
“Yo tenía la ventana orientada hacia
el Este, de tal modo que la entrada de los primeros rayos no me
taparan la mano izquierda, pues soy zurdo. Los rigores del invierno
habían pasado y una luminosa primavera invadía las
calles y plazuelas de Florencia.
Me gustaba pintar con los primeros rayos de la mañana porque
así tenía sombras tenues que me permitían
difuminarlas y distribuir la luz con suavidad; pues dándole
este uso al pincel las sombras apenas se veían y eran menos
pronunciadas las arrugas del rostro, sugiriendo esa característica
de serenidad. ¿Cómo llamaré a este sfumato?
¿Y si de fondo le hago algo ajeno a su belleza, que sea
lejano al paisaje de mi Toscana?
Pasaba ya de los cincuenta, y muchos se preguntaban porque no
me había casado. En mí todo era misterio porque
también se decían cosas maliciosas: que tenía
inclinaciones diferentes. En mi juventud me había enamorado
de Florinda mientras la miraba de lejos y escondido entre los
matorrales del jardín de la villa Rucellari. ¿Tal
vez Lisa me recordara aquel primer amor platónico?
Ella venía de la familia Gherardini, modestos funcionarios,
para los cuales el casamiento de su hija con Francesco del Giocondo
representó una ventajosa alianza.
Al retrato le faltan algunos detalles para terminarlo, tal vez
llegué a amar tanto a Lisa que no acepté entregar
el cuadro cuando supe que ella había muerto en Lagonero
de una fiebre palúdica. Y me lo llevé conmigo al
exilio, al sur de Francia, era una manera de llevarla a Lisa.
Entre nosotros se había establecido cierta complicidad
silenciosa, y aunque siempre venía con una dama de compañía,
Lisa había desarrollado la capacidad de mostrar tristeza,
alegría, enfado, y también seducción a través
de sus ojos de miel. Los cuatro años que tardé realizar
la obra nos habían acercado espiritualmente.
Cuando Lisa quería hablar dejaba de mirarme y yo comprendía
que había llegado el momento de pedirle a Caterina, mi
madre, que diese una colación a la dama que acompañaba
a Lisa. Estaba mal visto que la señora de un comerciante
rico e influyente fuera a posar sola para un pintor, por lo cual
debía llevar siempre una persona de confianza para impedir
que las malas lenguas mancillaran su honor.
Entretanto, una orquesta solicitada por Francesco comenzó
a tocar suavemente en la otra estancia para distraer a Lisa. La
viola da gamba, el laúd, la flauta traversa y la fídula
ejecutaban algunas piezas de Palestrina con tres voces contratadas
para la ocasión.
Aquel día sonaban las primeras notas del “Veni, Sancti
Spiritus“, un canto gregoriano lento y cadencioso mientras
yo daba las primeras pinceladas y Lisa mantenía su pose
con una enigmática sonrisa.
Yo no quería que nada distrajese el natural misterio y
seducción de Lisa Gherardini, y por esto le había
pedido que se dejara el pelo sin arreglar, cubierto únicamente,
con una delicada malla y que no llevara joyas al estudio. En poco
tiempo las celestinas y matronas ya habían tejido indignas
historias.
- Maestro, ¿qué es en realidad
la pintura?, me preguntó Lisa un día.
- Es una poesía que se ve.- le respondí
Y desde entonces Mona Lisa recordó siempre esta frase antes
de cada sesión, esbozando una leve sonrisa que podía
significar complicidad, seducción, picardía; sabiendo
la bella Gioconda cuán cerca se encontraba la poesía
de la pintura y ella de mí, Leonardo, arquitecto, inventor,
anatomista, músico, cocinero, maestro de ceremonias y de
banquetes, ¡anche pittore!”.
Autorretrato de Leonardo
(Recientemente descubierto)
Idea y redacción de JUAN CARRILLO CONSTAIN,
2008. Adaptación de ADRIÁN SAPETTI, 2009
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