Carta al pene

(Esta carta fue escrita por un paciente como parte de su terapia y, con datos cambiados, se publica bajo la autorización de su autor como ejemplo esclarecedor de la relación que un varón puede entablar con sus genitales)

Huaco erótico - Cultura Moche, Perú Nunca pensé que iba a dirigirme a vos de esta forma. Seguro que era algo que nos quedaba por hacer. Lamento no poder escucharte más allá de lo que puedo suponer yo, qué podrías sentir en ausencia de todas mis propias influencias. Desde chico recuerdo que me preguntaba que si la única función era la de hacer pis, porque las nenas (al menos eso   me decían) te tenían con otra forma. Vos y yo sabemos en qué vamos a terminar en esta “charla”, y ojalá que nos podamos poner de acuerdo, digo, por el bien de los dos.
Ya desde que éramos chiquitos, cerca de los 7 u 8 años, me acuerdo que te frotaba contra la cama o te ponía en contacto con alguna cosa que anduviera por ahí para ver qué se sentía. Ahora los pibes de esa edad parecieran ser que tienen una idea más clara de qué cosas deben pasarle por sus hormonas, incluso antes de que esto ocurra.

Siempre me molestó que te pegaras tanto a la “bolsita”, te dije muchas veces que me molestaba, y por muchos años me acuerdo que cuando me ponía el calzoncillo te colocaba para arriba para que eso no sucediera. A veces me pregunto si fue por ello que, en respuesta al trabajo que te daba, te quedaste “petisón”, como queriendo demostrarme que la gravedad era necesaria para tu normal desarrollo. De todos modos, aunque esta locura fuera cierta, ya es demasiado tarde.
Ese es un tema que todos nosotros nos preguntamos por qué ocurre. Incluso llegué a pensar que aquellos muchachos que parecían más seguros hacían que su desarrollo fuera más rápido y mejor, algo así como si la timidez fuera una sustancia que retarda el crecimiento, y tengo que admitir que si bien siempre soñé con ser un tipo diferente nunca hice mucho por cambiar en lo concreto. Pensaba que las cosas iban a darse por sí solas, pero por lo que vemos, por lo menos en mi caso, nunca fue así. Es más, ni me acuerdo bien cuando fue nuestra primera masturbación exitosa. Sí me acuerdo que fue con esa revista de mi hermano en el baño de casa. ¡Estaba linda la morocha! Me acuerdo que me sorprendió ver hasta dónde había ido aquel manchón blanco que no terminaba incluso de entender cómo era.
Seguro que me estarás reprochando por qué en aquella época no ejercitábamos más con mujeres de verdad. Digamos básicamente que siempre fui un miedoso. Pero no es lo único. Desde chico siempre pensé que eso que hacía estaba mal. Es más, que andar con chicas era algo de gente grande, no sé de donde saqué esa estupidez. Pero me parecía que los besos eran cosa de pibes mayores de 20. De todas formas cuando llegó esa época tampoco las cosas cambiaron mucho.
Cuando iba a bailar te acordarás que jamás “levantamos” nada. Siempre me sentí (y me siento) ajeno a esos lugares. La técnica de la “parla” no la tengo. Y antes era todo mucho peor porque te acordarás que era gordo, y los complejos eran los reyes de mis actos. Ni siquiera tenía “bolas” (ya sé que te pertenecen más a vos que a mí, no hace falta que me lo recuerdes) para comprarme ropa con la que me sintiera más atractivo.
Ahora y antes de que me lo preguntes: ¿por qué no fui siquiera con una prostituta? Ya sé que te tengo podrido con el tema de cómo pensaba antes, la depresión y todo eso. Pero siempre me dieron mucha lástima esas mujeres, que por necesidad se dejan hacer cualquier mierda. ¡Cómo yo iba a reivindicar semejante basura! Era como comprar un estéreo robado, colaborando con el robo. ¿No me crees? Claro, piensas que sólo son excusas. Puede ser que inconscientemente lo sean. Porque aún hoy jamás fui a uno de esos lugares y ahora sí te confieso que por miedo. Pero te doy mi palabra de que eso era lo que yo pensaba. En realidad no es tan ajeno a la realidad, pero los años me fueron permitiendo tolerar más las bostas de este mundo que siempre quise modificar.
Cuando me tocó el servicio militar me acuerdo que uno de mis miedos era que te vieran. Me avergonzaba de vos. Fláccido eres muy chiquito. Y no voy a tolerar que me mandes a la mierda porque sabes perfectamente que más allá de mis complejos las apariencias mandan en todo este circo.
En esa época realmente me sentía mal. Ya era demasiado evidente que no era un tipo normal. Los fines de semana no tenía coartada. No tenía amigos ni con quien salir. De dónde sacar una influencia positiva. Alguien con quien perpetrar cualquier cosa. Tenía 20 años, y todavía no conocía el cuerpo de una mujer. El monstruo se me hizo enorme.   Escribo esto, y me da la sensación de que si te hubiera visto más “normal” me hubiera animado más a ciertas experiencias. Pero debo admitirte que mi pasividad tampoco te ayudó. No sé, creo que siempre voy a tener la duda si es que te comportas sanamente, o si soy yo que no te dejo trabajar. A veces quiero relajarme sin importarme lo que hagas, pero no veo que por eso te muevas con más libertad.
Hoy por hoy creo que estamos transitando un buen camino, pero a veces me pregunto si no es tarde. No quiero caer en esa frase estúpida de recuperar el tiempo perdido. Los dos tenemos 29 y conocemos nuestras limitaciones. Quizás en otra época hubiéramos podido aprovechar aquellas desaforadas hormonas y haber iniciado un camino con menos espinas. Pero no es el único tema en esta vida que no da segundas oportunidades. Sí me gustaría tener la certeza de que los efectos del VIAGRA sólo van a ser necesarios por un tiempo, pero los dos conocemos bien las diferencias.
Cuando empecé a escribirte creí que iba a tener que reclamarte más cosas. Pero la ficción de darte identidad sirvió para que me animara a escribir, en definitiva que eres el propio Guillermo y tu comportamiento es coherente con lo que hice y no hice desde que estoy vivo.
Hay algo que sí quiero decirte, y es que en aquellos poquitos momentos de felicidad, aunque más no fuera a tu forma, estuviste conmigo, y sin vos, no hubieran sido posibles.

Guillermo, Bs. As., Argentina, 2001

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