El sistema sexo - Género (Parte I)

por el Lic. Norberto Inda

"Lysistrata" - A. Beardsley - 1896 Partimos de la idea de que el vínculo es la estructura fundante de la subjetividad. Que es una trama intersubjetiva la que tramita el pasaje del prematuro que vio la luz al sujeto con cierto grado de autonomía. Sujeto sujetado al orden del inconciente, del parentesco y de la lengua. A esto se suma, complejizándolo, el hecho de nacer en una bi-partición planetaria que divide a los seres humanos en mujeres y varones. Tan universal como el tabú del incesto, como pre-condición de la cultura. Soporte, límite y organizador de nuestra subjetividad, las determinaciones de lo masculino y lo femenino producen lugares psíquicos, relacionalidades conflictivas, no reductivas a las diferencias sexuales.
Particularmente en este fin del milenio, donde todos los valores y las identidades se cuestionan, se fragilizan, caen, ser mujer o varón no es lo que era.
El sistema sexo género puede tornarse un articulador valioso entre subjetividad y cultura, sexualidad y narcisismo, ideales y comportamientos. Y por ende, ampliar el arsenal psicoterapéutico en la clínica individual, vincular y en los tratamientos sexológicos.

Desde hace décadas, los estudios de la mujer vienen cuestionando el lugar asignado a mujeres y varones, problematizando los saberes legitimados, al develar las bases androcéntricas de los discursos sociales. Estos desarrollos ponen el énfasis, por ejemplo en el carácter histórico, socio-cultural de las representaciones existentes sobre los géneros en contra de toda perspectiva escencialista, a-histórica, regida por una legalidad inmutable. Como decía Simone de Beauvoir “no se nace mujer, se adviene a serlo”. Y esto es absolutamente extensible al varón.
En este marco, las determinaciones de género, articuladas con la etnia, clase social, edad, constituyen una referencia obligada para la comprensión del psiquismo. Por eso, en este enfoque contextual debiéramos hablar de femineidades y masculinidades, así en plural. Se puede ser mujer o varón de muchas maneras.
El psicoanálisis ha penetrado el relato de muchos saberes. Y también de nuestra representación de lo humano. Sus desarrollos metapsicológicos, clínicos son determinados a la hora de trabajar con subjetividades en ámbitos uni o multipersonales. Pero que en la determinación de lo femenino y lo masculino pareciera que la fuerte concepción falocéntrica se torna obstáculo. Como si la impronta Edípica que delimita los destinos de la pulsión y la diferencia de los sexos tuviera una fuerza de impregnación tan definitoria que no admitiera revisión.
El sistema sexo-género es un campo de problemáticas. Su abordaje, necesariamente interdisciplinario. Ahora bien, el enorme trabajo teórico, político que sobre la prescriptiva genérica y sus consecuencias realizan las feministas, no se vio acompañado de una tarea similar por parte de los varones. Los Men’s Studies están emergiendo más recientemente y como a la zaga de la explosión femenina.
Resulta extraño esto, porque cuando uno de los componentes de un sistema cambia, el sistema todo se ve involucrado. Probablemente, la asimilación entre hombre y ser humano produjo un grado de generalización tal que tras la fachada del HOMBRE –que queda en posición de ideal- resultan borradas, invisibilizadas las particularidades de cada varón en su singularidad deseante.
Nada más relacional que la vinculación entre los géneros. Si el efecto mariposa en su versión popular dice que “el aleteo de una mariposa en el mar de la China puede provocar un tornado en Nueva York”, hay que ser muy ciego para no darse cuenta que las prácticas teóricas, políticas y cotidianas de las mujeres involucran absolutamente a los varones. El pensamiento complejo destaca, entre otros postulados, que las partes de un todo complejo solo adquieren sentido en la interacción de sus propiedades y por relación a la organización total.

EL GÉNERO

En 1955 Money traslada la palabra género de la gramática a la medicina, advirtiendo la sobresignificación que pesaba sobre el término sexualidad. Stoller R. desde el campo del psicoanálisis corrobora los hallazgos de Money: la fijeza que adquiere el sentimiento de ser nene o nena una vez establecida dicha categorización. Y afirma:

“Bajo el sustantivo GÉNERO se agrupan los aspectos psicológicos, sociales y culturales de la femineidad-masculinidad, reservándose SEXO para los componentes biológicos, anatómicos y para el intercambio sexual en sí.”

Aquí incluye una enorme casuística de casos de ambigüedad anatómica con relación a trastornos genéricos. Y también los llamados transexuales primarios cuya anatomía –normal- no fue calificada o promovida por sus criadores primarios. Ambos observables, sin embargo enfatizan la fuerza decisiva de la creencia, del deseo, del fantasma en la determinación del género. Y coinciden con la idea freudiana de un cuerpo erógeno, cuya anatomía no es necesariamente, su destino.
Stoller introduce entre naturaleza y cultura un tercer término, “período crucial” en el que el deseo y asignación de un sexo, imprimen un sello a la identidad de género que difícilmente pueda revertirse pasados los tres años. Es el tiempo pre-edípico de Freud. Pero a diferencia de éste, Stoller afirma la existencia  de una protofemineidad para mujeres y varones, consecuencia de una relación fundadora con la madre. Por ello la constitución de la masculinidad presenta dificultades especiales. El niño deberá hacer una fuerte formación reactiva para desligarse de esa identificación y del miedo a la pasividad. El concepto de género se vuelve un articulador importante del sistema narcisista yo-ideal-ideal del yo. Estas estructuras, como el superyo tendrán recorridos diferenciales en ambos géneros.
Así, el complejo Edípico reorganiza el deseo sexual, no a la identidad de género, ya instalada.
Estas consideraciones le hacen sostener una serie de proposiciones que modifican conceptos anteriores:

1. Los aspectos de la sexualidad que caen bajo el dominio del género son determinados escencialmente por la cultura. Este proceso comienza con el nacimiento y forma parte de la estructuración del psiquismo. La madre es el agente cultural privilegiado, luego el padre y la familia, la sociedad continúan ese proceso.
2. Las fuerzas biológicas reforzarán o perturbarán una identidad de género ya estructurada por el intercambio deseante.
3. La identificación como operación psíquica, daría cuenta de la organización de la identidad de género.
4. Este núcleo genérico se establece antes de la etapa fálica. La angustia de castración y la envidia del pene complejizarán esa estructura.
5. La madre constituye para la nena y el varón un ideal temprano de género. El desarrollo psicosexual es más complicado para el varón en cuanto al género, pues la identificación con la madre no promueve su masculinidad. Debe desidentificarse de ella y buscar activamente la identificación con los hombres.
Esto vuelve más inteligible esa lógica reactiva que caracteriza las modalidades de la masculinidad tradicional: los varones suelen definirse por no ser ni niños, ni mujeres, ni homosexuales. Buena parte de las conductas habitualmente ligadas a la masculinidad (temeridad, riesgo, sobreexigencia, hiperactividad) pueden resignificarse bajo esta luz.

El género es una categoría compleja y multiarticulada que comprende:
1. Asignación de género: la rotulación que hacen médicos y familiares del recién nacido con relación a su anatomía.
2. Núcleo de identidad: es el esquema ideo-afectivo más primitivo  y que genera el sentimiento subjetivo de ser mujer o varón.
3. Rol de género: conjunto de expectativas acerca de los comportamientos sociales apropiados para ellas y ellos. Fuertemente normatizada, contiene valores dicotómicos y es diferente en distintas sociedades y se modificaron con el tiempo. Pueden estereotiparse, confundirse con esencias y su no-asunción generar distintas formas de rechazo.
4. Expectativa de género: en relación con lo anterior, se esperan conductas “propias” de mujeres o varones.

Como vemos, los elementos del sistema sexo-género se caracterizan por su grado de relacionalidad. Se esperan conductas “propias” de mujeres o varones y así nombrar a alguien como perteneciente a una clase. Durante el embarazo, con frecuencia, se desea un determinado sexo, además de un futuro hijo. El uso creciente de los tests durante la gestación –sin que medie indicación por riesgo- lo demuestra.

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