DISFUNCIÓN ERÉCTIL
(PARTE I)

"Desnudo" - Amedeo Modigliani
Hoy hablamos de disfunción eréctil porque el empleo de la
palabra impotencia es cuestionable, poco preciso e implica una
connotación peyorativa. Cuando decimos que un varón es
impotente pensamos que no sólo no logra la erección sino que
también es un fracasado, un ser desvitalizado, sin empuje ni
fuerzas para encarar las responsabilidades que esta sociedad
carga sobre sus hombros.

Lo más correcto sería hablar de disfunción eréctil o de trastornos de
la erección.

Podemos definir a la disfunción eréctil como la incapacidad, parcial
o completa, y reiterada (en más de un 25 % de los intentos), para obtener y mantener erecciones con rigidez suficiente para permitir un coito con penetración. La padece un 10 % de la población adulta (aunque aumenta al 35-50% en los diabéticos); pero sólo un 1 a 2% son tratados.

En general vemos aquellas que se dan en algunas situaciones o que empiezan a perder capacidad eréctil a determinada edad, pero no debería pensarse que esta disfunción sólo es privativa de "los viejos" ya que son también jóvenes quienes nos consultan. Respecto a esto diré que pocas consultas, ya sea con el médico o el farmacéutico, son vividas con tal sentimiento de humillación y fracaso: yo la llamo la consulta vergonzante.

Lo más correcto sería hablar de disfunción eréctil o de
trastornos de la erección.

 

• Algunos no logran la erección en determinados situaciones o momentos del coito, otros la logran y luego la pierden al intentar penetrar o incluso habiendo penetrado.

• Otros no la logran en absoluto o sólo con determinadas parejas.

• Hay casos en los cuales el varón nunca ha logrado la erección en ninguna forma y en ninguna situación (hecho que por suerte no es tan frecuente y que remite a situaciones orgánicas o psiquiátricas severas).


Vemos un tipo de varón parte de la idea -en un mundo de presuntos triunfadores sexuales- que justo a él le vino a tocar y cae prisionero de una cultura que ha identificado el falo (pene erecto) y la penetración como símbolos de poder ("potencia"), de hombría y óptimo rendimiento; sin pensar que una pérdida de la erección no significa un menoscabo en sus condiciones como ser humano ni es sus potencialidades. Tal vez sería pertinente citar una frase que dice "un varón que no haya tenido alguna vez pérdida de la erección debería ir corriendo a una consulta psicológica".

La mitología machista encuadra la potencia sexual dentro de la figura del semental, un varón fabulosamente dotado con una capacidad eréctil inquebrantable. En acuerdo con esta prescripción o mandato, todo aquél que se precie debería ser capaz de alcanzar la erección en cualquier lugar y circunstancia. Este modelo, lejos de colaborar como estímulo, sólo ha servido para ocasionar complejos y frustraciones a sus seguidores.

Son frecuentes las disfunciones derivadas del deseo de alcanzar marcas ajenas a su propia naturaleza. Una cierta concepción sugiere como paradigma de varón potente aquel que, además de poseer un miembro enorme, es capaz de mantenerlo rígido muchas horas y llegar a tantos orgasmos como su pareja o su deseo lo demanden.

Esta versión magnificada y totalmente distorsionada de la sexualidad masculina va acompañada con la idea de que, además, debe desplegarla todos los días, fuera y dentro del matrimonio y que, con sólo proponérselo por un simple voluntarismo, bastaría para lograr una erección inmediata y plena. Es una sexualidad que no conoce fallas ni disminuciones, bajo ningún atenuante.

El fantasma de lo opuesto, la impotencia, planea de manera ominosa sobre casi todos los varones, sean jóvenes o maduros, homo o heterosexuales. Este es otro mito: si no logra la respuesta eréctil se vería acosado por el miedo a la homosexualidad, como si ser gay fuera sinónimo de impotente.

Para desarticular esta teoría, basta analizar cualquiera de sus enunciados: aquél que sostiene que la erección no necesita ningún estímulo previo y que, siempre que se plantee la posibilidad de mantener una relación sexual, el pene respondería a voluntad. Desde este punto de vista erróneo, un tanto cartesiano, la secuencia sería: tengo la erección luego hago el amor. Su contraparte negativa afirma que: sin erección no puedo comenzar a hacer el amor, con lo cual se va perdiendo toda posibilidad de contacto afectivo y erótico.

En realidad la ecuación sería: primero hago el amor, me excito y la excito, por eso es que logro la erección.

La padece un 10 % de la población adulta pero sólo un 1 a 2% son tratados.



Dr. Adrián Sapetti

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