La fama no es puro cuento

(Impresiones sobre el Père Lachaise)

"Me he levantado esta mañana, me tomé una cerveza, bueno, el futuro es incierto, el final está siempre cercano.".

Jim Morrison (Florida 1943- París 1971)

Quien muere en París, sea o no francés, puede terminar en el Père Lachaise. Si es así, habrá agregado su nombre a una notable lista estrechamente ligada a un tramo substancial de la historia de Occidente. Sucede que el Père Lachaise es uno de los cementerios más famosos del mundo. Situado relativamente cerca del centro de la “ciudad luz”, fue inaugurado en 1804. Entre sus muros, alternando con más de cinco mil árboles y una interminable colección de obras de arte en forma de monumentos y esculturas de todos los estilos, duerme su sueño eterno una multitud abigarrada de celebridades. Fueron filósofos, científicos, artistas, escritores, políticos, militares, un conjunto de personajes cuyas vidas han iluminado u obscurecido más de dos siglos de la aventura humana escenificada en Europa.

"He puesto todo el genio en mi vida y sólo el talento en mis obras".

Oscar Wilde (Dublin 1854-París 1900)

Père Lachaise alberga desde el utópico Saint Simon hasta el napoleónico mariscal Ney y el revolucionario Auguste Blanqui; desde Chopin, Bizet y Rossini hasta Edith Piaf y María Callas; desde el figurativo Delacroix hasta el surrealista Max Ernst; desde Molière hasta el inolvidable Lucchino Visconti, desde la divina Sarah Bernhard y la etérea Isadora Duncan hasta Simone Signoret e Yves Montand; desde Apollinaire, Balzac y Lafontaine hasta Marcel Proust.

Como tantos otros lugares, Père Lachaise ha perdido todo carácter de ámbito sagrado. Dos millones de turistas provenientes de todo el planeta recorren anualmente sus cuarenta y cuatro hectáreas, uno de los espacios verdes más amplios de París. Curiosa mezcla entre la memoria, el homenaje, el asombro del ocio en vacaciones y la admiración reflexiva o superficial. Encrucijada típica de nuestro tiempo.

Jim Morrison's grave

Sin embargo, esos turistas no van a cualquier lado. Con gran diferencia sobre las demás, las tumbas más visitadas de Père Lachaise son dos: la más popular es la de Jim Morrison, líder de The Doors, mítica banda de rock de los ’60.

Casi igualmente concurrida es la del escritor Oscar Wilde.

Ambas tumbas son las únicas del cementerio sometidas en forma permanente a la severa custodia del personal de seguridad de la necrópolis auxiliado por la policía. Miles y miles de fanáticos dejan sus tributos en ellas. Flores, cartas, poemas, piezas artesanales, carteles y cartelitos, objetos de todas clases rodean siempre el lugar. En cada superficie posible reluce un graffiti. Jóvenes, muchos jóvenes sumados a gente de toda edad acampan brevemente o durante un largo rato en las inmediaciones. Una vibración mágica recorre los emplazamientos. Algo une a todos quienes acuden allí. Es que Jim Morrison y Oscar Wilde han devenido emblemáticos, admirados símbolos contestatarios para muchos de aquellos que alrededor del mundo enarbolan una ética de resistencia libertaria frente a los disciplinamientos que intenta el poder.

El dionisiaco, pélvico, iluminado, esquizoide, lisérgico, blasfemo, pagano, etílico, erótico y fanático rockero americano como lo describió Martín Hopenhayn, cultivó a partir de 1966 el rechazo escandaloso de un orden social que juzgaba aburrido, infeliz e inmoral. Prefería el placer al sistema, la lucidez a la mediocridad, la creación a la rutina. Cultor hedonista de la expansión de fronteras tanto en las formas de expresarse como en las de vivir, usó del gesto obsceno como estilo de público desenmascaramiento, lideró el no a la opresión racial y social y violentó las normativas huecas. Luego del monumental concierto del ’69 en una tórrida noche de Miami, terminó procesado por el Estado de Florida por felonía, masturbación, lascivia, indecencia y ebriedad. Allí comenzó su decadencia. Con la misma desmesura con la que había atravesado su existencia, murió a los 28 años en París en 1971.

Por su parte, el exquisito y refinado dramaturgo y novelista irlandés, el atildado dandy que intentó hacer de su propia vida una obra de arte, fue uno de los más celebrados cultores de esa estética de la trasgresión que relampagueó esporádicamente en el gris, chato y predecible firmamento imperial victoriano del siglo XIX. El precio que pagó, ya se sabe, fue muy alto.

Su tumultuosa relación con el hermoso y aristocrático Lord Alfred “Bosie” Douglas terminó con sus huesos en la cárcel. El odiado marqués de Quensberry, padre de Bosie y representante de toda una elite deseosa de evitar cualquier aparición de lo diferente, cualquier conducta que pudiera significar un cambio, cualquier amenaza aunque más no fuera lejana a un statu quo que garantizaba todos sus privilegios, lo denunció, consiguió su prisión e indirectamente, su prematura desaparición.

La mujer que dejó la huella más profunda en el corazón del polígamo Jim Morrison fue Ingrid Thompson. Ingrid era una sacerdotisa de la contracultura. Inició a Jim en una serie de rituales iniciáticos de corte esotérico que incluían la mezcla de sus propias sangres y lo acompañó en la aventura de expandir los límites de la percepción. Juntos, compartieron alucinadas experiencias que ponían en juego mente y cuerpo al conjuro de la extraña mezcla que componían las drogas “civilizadas” como el LSD con el peyote y el mezcal de las viejas tribus indígenas de Méjico. Ingrid encantó e inspiró a Jim Morrison y lo amó hasta el final.   

Constance Lloyd de Wilde fue la esposa, mujer y compañera del inolvidable Oscar. Culta, informada, enrolada en los movimientos sufragistas y luchadora por la igualdad entre los géneros pareció en principio la compañera ideal de su consagrado marido. Hasta que descubrió que lo había perdido en brazos de un hombre desgarrándose en la disyuntiva terrible del que ama y comprende y al mismo tiempo odia y rechaza. Constance perdió la inocencia pero no adoptó ninguno de los hipócritas roles femeninos que tanto abundaban en las obras que escribía Oscar Wilde. Cuando se cayeron los velos salvó su dignidad y, de cerca o a distancia, nunca abandonó ni espiritual ni materialmente a su idolatrado, enfermo y consumido Oscar hasta que le llegó su propio fin.

Como en todo cementerio importante, en Père Lachaise circulan muchas leyendas. Una de ellas cuenta que algunas veces las mujeres de ciertos ilustres allí enterrados acuden fantasmal y eternamente a visitarlos. Imaginando esos encuentros, es posible divisar en los ocres atardeceres del otoño parisino, cuando los castaños se vuelven dorados y la luz se apacigua, a muchas parejas paseando por los senderos alfombrados de hojas luciendo sus mejores galas. Seguramente podríamos encontrar entre ellas a Ingrid y Jim o a Constance y Oscar.

Se dice al respecto que todos los amantes verdaderos hacen una parada en el mismo sitio. Es la sepultura a la que llegaron en 1817, varios siglos después del amor, Heloise y Abelardo, dos románticos incurables del Père Lachaise.

* José María Saccomanno
jomasacc@yahoo.com

Armado, ilustraciones y elección de textos de Morrison y Wilde: Dr. Adrián Sapetti

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