DISFUNCIÓN ERÉCTIL
(PARTE II)
La importancia del rendimiento

"Desnudo" - Amedeo Modigliani
La realidad para cada varón parte de su individualidad. No
hay un rendimiento estándar para todo el mundo. Lo
primero que debería preguntarse un individuo es cómo
sería su respuesta personal frente a determinada
situación erótica.

Si vive obsesionado por seguir un modelo de fábula
terminaría dándole más importancia a aquello que
lo acerca a ese ideal que a sus verdaderas posibilidades.

Estos planteos aparecen con mucha frecuencia en la clínica.

Un ejemplo es el de un adulto que podría sentirse satisfecho con una o dos relaciones sexuales por semana, pero se exige alcanzar tres más, siguiendo un patrón ajeno a él mismo. Otro caso común es el que no acepta el transcurso de los años y pasada la barrera de los 40 pretende una respuesta sexual idéntica a la que tenía diez o veinte años atrás; es el que piensa: "no sé lo que me pasa, ya no soy el de antes, ahora necesito que mi mujer me estimule para erectar", dicho de una manera dramática y no como un aspecto hasta si se quiere favorable (un paciente se lamentaba: "no puede ser que mi señora me tenga que manosear").

Es interesante que en las consultas se observa con alarmante frecuencia que los pacientes mayores de 50 suelen decir que no los estimulan -ni lo hacen ellos- con contacto directo en los genitales, y recuerdan con nostalgia que antes no necesitaban de ser tocados. En esto la fisiología no se deja mandar: los varones -con el paso de los años- van a necesitar mayor estímulo en la zona genital, durante más tiempo y de manera más vigorosa. En pocas palabras: es una impotencia por falta de estímulos.

Algunos cuarentones llegan desesperados porque fallaron con una amante pero aclaran que con la esposa no tienen ningún problema; no obstante ello siguen poniéndose a prueba, quieren pasar el examen, pero van tan cargados por la exigencia que sólo consiguen fracasar una y otra vez.

No es lo mismo ir a un encuentro sexual porque están excitados
y apasionados que ir para ver qué pasa.


Al pasar el umbral de los 50 muchos hombres lo sienten como un condicionante psicológico negativo que, sumado a los cambios físicos, suele ser disparador de conflictos. Por atravesar esta década se sienten verdaderos fracasados y comienzan una etapa de balance donde el resultado lo perciben netamente desfavorable, aunque hayan tenido éxito en sus vidas: les pesan las cosas que no consiguieron, las oportunidades que creen haber perdido, la fortuna que no lograron ni lograrían.

Comienzan a conectarse con la idea de su propia muerte -la castración por excelencia- siendo conscientes, por primera vez, de su finitud, lo que se agrava si han muerto sus progenitores; un paciente, luego de morir su padre, me decía: "hasta la muerte de mi viejo jamás había pensado que yo también me iba a morir, sí... sabía que yo era mortal, pero desde lo teórico; ahora lo siento encarnadamente, tengo la certeza de que eso me va a ocurrir, y me da miedo".

Todo esto lleva al varón a una crisis -la llamada de la mediana edad de la vida- donde la libido puede verse afectada sintiéndose amenazado por el temor de fracasar sexualmente.

Después de los 50 el porcentaje de fracasos, considerados estos como la imposibilidad o dificultad de lograr un coito satisfactorio, es sensiblemente mayor. Lo que ocurre es que en esa etapa la erección tarda más en conseguirse, son muchas las veces donde no se consigue o necesita más estímulo directo para alcanzarla. Una vez que eyaculó requiere de períodos de tiempo más prolongados para volver a erectar.

El individuo que acepta estas limitaciones buscaría disfrutar más de los juegos preliminares, así como de otras variantes sexuales. Mientras que habría otros que comenzarían a hacerse planteos existenciales: “¿no entiendo cómo vino a pasarme esto justo a mí?, ¿qué me pasaría que ya no funciono como antes?", son las preguntas habituales.

Pero una adecuada orientación permitiría aceptar el paso del tiempo y comprender que crisis existenciales y emocionales, exigencias elevadas del desempeño masculino, depresiones y pérdidas, tanto como la diabetes, la secuela de muchos años de tabaquismo, el alcoholismo, el colesterol, los problemas arteriales, la hipertensión, ciertos medicamentos, por citar sólo algunos ejemplos, explican la aparición de determinadas dificultades en la erección.

El miedo al fracaso puede manifestarse no solamente como temor a la mujer desde el punto de vista corporal, sino como una manera de eludir compromisos afectivos. Algún tipo de disfunción a la hora del coito es una manera de cortar una relación y de esa manera evitar responsabilidades.

Hay varones que también temen a las mujeres con mucha iniciativa, que son maduras y por ende abiertas a una propuesta interesante o inteligente por parte del compañero; éste piensa que no podría satisfacerla y eso lo acobarda. Si alguien vive obsesionado por el temor a fracasar, a no rendir frente a una mujer, se convierte en un ser evasivo, que no incita a su pareja a hacer el amor y, cuando ella lo hace, siempre está cansado o lo posterga para más adelante.

Un encuentro donde no se logre la erección o tenga un descontrol orgásmico puede ser totalmente circunstancial pero en algunos individuos genera el pánico a que sea definitivo y permanente y eso perpetúa el síntoma. Esto puede producirse porque los múltiples factores intervinientes pueden verse afectados durante el encuentro sexual. En los casos de temores exacerbados las causas están relacionadas con el aspecto psíquico.

Por ejemplo: debut sexual, una nueva compañera, sentimiento de que con esa mujer tendría que hacer un buen papel, que la mujer sea vivida como muy avanzadora (hecho observable en varones machistas anclados en conceptos arcaicos), hacerlo en un auto o en una habitación en la que se teme que alguien pueda entrar, exigencias de la pareja, miedo al embarazo o al SIDA. Todo esto da lugar a lo que llamaríamos una profecía autocumplidora: tengo miedo de que me pase, luego: seguro que me va a pasar y, finalmente, yo sabía que me iba a pasar.

En la experiencia clínica se ve que son los varones inseguros, altamente competitivos, obsesivos, exigentes y perfeccionistas, los que toleran menos un fracaso sexual transitorio, transformándolo en algo más grave y cronificado.


Si no se los tranquiliza van al encuentro de una mujer con la pregunta permanente: “¿esta vez lo lograré o volveré a fracasar?", y así configura, justamente, un nuevo fracaso



Como consecuencia del temor a fracasar es común que los hombres comiencen a esquivar el encuentro amoroso valiéndose de excusas diversas. A otros los asaltan dudas acerca de su hombría y se plantean si no les habría emergido un homoerotismo latente. También están los que comienzan a recelar algún problema grave de salud. La cuestión es que de un fallo ocasional, magnificándolo, todo se convierte en un drama.

Existen individuos que le temen al fracaso sin haberlo experimentado previamente y esto es posible en los casos de personas fóbicas u obsesivas, y que no poseen buena información o, por el contrario, están abrumados por las idealizaciones: una expectativa desmesurada o un arquetipo sexual de gran exigencia pueden llevar al fracaso, porque es tan alta la meta que se trazan que nunca la pueden alcanzar.

Un individuo en la mediana edad de la vida no debe pasar por alto los juegos preliminares y las variantes no coitales, entendiendo que en el acto sexual podría perder y recuperar la erección varias veces. Sólo su fijación al modelo adolescente le haría suponer que mantendría su potencia sexual invariable desde la excitación inicial hasta el orgasmo. No hay motivo para abandonar los juegos o las variantes imaginativas; por el contrario, es una buena oportunidad para enriquecer el bagaje erótico. No habría que ver el declinar de la potencia como algo apocalíptico, como el no va más.

En esta etapa, la vida sexual no es peor sino distinta. Y si en cantidad puede verse menguada, crece en calidad, porque aumentan los permisos, la innovación, la creatividad, la búsqueda de variables, el darse tiempo y esto redunda en un mayor placer. Muchos varones reconocen con sinceridad que recién vivieron una sexualidad satisfactoria en su madurez y que las mujeres los ayudaron a encontrar nuevos senderos.

Para aquellos que no toleran las vicisitudes de la vida ni los cambios en la respuesta erectiva, les quedan pocos caminos: si no aceptan las psicoterapias sexológicas breves puede ser usado el sildenafil que tiene un poderoso efecto tanto en impotencias psicológicas como orgánicas. Si no respondieran podrían optar por las prótesis, las bombas de vacío o las inyecciones de drogas vasoactivas que, de todos modos, también pueden ser un camino válido antes que la frustración constante de ellos mismos y de sus parejas.


En realidad la gran mayoría termina respondiendo bien al sildenafil (o similares), máxime si se usa en el marco de las terapias sexuales breves.

Dr. Adrián Sapetti

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