Historia sexual de un eyaculador precoz

"los lugares del placer" - Paul Gavarni - 1840 Son pocos los recuerdos e imágenes vinculados a lo sexual que conservo de la infancia. En mi familia el sexo y todo lo relacionado con él siempre fue ignorado, ocultado o negado. Creo que de esta conducta familiar me ha quedado la secuela de considerar al sexo como algo que entraña cierta malignidad, algo oculto y prohibido. No es que en mi familia - ni siquiera yo mismo- se piense así, pero si bien intelectualmente pienso en el sexo como una fuerza de la vida estrechamente relacionada con el amor, la alegría y el placer, algo en mí siente las cosas distintas. De hecho en todos estos años he encontrado en el sexo muy poca alegría y casi ningún placer.

Conservo algunas pocas imágenes. Los fines de semana por la mañana mi hermano y yo solíamos introducirnos en la cama de mis padres cuando ellos todavía no se habían levantado. Una de esas mañanas me llamó profundamente la atención que mi madre no llevara ropa. Ella trataba de que las sábanas la cubrieran un poco mientras mi hermano y yo, como era nuestra costumbre, nos metíamos entre las sábanas como gusanos. En mi mente la desnudez matinal de mi madre y sus intentos de ocultarla reverberaban de una forma extraña y oscura. Creo que a esa edad yo nada sabía de las relaciones sexuales entre el hombre y la mujer.
Otra imagen es la de mis padres abrazados desnudos bajo el agua de la ducha una vez que me asomé por la ventana del baño para decirle algo a mi papá. Acá ya era un poco más grande y relacioné esta imagen con algo vagamente erótico. Me sentí bastante idiota por la interrupción.
A veces mi mamá se mostraba desnuda delante mío o de mis hermanos; en su habitación mientras se cambiaba o en el baño al entrar o salir del agua. Siempre me incomodaron esas situaciones y creo que a ella también.
Las pocas veces que yo hice alguna pregunta que de alguna u otra manera llevara a una respuesta relacionada con lo sexual se me contestaba con evasivas o ridiculeces. Al menos eso es lo que recuerdo. Uno de los conceptos que merece el premio mayor a la pavada y a la negación de la sexualidad fue el que me transmitió una vez mi tío explicándome que la erección estaba directamente relacionada con las ganas de orinar.
La información afín a la sexualidad y la reproducción humana que yo manejaba a mis once, doce o trece años la había obtenido mayoritariamente de mis compañeros de colegio, o de mis propias deducciones. De todas maneras ya a esa edad había aprendido a no buscar respuestas en mis padres o familiares. Cuando yo tuve trece años apareció dando vueltas por la casa un librito ilustrado que se llamaba algo así como “¿Qué me está pasando?”, cuya lectura ordenó un poco mis desperdigados y confusos conceptos. Mis padres dejaron caer el libro por ahí y con eso se dieron por aliviados de la cuestión.
No fue sino hasta un tiempo después que oí hablar de la masturbación. Hasta entonces (estoy hablando de cuando ingresé al primer año del colegio secundario) no tenía idea de la existencia de semejante práctica. Por lo que comentaban mis compañeros (un grupo de ellos no hacía otra cosa que hablar de ello) se trataba de una maravillosa fuente de placer. Desde ya en mi mente se asoció a algo malsano. Pasaron un par de años (tenía entonces 15) hasta que me animé a probar. Descubrí que me proporcionaba cierto placer pero nunca dejé de sentir algo de culpa, sentía que estaba haciendo algo indebido y a la vez ridículo y digno de burla. Ya entonces, mucho antes de tener una relación sexual en pareja, me parecía que llegaba al orgasmo con gran facilidad y velocidad. Sabía que existía una disfunción sexual llamada eyaculación precoz y estaba seguro de que la padecía y de que se manifestaría de igual manera cuando estuviera acompañado de una mujer.
Fui un adolescente solitario, melancólico, depresivo, tímido, con miedo a la vida y por sobre todo a las mujeres. Me enamoraba con facilidad, de una forma profunda, sufrida y platónica. Siempre me sentía indigno de mis amadas. No tuve novia sino hasta los 19. Ella era nueve años mayor que yo y con bastante más experiencia en la vida. Yo no la había buscado, nunca me había sentido atraído por ella y creo que nunca llegué a enamorarme. Ella tomó la iniciativa y estuvimos de novios cuatro años y medio. Con ella tuve mi debut sexual. No fue un buen comienzo sexual y todo lo que vino después no se diferenció mucho de aquella primera noche.
Hacía ya un mes que estábamos de novios y yo no había intentado ningún acercamiento sexual y hasta evitado o ignorado los suyos. Tenía un miedo absoluto. Ella fue, una vez más, la que tomó la iniciativa. Recuerdo que aquella fue una de las poquísimas veces que tuve problemas para mantener una erección. Cuando al fin logré la erección y luego la penetré, acabé casi de inmediato. De ahí en más siempre los encuentros sexuales se caracterizaron por mi extrema velocidad, muchas veces eyaculando aún antes de la penetración. Lamento, Doctor,  no poder contestar a su inquietud sobre la segunda vez ya que no la recuerdo como distinta en nada a todas las demás.
Después de esta primera novia estuve solo por más de tres años. Atravesé terribles períodos de depresión que me duraban semanas o meses. Si en ese entonces hubiera tenido que completar su Test de Depresión hubiera obtenido un record histórico. Al año de mi separación comencé a psicoanalizarme, básicamente buscando una solución para mi disfunción sexual, aunque era plenamente consciente de que había un infinidad de cosas en mi vida que debía cambiar y que la eyaculación precoz no era sino una más, estrechamente relacionada e imbricada con todas las demás. Esa terapia me ayudó  muchísimo. Prácticamente me salvó la vida o mejor sería decir que me devolvió a la vida. No solucioné lo de la eyaculación precoz pero empecé a vivir mi vida como mía y no como algo que le pasaba a otra persona, que paradójicamente era yo mismo.
Más o menos unos tres años después de separarme de mi primera novia empecé una relación con otra chica. Esta vez fue algo buscado por mí, una chica de mi edad y que me gustaba muchísimo. Lamentablemente la relación duró muy poco, sólo dos meses, pero en ese poco tiempo me sentí mucho más feliz que en todo el tiempo que estuve con mi primera novia. La primera vez que hice el amor con esta chica fue realmente maravilloso. Una de las pocas experiencias sexuales realmente placenteras que recuerdo. Fue muy placentero para ambos. No sé que sucedió esa noche y la siguiente, pero esas dos primeras veces que estuvimos juntos haciendo el amor casi toda la noche fue algo muy cercano a lo que yo considero como ideal. Después mi comportamiento sexual volvió a los caminos cansinamente conocidos y al poco tiempo nos separamos.
Fue para esa época que me decidí a realizar una consulta profesional con un urólogo. Siempre el hecho de realizar una consulta o de iniciar un tratamiento me había ocasionado un inexplicable pavor. Hasta entonces sólo había hablado de mi disfunción sexual con mi psicólogo y con mis parejas. En la consulta con el urólogo despejé toda posible sospecha de una causa física de la disfunción. Cuando tenía un año fui operado de la uretra y tenía un vaga sospecha de que este hecho estuviera relacionado de alguna forma con mi disfunción. El médico me recetó un antidepresivo cuyo efecto colateral sería retardar la eyaculación. Lo probé con mi siguiente pareja y no sentí que las cosas mejoraran demasiado.
Al poco tiempo de mi separarme de mi novia anterior comencé a salir con la que ahora es mi esposa. Con ella también la relación fue buscada por mí y también los primeros encuentros sexuales fueron muy placenteros. A las pocas semanas de estar juntos (y aún con los antidepresivos) yo había vuelto a mi conducta sexual de siempre. Sin embargo nuestra pareja se fue afianzando y después de dos años de convivir nos casamos en diciembre del año pasado. Ella fue muy contenedora en cuanto a mi disfunción y siempre depositó su confianza en que yo encontraría una solución. Últimamente y dadas mis ínfimas mejorías al respecto nuestra relación atraviesa por un momento bastante malo cuyo rasgo distintivo es lo que podríamos llamar un estado de sexo cero.
Hace unos seis meses consulté a una psiquiatra. Mi interés era consultar un sexólogo pero dado que mi obra social no cuenta con dicho especialista y visto que los sexólogos que me parecían serios eran todos psiquiatras, decidí atenderme con la psiquiatra de mi obra social. Esta Dra. me recomendó iniciar una terapia con un psicólogo (yo había dejado de ir a mi terapia anterior hacía más o menos un año) y a la vez me propuso volver al mismo medicamento que había tomado antes pero esta vez dentro del marco de un tratamiento sostenido. Otra vez la terapia psicoanalítica me ayudó mucho pero en lo que a mi disfunción se refiere fueron pocas las mejorías. Por fin, ahora me decidí a consultarlo a Ud. en calidad de psiquiatra y sexólogo. Espero que esta vez resulte.

G. L., Bs. As., 2002

volver