El Festín Desnudo

-La vigencia de un clásico-

Dalí - "Aparición de una cara y un frutero sobre una playa" - 1938"Había llegado al término de la blanca ...Entonces vivía en un tugurio del barrio indígena de Tánger. Desde hacía más de un año no me había bañado ni me había cambiado de ropa. Ya ni siquiera me desvestía, salvo para plantar, a cada hora, la aguja de una jeringa hipodérmica en la carne gris y fibrosa, carne de madera del estadio final de la droga."

William Burroughs, “Festín Desnudo” (The Naked Lunch)

Burroughs entró en la droga alrededor de l945, comienzos de la posguerra y se quedó “pegado” durante mucho tiempo. En  1959 a partir de la  publicación de “The Naked Lunch” la intoxicación ocupa un lugar principal en su obra. Su escritura aparece plagada de desechos, el más importante es un sujeto que está simultáneamente en todas partes y en ninguna. Es quizás en razón de la experiencia de la droga que hace caer al “yo” de sí mismo hasta el anonimato. Un carrusel de visiones diversas sin espacio y sin tiempo, plagado de sonidos discordantes y onomatopéyicos. Deshechos de sí mismo que necesita mostrar para testificar la hipocresía de esa sociedad de postguerra que sólo podía aceptar "The American way of life" vendido como lo único reconocible y salvador.

Burroughs era oriundo de Saint Louis, ciudad de contrastes, racista y paradigmática, presente subjetivamente en determinados momentos en el Festín desnudo: "los chicos que callejean comiendo algodón de azúcar, que se manosean alrededor del Palacio al son de la Danza del vientre, que juegan a la paja mecánica en la gran rueda salpicando con leche la luna que se levanta del otro lado del río, roja y vaporosa, por encima de las fundiciones. Un negro ahorcado y colgando de un álamo delante de un palacio de justicia sureño". Bordes de cuentos crueles que sostienen paradojalmente como telón de fondo a la manera de una escenografía bizarra, imágenes dignas del Tío Tom, íconos desgarradores de la Norteamérica pueblerina. En realidad describe todos los ciclos de la condición humana,  comenzando por el de la procreación y de la muerte, cuando en su libro nos relata sobre "los muchachos salvajes, esa sociedad secreta de adolescentes marginales y asesinos que quieren escapar de esa herencia pesada de corrupción hereditaria para salir del mundo de las tinieblas de los mandatos hipócritas y encontrar la luz".

En este contexto hay una escena que retorna como una obsesión, “una voz sin cuerpo”, un estadio terminal donde ya nada sucede. Desde esta escritura descarnada, Burroughs y su Festín Desnudo pasan a constituir los anaqueles de los clásicos, esos textos que sitúan los espacios interminables del dolor y la nada en que la condición humana transita, siendo la exposición del cuerpo a la manera sacrificial una constante, cadáveres frente a las agujas o  los equivalentes de éstas, los tridentes que inundan el Festín. Cuerpos que oscilan entre el grito y el silencio. El grito es el llamado, pero también la explosión donde se derrumba y de la que nace el mundo. Burroughs describe un viaje donde "la identidad se desvanece en un espacio vacante, el último flash es una iluminación bajo forma de gran blanco, pero del cual al día siguiente, ya no queda más nada salvo lo que ya estaba allí."

Metáfora poética, que permite asociar imágenes que vuelven a nuestra mente una y otra vez: “el hongo de la implosión de la bomba atómica” y más recientemente el hongo de polvo de los escombros de la caída de las Torres Gemelas. El grito, la explosión y la nada para volver a nacer en el eterno festín al desnudo de la condición humana.

"In extremis, no message", William Burroughs

Lic. Liliana Vazquez
Directora de AABRA--Centro de Asistencia, Docencia e Investigación en Patologías de Consumo-- .Bs. As.- Argentina
vazbar@fibertel.com.ar

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