Vivir como el agua*

Dalí - "Aparición de una cara y un frutero sobre una playa" - 1938Estaba nadando en la piscina del club. El sol fuerte del mediodía rebotaba en el agua que estaba fresca, celeste y transparente, lo que me permitía ver el fondo. Afuera la temperatura superaba los 35 grados.

Nadar con soltura permite pensar. Se automatizan los movimientos y la respiración cada 4 brazadas obliga a aspirar profundamente, retener y expirar con fuerza. Quizás esta respiración estimula la mente.

Al principio sólo disfrutaba el deslizarme hacia delante, el estirar al máximo los brazos, flotar casi en la superficie y visualizar el nivel del agua, una línea en movimiento que  divide el “mundo de afuera” y el que está en la profundidad.

Pensaba entre brazada y brazada, avanzando, respirando, y de vez en cuando nadando debajo del agua, rozando con pecho el piso de la piscina, reteniendo el aire y mirando el agua celeste transparente.

Leí hace tiempo que los especialistas en etología habían descubierto que muchas especies tenían conductas con el sólo propósito de probar sus habilidades. Por ejemplo los grajos de la costa oeste de California, se tiraban volando en picada hacia abajo para probar sus alas en el aire. Y también los osos Panda de China, que se deslizaban en tobogán en colinas cubiertas de nieve, para probar su habilidad. Ninguna de estas conductas se explicaba como búsqueda de alimento, ni acercamiento sexual, ni de defensa o ataque.

Al hombre también le gusta probar sus habilidades. El arte en todas sus manifestaciones desde la aparición de nuestra especie quizás sea una manifestación de este placer. Si no fuera así, para qué un homo sapiens hace 70.000 años labraba el mango de un cuchillo o se pintaba la cara. También preferimos caminar por suelos blandos donde dejamos nuestras huellas. ¿Quién no lo hizo en la arena?

Entre brazada y brazada pensé en el desarrollo de la autoestima, la valorización de la imagen de nosotros mismos y la relación con el desarrollo de habilidades. Pero “mi delirium acuosus” siguió mas allá: ¿por qué mi vida, y la de los que disfrutan de nadar, no podía ser “cómo en el agua”, flotando sin angustia, avanzando con facilidad, con la “blandura” del agua cuando la atravesamos con los brazos y piernas, con los movimientos libres de crítica que hacemos cuando nos sumergimos, con la visión a veces de horizontes infinitos?

En el camino, me había cruzado con perros, una vaca, un caballo y varias palomas. Desde el delirio sumergido pensé: estaban todos desnudos, sin corpiños ni pantaloncitos que cubrieran las partes de su cuerpo vinculadas a la sexualidad. Pensé que aunque casi siempre nadamos con prendas que cubren nuestro sexo, nos permitimos estar mucho más descubiertos que en la vida cotidiana y eso también es un placer.

¿Tendrá todo esto que ver con la libertad?

El agua fue nuestro primer medio ambiente dentro de la placenta. Casi  todos hemos vivido alrededor de nueve meses en el agua, respirando en ella, flotando, alimentándonos automáticamente a través del cordón umbilical y con toda la protección del vientre materno. Quizás este fue el primer placer vinculado con el agua.

En los últimos largos en la piscina completé mis metáforas. Quisiera vivir así, deslizándome hacia adelante en un medio blando, estirarme sin miedo a chocar con nadie, poder sumergirme a bucear en mis profundidades cuando quiera y salir a la superficie, ver con transparencia el futuro, flotar sin miedo de hundirme, respirar de una forma adecuada a las  necesidades de mi cuerpo.

Y mientras hago todo esto, pude  pensar en un mundo justo y feliz para todos, dónde pudiéramos vivir como en el agua.

*Lic. Jorge Miguel Brusca
Psicólogo
Bs. As., Argentina

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