie de rastro, un hilo, al final del cual me encuentro
con las luces encendidas, en el set, el primer día de trabajo.
AS: en tus films siempre aparecen
las prostitutas...
FF: La Prostituta es el contrapunto
esencial de una madre a la italiana. No se puede concebir
una sin la otra. Y así como la madre nos ha nutrido y vestido,
con la misma fatalidad, hablo por lo menos de mi generación,
la puta nos ha iniciado en la vida sexual. Todos les estamos
agradecidos a esas mujeres que han realizado nuestros deseos,
nuestras esperanzas y fantasías, y las han transformado en
algo casi siempre pobre y mezquino pero de todas formas fantástica.
Es por lo que la prostituta, criatura infernal, conserva a
pesar de ello el poder y la fascinación de aquello que parece
evocado de un modo ultraterreno. No es comprensible y, por
ello mismo, es inmensa e inasible, omnisciente e ingenua.
Exactamente como nuestras fantasías, de las cuales es no sólo
ladrona sino realizadora.
AS:
A propósito de los clowns, en general son hombres. En tus películas,
por el contrario, las mayores figuras de clowns son Gelsomina
y Cabiria, dos mujeres ¿Por qué?
FF: En realidad,
el único clown femenino que recuerdo es Miss Lulí. Gelsomina
y Cabiria, en mis películas, son dos augustos. No son mujeres,
son figuras asexuadas. El clown no tiene sexo. ¿Tiene sexo
Chaplin? Hace poco vi El Circo, una obra maestra de punta
a punta. Pero Chaplin no es en realidad el hombrecito del
que tanto se ha hablado. Chaplin es un gato feliz, que se
encoge de hombros y se va.
Para volver al sexo de los clowns: Stanley y Oliver duermen
juntos. Son dos augustos llenos de inocencia, con una falta
absoluta de caracteres sexuales. Por eso hacen reír.
AS: qué piensas
del fascismo?
FF: Una gran ignorancia y
una gran confusión. Con esto no quiero minimizar las causas
económicas y sociales del fascismo. Quiero decir que lo que
me interesa es la manera psicológica, emotiva, de ser fascistas:
una especie de bloqueo, de haberse detenido en la etapa de
la adolescencia.
Me parece que las eternas premisas del fascismo se reconocen
precisamente en el ser provinciano, en la falta de conocimiento
de los problemas concretamente reales, en el rechazo a la
profundización por pereza, por prejuicio, por comodidad, por
presunción, el contacto individual de uno con la vida. No
se puede combatir el fascismo sin identificarlo con nuestra
parte estúpida, mezquina, veleidosa; una parte que no tiene
ningún partido político, de la cual deberíamos avergonzarnos
y que para rechazar no basta con decir: yo milito en un partido
antifascista. Porque esa parte está dentro de cada uno de
nosotros y ya una vez el fascismo le ha prestado la voz, la
autoridad, el crédito.
AS: Hay muchos talentos en la
literatura, en la pintura, en el cine. Está lleno de ellos.
Pero son escasos los hombres verdaderamente creativos. Perteneces
a esta categoría, al igual que Goya, Van Gogh, Baudelaire
y muchos otros, que no necesito nombrar en su totalidad.
FF: Creador es aquél que se coloca
entre los cánones consoladores, reconfortantes, de la cultura consciente y el
inconsciente, el magma original, la oscuridad, la noche, el fondo del mar. Son
estas llamadas, esta mediumnidad, las que hacen al creador. Un creador habita,
se sitúa, vive en esa zona, para operar una transformación, símbolo de vida;
y lo que pone en juego es su propia vida o su salud mental.
AS: ¿Cómo es tu primer contacto
verdadero con una película?
FF: Para mí, la película comienza
con un pequeño aviso que coloco en los diarios buscando gente.
Gente, no actores. Luego instalo una oficina anónima en alguna
parte. Y espero. A esto le sigue una larga procesión de locos,
de rostros, cuerpos, narices, una corbata, un pie...Tomo muchos
apuntes, saco muchas fotografías y les prometo a todos: Usted
va a aparecer en mi película. Así surgió la leyenda:
¡Fellini es un mentiroso! Porque lógicamente me es imposible
incluir a todos...
Durante esa fase de los anuncios en los diarios, ejerzo todo
mi poder sádico: pido por ejemplo una giganta. Digo: ¡Preséntenme
a todas las gigantas del país!. Y las gigantas vienen,
forman una inmensa fila de gigantas y golpean a la puerta
de mi oficina. Diminutamente pequeño, sentado tras mi escritorio
miro a la primera giganta y la despido con un movimiento de
mano: ¡No es suficientemente giganta!.
En el rodaje, las primeras dos semanas son un viaje contradictorio
para mí. A partir de ahí siento que ya no soy yo quien dirige
la película, sino que la película me dirige a mí.
AS: necesitás de esa contradicción...
FF: Seguro, yo soy un tipo que
necesita oposiciones, obstáculos para producir algo. Si hay
oposición lucho. Los artistas italianos se identifican todavía
con el arquetipo del artista del Renacimiento, que era súbdito
de un emperador, de un Papa: "Dibujame esto o hazme la
escultura en tres días, si no te corto las manos..."
Creo que soy un heredero de esos hombres que necesitaban de
la autoridad perversa para desplegar su fuerza creadora, un
heredero de su condicionamiento infantil.
AS: en tu obra describes
muchos personajes derrotados, uno de ellos Casanova.
FF: Sabes, en el fondo nunca he
descripto más que derrotas. Con Casanova qué tengo que ver
yo: no es un artista, nunca habla de la naturaleza, de niños,
de perros, de nada. Simplemente redactó una especie de guía
telefónica. Es un contador, un estadístico, un play boy de
provincias que cree haber vivido sin siquiera haber nacido.
Anduvo por el mundo pero no existía, un fantasma, un fascista
del amor. Pero quisiera decirte: al cerrar un libro amado,
aun cuando termine mal, y por lo general terminan mal, uno
ha recobrado nuevas fuerzas.
Creo que el arte es esto, la posibilidad de transformar la
derrota en una victoria, la tristeza en felicidad. El arte
es un milagro... Addio, caro Adriano.
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