Temor al fracaso en los varones (Parte I)*

Errar (fallar) es humano. Aunque para muchos el dicho popular no tiene cabida en el aspecto sexual, basta con que tengan una sola erección deficiente para que sientan que han fracasado como varones. Son parte de la cultura machista que hace que se dramatice al máximo un contratiempo masculino y que el temor al fracaso pese como una espada de Damocles.

El miedo a que el fracaso ocurra también podría verse como la anticipación del mismo. El varón teme no obtener una buena erección y es esa misma ansiedad (quizá basada en que alguna vez le ocurrió) la que dificulta aún más el éxito del intento, su estado de nerviosismo puede desembocar en una impotencia o en una eyaculación rápida.

Un encuentro donde no se logre la erección o tenga un descontrol orgásmico puede ser totalmente circunstancial pero en algunos individuos genera el pánico a que sea definitivo y permanente y eso perpetúa el síntoma. Esto puede producirse porque los múltiples factores que intervienen pueden verse afectados durante el encuentro sexual. En los casos de temores exacerbados las causas están relacionadas con el aspecto psíquico. Por ejemplo: debut sexual, una nueva compañera, hacerlo en un auto o en una habitación en la que se teme que alguien pueda entrar, exigencias de la pareja, problemas con el preservativo, miedo al embarazo o al SIDA. Todo esto da lugar a lo que llamaríamos una profecía autocumplidora: tengo miedo de que me pase, luego: seguro que me va a pasar y, finalmente, ¡yo sabía que me iba a pasar!

Un encuentro donde no se logre la erección o tenga un descontrol orgásmico puede ser totalmente circunstancial pero en algunos individuos genera el pánico a que sea definitivo y permanente y eso perpetúa el síntoma.

En la experiencia clínica se ve que son los varones inseguros, altamente competitivos, obsesivos, exigentes y perfeccionistas, los que toleran menos un fracaso sexual transitorio, transformándolo en algo más grave y cronificado. Si no se los tranquiliza van al encuentro de una mujer con la pregunta permanente: "¿esta vez lo lograré o volveré a fracasar?", y así configura, justamente, un nuevo fracaso. Como consecuencia del temor a fracasar es común que los varones comiencen a esquivar el encuentro amoroso valiéndose de excusas diversas. A otros los asaltan dudas acerca de su hombría y se plantean si no les habrá emergido una homosexualidad latente. También están los que comienzan a recelar algún problema grave de salud. La cuestión es que de un fallo ocasional, magnificándolo, todo se convierte en un drama.

En la experiencia clínica se ve que son los varones inseguros o altamente competitivos los que toleran menos un fracaso sexual transitorio, transformándolo en algo más grave y cronificado.

Existen individuos que le temen al fracaso sin haberlo experimentado previamente y esto es posible en los casos de personas fóbicas u obsesivas, y que no poseen buena información o, por el contrario, están abrumados por las idealizaciones: una expectativa desmesurada o un arquetipo sexual de gran exigencia, pueden llevar al fracaso, porque es tan alta la meta que se trazan que nunca la pueden alcanzar. Es como si alguien que quiere escribir piensa que no podrá hacerlo como Cervantes o Borges o, si sueña con pintar, no llegará a ser como Picasso o Michelangelo. Un ideal del yo de esa naturaleza sólo logrará impotentizarlo.

En el caso de los varones vírgenes vemos que ellos no saben cómo hacerlo, más aun si su compañera tampoco lo sabe o, en el caso opuesto, si sabe demasiado en comparación a ellos. No ocurre lo mismo si van a debutar con una prostituta porque en ese caso se ponen en sus manos como pájaros asustados y, a veces, esto actúa como desinhibidor, aunque también se ha visto lo contrario: muchos salieron de la pieza cantando victoria pero tan vírgenes como antes. En ocasiones la primera experiencia puede ser muy cruel y calar muy hondo en ese varón infortunado. Si en el debut se tiene una erección deficitaria o una eyaculación precoz, incluso sin penetrar, es totalmente comprensible por la gran presión que significa el momento. Pero si este episodio es tomado como motivo de broma por la compañera o por otros jóvenes (es común que muchos debuten grupalmente), puede volverse una carga muy difícil para el iniciado.

Una de las obsesiones inhibitorias es la del pene corto y esto es visto por muchos varones como un fracaso en sí mismo. Y si el individuo centra todas sus expectativas en el tamaño de sus genitales se volverá un revés insalvable, porque en este sentido la anatomía marca pautas irreversibles, salvo que alguien apele a una plástica correctora. Es bueno que estas personas tengan en cuenta que el tamaño no guarda correlato con el rendimiento sexual. No es por tener un pene pequeño que se fracasa, como tampoco tenerlo muy desarrollado es sinónimo de ser un amante incomparable. En ciertas situaciones esto es utilizado para disfrazar miedos e inseguridades que nada tienen que ver con las medidas anatómicas, es el que dice: “no puedo ir con una mujer porque lo tengo chico", pero en el fondo le sirve como excusa, como beneficio secundario.

Vemos también un personaje prototípico que se disocia de su pene y se refiere a él como a algo ajeno a su cuerpo, separado de su persona: "éste no me funcionó, me jugó una mala pasada, se me durmió", suele decir explicando su problema, aunque en realidad de esta manera intentan eludirlo. Ellos no son los responsables: ¡es el maldito que se negó a funcionar!

No es por tener un pene pequeño que se fracasa, como tampoco tener un pene muy desarrollado es sinónimo de ser un amante incomparable.

* Dr. Adrián Sapetti, psiquiatra, sexólogo clínico

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