Parafilias (Parte V)

Por Andrés Flores Colombino

Cuadernos de Sexología Nº 7, 1988

II. PARAFILIAS POR  ALTERACIONES EN EL ACTO SEXUAL

1.      EXHIBICIONISMO

"gwendoline", J. Willie, 1946Es “una parafilia masculina por la que se realizan actos repetidos de exposición de los genitales a un extraño, con el objeto de alcanzar la excitación sexual, sin intentos posteriores de efectuar relaciones sexuales con el mismo. Es necesario que el otro se sorprenda o espante como requisito para la excitación” (20). A veces el individuo se masturba durante la exposición o durante la fantasía de exhibición. Conforma uno de los polos de patologización del erotismo de la mirada. Proviene del latín "exhibere" (enseñar).

Como se trata de una parafilia específica, debe cumplir con dos criterios establecidos por DSM IV (4): “A. Durante un periodo de por lo menos 6 meses, fantasías recurrentes y altamente excitantes, impulsos sexuales o comportamientos que implican la exposición de los propios genitales a un extraño que no lo espera. B. Estas conductas provocan malestar clínicamente significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de la actividad del sujeto”.

La erotización de la mirada es un hecho normal, pero cuando la mirada de los otros sobre ciertas partes de nuestro cuerpo como los genitales, es fuente de placer único, sobre todo si provoca espanto y sorpresa, estamos frente a una patología o parafilia, llamada exhibicionismo. La intención de sorprender a veces  es consciente, a veces no. Es una  desviación del acto, ya que no se busca agredir de otra forma a la persona o las personas víctimas de la exhibición. El acto sexual es la exhibición.

Lo común es que el individuo, se masturbe después del episodio, con la fantasía de que la o las personas sorprendidas se excitaron sexualmente con su pene, o simplemente recordando el espanto que provocaron. Es decir, el exhibicionista necesita siempre de espectadores que se asusten. Si las personas no se asustan, el episodio fracasa en su eficacia excitatoria. Por eso, el exhibicionista realiza el acto frente a niñas que nunca vieron un pene, pues con una mujer mayor o con experiencia, el asombro puede no provocarse, o más bien puede provocar risa o burla, lo que frustra gravemente al exhibicionista. Es común que cambie de barrio o lugar de actuación, para no ser atrapado.

La motivación psicológica, según el psicoanálisis, radica en que el paciente padece de una angustia de castración, tiene dudas con respecto a su pene, su tamaño y utilidad. Al exponer su pene, busca inconscientemente dos cosas: Primero, que le reafirmen que tiene pene, pues reaccionan  frente a su vista. Segundo, que su pene atemoriza a la persona, con lo cual él ya no tendrá miedo. Pueden haber otras motivaciones inconscientes, como: “Te muestro lo que quiero que tú me muestres a mí”. Como las personas sorprendidas suelen ser mujeres, podría suponerse que buscan que ellas también muestren sus genitales, pero se afirma que lo que buscan los exhibicionistas es que ellas también muestren un pene, al igual que lo fantasean los transvestistas.

La erotización de la mirada está en la mirada de los otros, no en la del exhibicionista. Puede creerse que éste desearía encontrarse con un voyeurista que goce mirándolo, pero no es así, como ya vimos.

El cuadro comienza generalmente en la infancia,  se manifiesta antes de los 18 años, aunque puede empezar a cualquier edad, no se ven casos de denuncia más allá de los 40, por lo que se estima que el cuadro disminuye su intensidad con los años (4). No debe confundirse con el individuo  a quien le gusta desnudarse frente a una pareja que consiente, o al bañista que porta un minúsculo slip de baño o tanga, en que los genitales se notan con claridad. No se trata de una parafilia, aunque sí de una conducta exhibicionista normal, que puede ser de mal gusto para algunos y divertido para otros.

El acto exhibicionista, por el escándalo que provoca, es un atentado contra la moral y las buenas costumbres, y por tanto, es un acto delictivo: es un delito sexual de ultraje público al pudor.

El exhibicionismo como parafilia no existe en la mujer. Pero la exhibición de partes no genitales del cuerpo es más común en la mujer que en varón. Rodrigues y Furlaneto (48) estudiaron 106 mujeres en Sao Paulo, de entre 19 y 52 años, una media de 25 años, y sólo un 6 % podría clasificarse como exhibicionista, mientras  el 48 % sentía placer sexual al exhibir sus genitales y el 43 % sentía excitación sexual al hacerlo, y las encuestadas opinaban que el 66 % de las personas frente a quien se exhibían sentía placer y un 26 % se excitaba. Cuando mostraban otras partes del cuerpo, sentían placer el 45 % y excitación sexual el 37 %. Ninguna de ellas fue denunciada por Atentado público al pudor, y aunque los autores no lo dicen, es la norma. Es el varón exhibicionista aunque sea con el pene fláccido, que suele ser denunciado con irritación por las víctimas o sus padres. La mujer posee mayor capacidad de atracción exponiendo todo el cuerpo, pues teme ser fea o ridícula, y a su vez, trata de fascinar mágicamente a los espectadores para obtener lo que desea. En los pocos casos en que la mujer muestra una franca tendencia a exhibir sus genitales, el psicoanálisis aduce varias explicaciones: también expresaría la envidia del pene, equivalente al temor a la castración masculina, pues al exhibirse castrada pretende castrar al espectador, mágicamente, pero al mismo tiempo, posee la ilusión de tener un pene. Suele tener preferencia por el cunnilingus, donde se da la oportunidad de mostrar a su pareja, por largo rato, sus genitales. Por último, al ostentar su encanto y belleza femenina, hacen caer a los hombres en la admiración y sometimiento de dependencia frente a lo que antes despreciaron.

Tengamos en cuenta que el exhibicionismo, como las demás parafilias, es una expresión inmadura y narcisista de la sexualidad, que poco tiene que ver con el otro, más que como objetos de uso o cosificación para sus satisfacciones no genitales. El exhibicionista tiene dificultades para amar, para cortejar adecuadamente, para formar pareja. El trastorno es básicamente masculino, y quien lo sufre padece además de un deterioro significativo en su vida. París (40) dice que el exhibicionista no puede pasar al acto y se conforma con mostrarse. Que hay un monto sádico-agresivo porque pretende asustar, masoquista porque se expone a ser castigado.

Palem (39) dice que “el exhibicionista es, esencialmente, un inadaptado social. Ignora las técnicas de seducción, es tímido, vive alejado de las mujeres, no pide nada a la mujer pues teme ser rechazado. No sabe bailar, cortejar, convencer, no usa el verbo como el humano, usa la exhibición como los animales. Es una muestra patética  de la hipocresía de una sociedad represiva”.

2.      VOYEURISMO

Es una parafilia específica, complementaria del exhibicionismo, provocada por la erotización patológica de la mirada del paciente. El nombre proviene de un galicismo o barbarismo:  ”voyeur” (veedor). Los criterios que el DSM IV (4) exige para el diagnóstico son: “A. Durante un periodo de la menos 6 meses, fantasías sexuales recurrentes y altamente excitantes, impulsos sexuales o comportamientos que implican el hecho de observar a personas desnudas, desnudándose o que se encuentran en plena actividad sexual. B. Estas conductas provocan malestar clínicamente significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de la vida del paciente.” El DSM III (3) agregaba que “este tipo de observación es el método repetidamente preferido o exclusivo para conseguir la excitación sexual”. También forma parte del diagnóstico que la persona no busca establecer ningún tipo de relación sexual con la persona observada, aunque puede tener una fantasía que mantiene un contacto sexual con la misma. Los sinónimos del voyeurismo son: inspeccionismo, mironismo (de mirón), visionismo, escoptofilia, atisbamiento.

Lo característico del voyeurista es que se oculta para observar, espía, atisba. Las personas a quienes mira suelen ser desconocidas, o por lo menos no están informadas de que alguien les está mirando, es decir, no consienten que se las mire. Por tanto, no es voyeurismo mirar a una persona que se desviste en la playa, o a la esposa en el momento de desvestirse y menos si lo hace como acto de provocación erótica explícita: si se observa a un ser amado desnudándose y se siente placer, ello es normal. A todos los gusta mirar como forma de comunicación sexual, pues la mirada es el sentido más poderoso en el lenguaje del cortejo a distancia. Tampoco es voyeurismo el mirar material pornográfico para incrementar el deseo sexual, como acto preparatorio de la actividad sexual. El voyeur –dice París (40)- sustituye la acción por la mirada. Cita a Henry Ey, quien dice que “el voyeurista realiza el más breve de los coitos: el coito visual.”

El trastorno empieza en la infancia, se instala antes de los 15 años de edad y su curso es crónico. En su forma más grave, mirar o balconear como espectador la vida sexual de los demás es su única forma de actividad sexual. Los voyeuristas compran potentes catalejos para espiar la vida íntima de sus vecinos de enfrente, modifican sus horarios para poder estar a la hora en que la vecina se acuesta,  se cambia de ropa o hace el amor con su pareja o se desnuda para ir al baño. Hay voyeuristas que alquilan piezas de pensiones antiguas desde donde pueden espiar a través de la cerradura o hendijas hacia la pieza vecina, o efectuado orificios en puertas y hasta paredes. A veces se asocia con el escuchismo, oyendo los ruidos del placer en las piezas vecinas. La recorrida discreta por las “villas cariño” o lugares de la vía pública con poca iluminación, como ramblas o costaneras, parques y plazas, donde las parejas van en automóviles o a pie para acariciarse o hacer el amor, es una práctica habitual. Allí toman toda clase de precauciones para no ser descubiertos mientras mira, pues ello interrumpe su placer y les provoca gran frustración y angustia. Suelen llegar al orgasmo mientras miran o se masturban después con la evocación de lo visto con fantasías agregadas.

Para el psicoanálisis (19), el voyeurismo posee la misma psicopatología que el exhibicionismo, pero la angustia de castración suele fijarse por haber presenciado la escena primaria o el coito de los padres, o bien, al contemplar los genitales de los adultos. Cuando miran el desnudo o el coito de otros, tratan de asegurarse de que no hay peligro de perder su pene, como castigo por la transgresión, repitiendo en calidad de espectador, las escenas temidas. Es decir, repiten la escena traumática con el deseo de ejercer un control sobre él. A veces lo que tienen que mirar posee un carácter específico, determinado por el tipo de situación traumática vivida en la infancia.

Pero el voyeurista no se calma totalmente cuando mira estas escenas, aunque le provoca una gran excitación sexual y, luego o concomitantemente si se da el caso, se masturba con las fantasías o la visión de la realidad que observa. Esto lo lleva a ser insaciable y a incrementar sus experiencias, exponiéndose a ser descubierto o denunciado, tratando de ver más y más, o repitiendo con mayor frecuencia sus incursiones de atisbamiento y espionaje. A veces, desplazan su interés solo a los juegos preliminares del coito o incluso a aspectos pregenitales de la sexualidad. Si utilizan videos pornográficos previo al coito, luego no realizan el coito, pues su sexualidad está saciada con mirar.

Esta parafilia es casi exclusivamente masculina, pero cuando se ve en mujeres, en lugar de curiosear el coito, los actos se desplazan hacia escenas sádicas o destructivas, como disfrutar mirando películas de terror, escenas de catástrofes, accidentes, guerras, operaciones quirúrgicas, escenas de hospital, etcétera.

Como toda parafilia, el voyeurismo, tiene una fuerte estructura narcisística, así que tampoco sus portadores son capaces de amar. Sus fantasías y conductas invaden de tal modo sus vidas, que les dejan poco tiempo para una vida sexual normal, perturban su vida laboral y se sienten incompletos. No obstante ello, como en toda parafilia, no consultan por esta causa, sino que es un hallazgo cuando consultan por una disfunción sexual, trastornos del humor o ansiedad.

3.       MASOQUISMO SEXUAL

El masoquismo es una parafilia específica, y constituye uno de los pares parafílicos junto al sadismo sexual de la erotización del dolor. La caracterización de la misma está dada porque el modo preferido o exclusivo de producir excitación sexual es el hecho de ser humillado o atormentado, o de participar intencionalmente de actividades en que se es lesionado físicamente o pone en peligro su vida para sentir placer sexual (20). Hay sustitución del acto sexual coital por otro que produzca dolor.

El DSM IV (4)  establece dos criterios para su diagnóstico: “A. Durante un período de al menos  6 meses, fantasías sexuales recurrentes y altamente excitantes, impulsos sexuales o comportamientos que implican el hecho  (real, no simulado) de ser humillado, pegado, atado o cualquier otra forma de sufrimiento. B. Estas conductas provocan malestar clínicamente significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de actividad del individuo”.

La parafilia comienza en la infancia, y se debe a experiencias de violencia vividas en el ámbito familiar, pero se manifiesta en forma de fantasías masturbatorias en la adolescencia y a través de conductas en la edad adulta. Una vez que aparecen las conductas, suelen ser de curso crónico, con periodos de mayor intensidad, vinculados con el estrés o simplemente con el paso del tiempo, aunque puede estabilizarse sin incremento de la frecuencia por años. Otra característica es que tiende a repetirse la misma conducta por años. Cuando ya no se conforma con conductas menores y medianas, el aumento del dolor y la exposición al peligro puede ser mayor, poniendo en riesgo la vida hasta perderla.

Una o dos personas por millón de habitantes y por año, según estadísticas, mueren en Estados, Unidos, Canadá, Australia e Inglaterra, por la práctica masoquista de la hipoxifilia, que consiste en la privación de oxígeno para incrementar el placer sexual, a solas o en pareja, mediante bolsas de plástico en la cabeza, compresión de tórax o nudos en el cuello, generalmente a causa de errores de procedimiento o accidentes.

Pero las conductas masoquistas sexuales son varias: las formas de ser humillado comprenden el ser orinado, defecado, obligado a arrastrarse, a imitar animales, a suplicar, a vestirse con ropa del otro sexo. El ser vendado y encapuchado implica sumisión sensorial. Por algo la tortura comienza con la capucha que despersonaliza al sujeto. Aquí lo que predomina es la humillación verdadera, el sentir la dignidad propia reducida a cero. También puede pedir ser tratado como un niño en el infantilismo, o que le efectúen perforaciones en la piel o los genitales  (infibulación). Las fantasías de humillación suelen ser aun más atrevidas y ricas que la realidad: estar en situación de ser torturado con picanas, violado o violada por múltiples personas, castigado con todo tipo de objetos hasta la muerte. Hay una suerte de tanatofilia o afición por la muerte, por parte del masoquista. También se fantasea ser siervo o esclavo al servicio incondicional de amos abusivos, o ser agredidos en un  callejón oscuro por una patota que le propina una feroz golpiza o le insulta soezmente, por ejemplo. Cuando se trata de fantasías que no son preparatorias de actos masoquistas, son indispensables para excitarse durante la masturbación o el coito.

Los castigos reales pueden ser producidos por la pareja, con látigos, palos, picanas, cortes, pinchazos y coscorrones o con cualquier objeto, hasta que la lesión mane sangre o simplemente duela lo suficiente. También el masoquista se autocastiga en la flagelación, se pinchan con agujas, se producen descargas eléctricas o se atan con alambres. La inmovilización o restricción de movimientos para que uno se pueda escapar, puede ser de las muñecas y tobillos atados a la cama, con vendajes en los ojos o no, todo lo cual implica sumisión a la pareja, que puede hacer lo que quiera con él, aun matarlo.

Con frecuencia, tienen dificultades para encontrar parejas que consientan practicarle estas conductas agresivas y entonces se autoagreden. Cuando encuentran parejas que les practican actos humillantes o lesivos, lo que es un progreso para sus vidas solitarias y una posibilidad de salir de ese encierro pesadillesco, éstas se horrorizan; pero luego consienten en practicarles pequeños actos que son siempre insuficientes y piden cada vez más. París (40) afirma que “el masoquista sexual se identifica con su verdugo, se siente despreciable y necesita que el otro le castigue, le humille”. Las mujeres que aceptan “con amor y resignación” las humillaciones a que su marido sádico la somete, suelen revelar con ello un masoquismo encubierto. Se registra en los casos de violencia doméstica, en que aquéllas denuncian al marido castigador y luego retiran la denuncia en forma periódica y reiterada. Como todas las parafilias se presenta casi exclusivamente en el sexo masculino, pero con mayor presencia femenina, aunque la relación es de 20 varones por cada mujer masoquista, como ya lo vimos.

Leopoldo Von Sacher Masoch (1836-1895) era un profesor de historia y escritor premiado y famoso, Caballero de la Legión de Honor e hijo del Jefe de Policía de Lemberg, su ciudad natal. Con 10 años de edad, escondido en el ropero de su tía la condesa Zenobia, asistió sin desearlo a un acto sexual de la misma con su amante. Estaba envuelto en un tapado de pieles. El conde sorprende el acto, pero lejos de amedrentarse, la tía castiga con un látigo al marido. La excitación de Leopoldo es tan intensa que cae entre las pieles y la tía también lo castiga a él, por fisgón. Huye, pero no muy lejos, pues descubre que le fascinan los gritos del conde que sigue siendo golpeado. Por algo, el látigo y las pieles son sus símbolos favoritos. Krafft-Ebing en 1886 toma el nombre de Masoch para designar la erotización del dolor recibido, pues ese año éste publica su libro “Venus con abrigo de pieles”.

La historia de Sacher Masoch agrega otros datos de interés para comprender esta parafilia. Se casó, y como su esposa se negó a flagelarlo, la obligó a presenciar el castigo que le infligía su doncella. Convencida, la esposa pasa a flagelarlo para darle placer, pero no era suficiente: también debía serle infiel. Para ello puso un aviso solicitando un hombre vigoroso dispuesto a mantener relaciones con su esposa, todo un adelantado en la correspondencia de intercambio. Pero su mujer no acepta y lo abandona. La historia finaliza con que Sacher Masoch se casó por segunda vez, esta vez con su secretaria que lo complacía en todo.

El campo de las parafilias suele despertar la curiosidad de los profanos, porque todos rechazamos estas conductas raras y extravagantes. Pronto se descubre el lado siniestro, la soledad y la búsqueda obsesiva del dolor donde debe reinar el placer, aparentemente incompatibles pero indisolublemente unidas en el masoquismo sexual. Se diferencia el masoquismo sexual del masoquismo como rasgo de personalidad. El masoquismo y el sadismo tiene como sinónimo la algolagnia  del griego “algos” (dolor) y “lagnia” (atracción patológica).

4.       SADISMO SEXUAL

Se trata de una parafilia específica en que hay modificaciones del acto sexual por la erotización del dolor, completando el par sadismo masoquismo, en que el placer obtenido proviene del sufrimiento ajeno. En el DSM III (3) se utilizaban los siguientes criterios para su definición. “Con una pareja que no consiente, el individuo ha infligido repetida e intencionalmente sufrimiento psicológico o físico con objeto de obtener excitación sexual. Con una pareja que sí consiente, el modo repetidamente preferido o exclusivo de obtener excitación sexual combina la humillación o sufrimiento corporal simulado o ligero. Y tratándose también de una  pareja que consiente, se le han infligido lesiones corporales que son intensas, permanentes o posiblemente mortales, con el objeto de obtener excitación sexual.”

En el DSM IV (4), el criterio diagnóstico es más explícito y exige dos condiciones. “A. Durante un periodo de al menos 6 meses, fantasías recurrentes y altamente excitantes, impulsos sexuales o comportamientos que implican actos (reales, no simulados) en los que el sufrimiento psicológico o físico (incluyendo la humillación) de la víctima es sexualmente excitante para el individuo. B. Estas conductas provocan malestar clínicamente significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de la actividad del individuo”.

Desde luego, hay grados. Desde quien evoca fantasías sádicas durante el acto sexual, en que el sujeto controla totalmente a una víctima aterrorizada por la situación amenazante, pero que no las lleva a cabo en la realidad, pasando por conseguir víctimas que consienten ser agredidas, a someter contra su voluntad a personas para provocarles sufrimiento. Las fantasías pueden ser muy variadas, ya que economizan la realidad, pero a veces los actos cometidos en la realidad son muy complejos y truculentos.

Estos actos o fantasías sádicas pueden ser: inmovilizar físicamente a la víctima, atarla con los ojos vendados a la cama o contra un objeto firme, darle una golpiza, azotarla, pincharla o perforar el cuerpo con objetos punzantes, quemarla con cigarrillos, aplicarle descargas eléctricas, efectuarle cortes, intentos de estrangulación, obligar a la víctima a arrodillarse, a comer excrementos, encerrarla en una jaula y finalmente, el homicidio. La violación con penetraciones anales y vaginales violentas y todos su prolegómenos forman parte de los actos sádicos posibles. Hay casos en que se deben realizar cada uno de estos actos. Otros, se conforman con uno solo de estos actos, por ejemplo, estrangular, sin intentar siquiera violar a la víctima. Basta con verla sufrir, disfrutar su dominio total sobre ella o presenciar su agonía.

Un cierto monto de agresividad forma parte de las actividades  sexuales normales, pero en el sadismo sexual esta agresividad es excesiva y responde a otras causas. El psicoanálisis reconoce componentes sadomasoquistas normales en todos los seres humanos, pero su expresión es regulada por la adecuada resolución de los conflictos de la etapa anal-sádica del desarrollo psicosexual, así como la elaboración de las situaciones traumáticas agresivas a los que el niño se vio expuesto. Estas situaciones son fantaseadas con relación al acto sexual de los padres con la violencia, por ejemplo, pues escucha quejas y gritos que interpreta como dolorosos. Por la identificación con sujetos agresivos -como el padre o la madre- o con personas agredidas que desean vengar, como la madre humillada o el padre despreciado o los hermanos castigados, cuando llega a la adolescencia y a la adultez, el individuo adopta conductas sádicas.

Así como el voyeurista suele ser exhibicionista, el sádico suele ser masoquista al mismo tiempo o sucesivamente. París (40) dice que el sádico se identifica con su víctima, suele sentirse culpable de sus actos e inconscientemente tiende a volver su agresividad contra sí mismo. Pero no es frecuente el sentimiento de culpa, pues pueden ser portadores de severos trastornos de la personalidad, con antecedentes infantiles y adolescentes de frialdad y violencia con animales y otros niños, así como con las mujeres. Las parejas sadomasoquistas de manifestación menor, disfrutan viendo películas de violencia sexual o terror, o con la sujeción a la cama, o por el uso de ropas de cuero negro y brillante, que son símbolos de autoritarismo y poder. Se puede asociar con fetichismo.

A falta de estímulos de humillación y violencia, el sádico sexual puede padecer de disfunciones sexuales, pero en sentido contrario, las fantasías sádicas actúan como “gatillo” disparador para provocar la respuesta deseada. No es común que él consulte al médico, aunque sí lo hace su mujer, aterrorizada por las “cosas monstruosas” que le proponen hacerle o han intentado hacerle o incluso le ha practicado contra su voluntad.

Las fantasías sexuales sádicas suelen comenzar en la infancia y los actos comienzan a la edad adulta joven. El curso suele ser estable, pero los periodos de estrés o depresión pueden hacer que se incremente el deseo de avanzar en prácticas cada vez más violentas hasta que la muerte de la pareja lo lleva a la prisión. A veces, los crímenes seriados con o sin descuartizamiento y ocultamiento de los cadáveres, obedecen a etapas peculiares de la vida del sádico, como la muerte de un progenitor, el duelo por una decepción amorosa o cualquier otra experiencia. Los casos famosos de la realidad protagonizados por sádicos, como “Jack el destripador” o versiones noveladas como “American Psycho”, llevan al extremo tragedias que forman parte de la casuística legal y policial de todos los pueblos del mundo. La tanatofilia evidente de los sádicos, hace que cada acto sea una amenaza o una antesala del homicidio. El “scarfing" es la excitación sexual por reminiscencias del goce de muerte por estrangulación que provoca al individuo el observar un pañuelo, echarpe o bufanda alrededor del cuello del otro (9). Los sádicos sexuales son los "niños terribles" de la sexualidad y nadie los quiere, ni como pacientes ni como parejas. Son los "ofensores sexuales" por excelencia.  

El nombre de esta parafilia proviene del asignado por Krafft-Ebing, inspirado en la obra del Marqués de Sade o Donatien Alphonse François (1740-1814), noble oficial del ejército y escritor francés quien describió sus actividades, escandalizando a su época y que le costó la cárcel. Educado por el rigor y los castigos físicos, alejado de todo contacto afectivo con sus padres, lo que era común en la época, el “divino” Marqués, se casó antes y después de haber protagonizado reuniones orgiásticas con prostitutas y criadas a las que nunca practicó todo lo que escribió en sus libros. Se sabe que una vez hizo cortes en la piel a una mujer y luego los llenó de cera caliente, y otra vez flageló y proporcionó altas dosis de cantárida a una criada para lograr su excitación, quien casi muere por la diarrea y la intoxicación. Fue denunciado en ambas oportunidades y luego de recorrer varias cárceles francesas, la influencia de la familia de la esposa hizo que terminara en la célebre Bastilla, donde estaba cuando advino la Revolución Francesa. Nunca se rehabilitó socialmente, escribió su frondosa obra en cautiverio y murió a los 74 años en el asilo de alienados de Charenton. Pero su recuerdo como “liberador sexual”, fue reivindicado en este siglo por Camus y Simone de Beauvoir en su carácter de libertino, liberado de la esclavitud, luego librepensador y licencioso, el verdadero iniciador del arte enajenado, del envilecimiento como un acto de conversión e inspiración para escritores como Baudelaire quien escribió a su vez “el placer único y supremo del amor reside en la certidumbre de que se está haciendo el mal”. Dice su biógrafo Hayman (27) que Sade deseó desaparecer en la historia, pero sobrevivió en ella porque “tuvo el valor de llegar tan lejos como le fue posible en una dirección que jamás habría elegido si se le hubiera dado la libertad de escoger, pues la prisión y la sexualidad solitaria fueron su escenario literario, junto a su fecunda y patológica fantasía”.

BIBLIOGRAFIA

* Dr. Andrés Flores Colombino

  Médico Psiquiatra, Geriatra Gerontólogo y Sexólogo Clínico

  Miembro del Advisory Committee de la World Association for Sexology (WAS)

 Presidente de la Federación Latinoamericana de Sociedades de Sexología y Educación Sexual  (FLASSES),  Fiscal de la Sociedad Uruguaya de Sexología.

Nota del  Dr.  Adrián Sapetti: este artículo, debido a su extensión, ha sido dividido en partes, las que se irán publicando en meses sucesivos. 

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