La carne

por Luis Gruss

joven mujer autosodomizada por su propia castidad, DALIVuelvo a su cuerpo como el borracho a la taberna. Ahí no encuentro geografías, no veo nalgas de greda ni senos de alabastro ni un pubis angelical. Apenas huelo su carne obscena, su musculatura tensa y surcada por líneas azules, un cuerpo sin mensaje, la imposible y vana y lejana realidad.

La carne es muda.

Me acerco tanto que las formas de a poco se diluyen, se corrompen, ni siquiera sé cómo se llaman. Las manos quisieran recordar pero todo se pierde en la oscura y sinuosa galería. Nuestras extremidades se confunden en nudos complicados. Me resigno, me arrodillo, la abrazo, me hundo como un ciego entre sus capas, la busco en lo que existe más allá del más acá pero la encuentro solamente en su existir. No es posible soñar lo que ya está. El pájaro vuela cada vez más bajo.

Ella es dueña de sí misma.

La materia se muestra opaca, redonda, larga, contraída, áspera, suave, fatal. Su piel exuda humores agrios, encubre una imposible trama de tendones, huesos, arterias, órganos furtivos que en silencio segregan espesos goterones, producciones abyectas, restos de olvidados restos y un recóndito sudor. El cuerpo se arracima en puntas, manchas, hondonadas que a su vez ocultan cuevas tan profundas que seguramente llevan al otro lado de la tierra. En ellas meto los dedos, la nariz, la boca muy abierta pero jamás trasciendo los tímidos comienzos. La carne cierra el paso con barreras invisibles. Y yo fracaso boqueando como un pez fuera del agua.

El cuerpo nunca está desnudo.

Ella tiene pelos debajo de los brazos, arriba del cráneo, sobre los ojos, en el cruce de las piernas, en la base intraducible de las nalgas. Su carne es una masa informe que de pronto adelgaza, se deshace en finísimos hilos que a su vez dejan flecos, huellas leves en la arena, ligeros ideogramas orientales que el viento y las horas terminan disolviendo. Pasa un tren, se oye un relámpago y después llueve largamente hasta la noche.

Mi mano ahueca levemente las esferas.

A través de las edades la carne triunfa sobre los sueños. La más alta filosofía se rinde ante cualquiera de sus partes. Algunas cuelgan del árbol a punto de caer, otras permanecen oscuras en sus ostras o se alzan prepotentes como impávidas montañas. Yo trepo esas laderas con uñas y con dientes, con lenguas ávidas e impuras, con el sexo rojo de hambre y de vergüenza. Pero ella se esfuma entre risas cuando quiero desarmarla, tragarla y perpetuarla con un torpe tatuaje de marino. La carne es luz y su cuerpo tiene alas.

Sólo vuela lo que pesa.

* Luis Gruss, Buenos Aires, 18 de agosto de 2002.
Es periodista, docente y escritor; autor, entre otros textos, de Malos Poetas (editorial Atril), un libro de aguafuertes.
Email: lgruss@ciudad.com.ar

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