El voyeurismo

Toulouse Lautrec - "En el palco"El término proviene del francés voyeur (mirón) y define la búsqueda de excitación sexual mediante la observación, en general a escondidas, de personas desnudas, en vías de estarlo o que están practicando el acto sexual, y hace de esta práctica algo excluyente, ineludible o imprescindible para el goce. Esto no les cabe a aquellas personas que observan el cuerpo de una mujer desnuda, unas fotos eróticas, un film porno (hardcore) o un show para adultos, ya que esto puede ser un eficaz ingrediente cuando se lo sabe dosificar.

El voyeurismo es una de las llamadas desviaciones sexuales o parafilias que el DSM IV (Manual diagnóstico y estadístico de la Asociación Americana de Psiquiatría) las define "por el hecho de que la imaginación o los actos inusuales o extravagantes son necesarios para conseguir la excitación sexual".

Estas pautas tienen que ser frecuentes, recurrentes y ser el modo preferido o exclusivo al cual recurre un individuo determinado para excitarse sexualmente. Es notable que algunas de estas inclinaciones se den casi exclusivamente o prevalentemente en los varones.

Muchos de estos mirones andan fisgoneando a parejas, a las cuales siguen por las calles para realizar actos masturbatorios al verlas besarse o acariciarse; otros lo hacen con sus familiares o llegan a pagar para poder ver hacer el amor, cosa que la industria del sexo ha aprovechado convenientemente montando lugares donde estos personajes ven a mujeres o a parejas manteniendo relaciones sin que ellas puedan verlos.

Contra lo que se suele creer, no son del estilo El vampiro negro, sino que suelen ser escasamente peligrosos desde el punto de las agresiones o las amenazas: ellos prefieren fisgonear a violar o abusarse sexualmente, justamente allí está el goce: en fisgonear.
Reitero que un individuo que goza en un show de strip-tease o viendo un vídeo erótico cada tanto, o al ver a su pareja desnudarse, podría verse con un rasgo de voyeurismo, pero cuando esto se tiene que dar como condición sine qua non, insoslayable para el goce, se convierte en algo estereotipado y tan rígido que el sujeto queda atrapado en él, como si hubiera habido una cierta detención en su desarrollo psicosexual: no puedo pasar de la etapa de mirar lo que Freud llamaba "la escena primaria".

El arte no podía estar ajeno a estas situaciones, especialmente el cine, arte voyeurista por excelencia (¡ni qué decir de la TV!), y grandes artistas como Alfred Hitchcock con La ventana indiscreta, Kieslowsky con Una película de amor (no desearás a la mujer de tu prójimo) o Brian de Palma con Doble de cuerpo, han fisgoneado a través de una ventana para descubrir escenas eróticas o inquietantes. En varios films del gran maestro aragonés Luis Buñuel hay un desfile casi constante de diversas desviaciones, entre las cuales el voyeurismo lleva una gran parte, como asimismo en algunos films del italiano Fellini: recordemos cuando en Amarcord el cura le pregunta al niño si se tocaba y éste, temiendo el castigo, le dice que no, pero piensa: "¿y qué íbamos a hacer a la vera del río mientras las mujeres se levantaban las polleras al lavar la ropa?", o en sus recuerdos de la Sarracena o de la Gradisca. Incluso Passolini cuando llevó al cine tres obras de geniales mirones como Bocaccio, Chaucer y el marqués de Sade en los films Decamerón, Los cuentos de Canterbury y los 120 días de Sodoma respectivamente.

Salvador Dalí narra en sus memorias sus afanes voyeurísticos y describe las orgías que armaba para excitarse mirando a jovencitos de ambos sexos haciendo el amor, no en vano algunas de sus geniales obras se llaman: El gran masturbador, La metamorfosis de Narciso y Los relojes blandos ("me acusaban de homosexual, ¡si yo antes de conocer a mi esposa Gala era impotente!"). Es interesante ver cómo Picasso en sus últimas obras ubica a mujeres mostrando la vulva o los pechos y el artista – a un costado- las mira pasivo.

Antes hablábamos del marqués de Sade quien afirmaba: "sostuve mis extravíos con razonamientos, no me puse a dudar...supe destruir en mi corazón todo lo que podía estorbar mis placeres"  y desarrolló en su obra un despliegue de perversiones donde sus personajes -algunos de los cuales se solazaban viendo los actos sexuales ajenos- en obras como Los crímenes del amor o la Filosofía del tocador y la antes citada Los 120 días de Sodoma, afirman que frente a la búsqueda del deseo es válida cualquier forma de satisfacerlo, sin límite ni control. Un caso paradigmático es el de un profesor de Historia y luego devenido novelista, el austríaco Von Sacher Masoch que escribió varias obras de tono masoquista, de las cuales la más famosa es La Venus de las pieles: allí cuenta que se hacía castigar viendo por una dama envuelta en pieles. En su vida personal Sacher Masoch no pudo desprenderse de una experiencia vivida cuando tenía 10 años al contemplar una escena en la cual una tía suya hacía el amor con su amante. Desde un escondite, quizás un armario, también presenció la llegada del marido a quien la mujer castigó con un látigo por su intromisión (me imagino a la mujer diciéndole al marido-mientras lo disciplinaba-: "imbécil ¿cómo te animás a incomodarme y molestarme entrando así a la pieza?"). Desgraciadamente para el joven Masoch también fue descubierto y flagelado con el mismo látigo, quedando fijado a esa etapa infantil viendo detenido así su desarrollo sexual normal.

En uno de los relatos que escribí en La cara de Dios, el protagonista adolescente mira a través de una claraboya cómo su hermana se desvestía produciéndole esto gran excitación. Este hecho común en la infancia y la adolescencia quizás lo recuerden muchos varones en relación a sus tías, hermanas mayores o amigas de la madre, a las que miraban por el ojo de la cerradura, a través de la puerta entornada o de la ventana (como otro de los personajes de la misma obra, en un relato llamado justamente La ventana, mira a través de un vidrio pasar a un grupo de chicos por la calle y ve todo el mundo a través de esa ventana sin poder vivir). O sea que podemos decir que de poetas, de locos y de voyeurs todos tenemos un poco.
De allí a ser la única y excluyente manera para gozar del amor dista una gran distancia como es la de pintar El gran masturbador a masturbarse en la calle.

Siempre me preguntan si estos casos de los voyeurs son curables y siempre les contesto que no suelen consultar: casi siempre cuando lo hacen es porque los trae la familia, la policía o la orden de un juez. Ellos no suelen vivirlo como algo penoso salvo los casos que tengan conductas compulsivas que pongan en riesgo su integridad física y las de los demás; en esos casos se intenta con medicación y con psicoterapia y así muchos cesan en esas actitudes compulsivas. Pero el voyeur típico es un individuo que, escondido, tras las sombras, goza viendo gozar a los demás, evidenciando así un mundo sórdido, con serias dificultades en los contactos personales, afectivos y eróticos: también como Dalí, pero sin el genio del pintor catalán, son grandes onanistas, perturbados narcisos.