Ser varón

Trabajo presentado en las  “Jornadas de Salud Sexual, Derechos Humanos y Género”, organizadas por la Asociación de Psicólogos y el Hospital Durand, Bs. As., 19 de abril de 2002

Por Luis María Aller Atucha[1]

Cuando Laureano Aller Braña, español de hermosa y cuidada caligrafía que le abrió puertas y le posibilitó un futuro en esta América que vino a conquistar, consideró que para poder ampliar y consolidar su floreciente empresa de ramos generales que tenía en Lobos era necesario formar familia. Había llegado a Argentina en 1879 desde Santiago de Compostela, su Galicia natal; tenía entonces 18 años. A los 33, creyó llegado el momento de asegurar su futuro a través del matrimonio.

Conversando con otros empresarios de la zona se enteró de la existencia de una niña casadera, la menor de dos hermanas de una antigua familia de terratenientes que había dado el nombre al pueblo vecino: Juan Atucha. Hechas las presentaciones e iniciadas las conversaciones, fue sencillo para ambas partes acordar la conveniencia de potenciar esfuerzos comerciales asociando a los dueños de la tierra con quien tenía en sus manos el acopio y la comercialización de los productos. El matrimonio quedó pactado.

Mi abuela, María Enrique Atucha Sánchez, según decía sobrina nieta de Mariquita Sánchez que en una época estuvo casada con Thompson y en su casa se cantó por primera vez el Himno Nacional Argentino, me contaba que cuando le dijeron que se iba a casar se puso muy contenta porque, decía, “ya tenía 17 años y no había nada peor para una mujer que quedarse soltera para vestir santos” y agregaba con orgullo: “cuando conocí a quien iba a ser mi esposo me alegré mucho más, pues Laureano era un español muy culto, elegante y distinguido e importante hombre de negocios. No me defraudó; con él tuve un matrimonio muy feliz y nunca me hizo faltar nada. Cuando nació mi primer hijo, antes del año de casados, me puso una regia casa en Buenos Aires en la calle Río Bamba 238. Me dio 9 hijos, 8 de los cuales vivieron, y me atendió como una reina. Fui muy feliz y se cumplieron todos mis sueños: mis 5 hijos varones fueron profesionales, 3 médicos y 2 abogados, y mis 3 hijas mujeres se casaron muy bien, con esposos que las supieron cuidar y tampoco le hicieron faltar nada”.

¿Qué era ser varón para mi abuelo? ¿Cuáles podrían haber sido las exigencias que mi abuela le hacía para que el desempeño de su rol e imagen de varón no se vieran empañados? ¿Qué se le podía reprochar, fuera cual fuese su comportamiento, a alguien que había multiplicado la fortuna familiar y gracias a la posición ganada, este gallego de hermosa letra con la cual llenaba sus libros de contabilidad y redactaba los contratos de sus nuevas empresas, le había abierto las puertas de la recepción de la Infanta Isabel durante las fiestas de celebración del centenario? No había derecho, ni posibilidad, de insinuar falta de amor y cariño (¿no le había dado 9 hijos?), ni desatención durante sus largos viajes de negocios y sus prolongadas estadías en Lobos (¿no tenía una elegante casa y todos los hijos varones profesionales?). De tener una sexualidad placentera se me ocurre que a mi abuela la idea no se le habría pasado por la cabeza.

Ser varón en los comienzos del 1900, hace apenas 100 años atrás, era simple y no requería grandes esfuerzos; un buen proveedor merecía el absoluto respeto de los proveídos. En ese clima y con esa imagen se educó mi padre quien, con nostalgia recordaba tiempos mejores en que la abuela se dirigía al abuelo de “usted”, ya que ahora tenía que dar algunas explicaciones (no muchas) por falta de dinero que mi madre se atrevía a insinuar, o por las rabietas de ella cuando llegaba en la madrugada habiendo pasado la noche con sus amigos haciendo “cosas de hombres”, como lacónicamente contestaba.

La imagen de mi padre, del “hombre de la casa”, se superpone con la revolución de costumbres que me tocó vivir en los años ’60, cuando empezamos a hablar de “amor libre” y ganamos las calles reclamando “la imaginación al poder”, deslumbrándonos con los cambios propuestos por los hippies y que los discutíamos mientras compartíamos un cigarrillo de marihuana en charlas en las que nos mezclábamos varones y mujeres, que ya eran compañeras de facultad, y también de cama sin haber firmado papel alguno ante el juez o el cura.

Ser varón en los años ’70 y ’80 no fue lo mismo. Algunos se adaptaron al cambio y supieron apreciar las ventajas de, al decir de Gomensoro, “perder una esclava y ganar una compañera”. Otros sucumbieron en la lucha y el cambio lo vivieron como complejo y traumático.

Hijos de esos varones conflictuados que siguen añorando a las Marías Enriquetas mudas, serviciales y agradecidas del macho proveedor de hijos y confort, son los adolescentes y jóvenes actuales que viven en la disyuntiva de ser “varones modernos”, como exige parte de la sociedad, o volver a ser el “hombre de las cavernas” que reclama la otra parte.

Desde la perspectiva de género es innegable lo positivo de los cambios observados en las mujeres, no en todas, ya que en algunos estratos socioeconómicos y subculturas, todavía subsisten muchas Marías Enriquetas. Pero como los cambios se han producido, fundamentalmente, en la clase dominante del intelecto y el dinero, el paradigma de mujer “liberada y moderna” se ha impuesto en los medios de comunicación, aunque dudo (y esta es apreciación subjetiva), que esa imposición se haya trasladado al interior del hogar y del subconsciente ancestral de las mujeres. Varones sensibles que se enternecen y lloran, que aprendieron a disfrutar de sus hijos, darles de comer y cambiarles los pañales, compartiendo igualitariamente las tareas de la casa, constituyen el paradigma mediático del nuevo varón. Si bien desde el discurso se hace imposible oponerse a esa imagen idílica propuesta, en la práctica la situación no es la misma y se crean tensiones entre lo que “debería ser” (desde el discurso) y lo “que es” (en la práctica).

He aquí el tema de mi reflexión.

La mujer pidió (y luchó) por un varón compañero, pero muchas (¿cuántas?), siguen soñando con el Príncipe Azul que las despierte con un beso y les pruebe el zapato que les permita salir de la cocina para ocupar la sala, poniendo en la cocina a otra mujer igual que ella pero de condición social inferior.

Esta dualidad desconcierta al varón que no sabe a ciencia cierta si debe ocuparse de limpiar la cocina o ponerse el traje azul. Y desconcierta también a los medios de comunicación de masas que después de haber “fabricado” el estereotipo de varón sensible, confundido y conflictuado (pensemos en el personaje protítipo de José Sacristán en “Solos en la madrugada” o en el de I. Arias en “Camila”, o al multifacético Dustin Hoffmann en “Cramer versus Cramer” poniendo en juego su trabajo profesional para poder cuidar de su hijo), necesita recrear al duro “macho” ganador y proveedor. Rescata entonces a Antonio Banderas de esa imagen de adolescente homosexual en el “Matador” de Almodóvar, para convertirlo en el “amante latino”, que llega a la “metrópoli” para robar la rubia mujer de Don Johnson, que si bien era un valiente policía en la ciudad de Miami usaba, arremangados, sacos sport poco varoniles. Ese “macho” español hace que ella deje la actuación y se convierta en una mujer de su casa que cuida los hijos que él le dio y disfrute del confort que él proveyó con el éxito de su trabajo. Hecho esto, Banderas se pone un antifaz y dibuja con su espada la marca de “zorro” a quien pretenda ponerse delante.

Este doble discurso de los medios, varón sensible o macho tradicional, debe crear (supongo) un conflicto no fácil de solucionar en los jóvenes varones actuales, que se debaten entre dejarse llevar por sus sentimientos o respetar el mercado que les pide tener esa doble imagen incorporada en un rostro bonito y un pelo rubio cuidado (o teñido) como antes sólo lo hacían las mujeres, pero al mismo tiempo dar la imagen de cierta fuerza y brutalidad, como la mostrada en la tapa de la Revista Gente del 18 de abril en la que se ve a un Facundo Arana (según reza el pie de la foto “el sex simbol” actual), con un barba descuidada de un par de días, una postura y un gorro de lana digna de un marginal de una cárcel de alta seguridad.

Ser varón en estos momentos es tratar de elaborar el duelo de los privilegios abusivos y desmedidos que tuvieron mi abuelo y mi padre, perdidos por el legítimo avance de la mujer en la sociedad actual, y saber adaptarse a las ventajas del cambio de dejar de ser “machos proveedores” para ser “varones compañeros”. Pero serán las mujeres, nuevamente, las que deberán ayudarnos a saber elegir y vencer la duda. Si las mujeres por un lado reclaman un varón sensible y compañero, pero se muestran en la televisión deslumbradas por el auto que éste tiene y o lo convocan a ver como “mojan la vainilla” (programa que dirigía en horas de la tarde Elisabeth Vernacci) o se preocupan por el tamaño y largo del pene al que peyorativamente bautizaron “chicito”, se seguirán “fabricando” varones confundidos y asustados que buscan dónde ubicarse para poder acercarse a la otra “mitad del cielo”, a quien quiere seducir y conquistar o dejarse seducir y conquistar para poder compartir y vivir su vida.

[1] Comunicador Social y Educador Sexual. Director Académico de los Cursos de Formación de Educadores Sexuales de la Fundación Pro Universidad de Pinamar. Presidente de la Asociación Argentina de Sexología y Educación Sexual.

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