DE PADRES A HIJOS

DE PADRES A HIJOS
(PARTE I)
Adaptado de “Sexualidad en la pareja” de Adrián Sapetti y Roberto Rosenzvaig (Editorial Galerna, Bs. As.)

Artemisia Gentileschi, “Venus y Cupido” (1625)

                               “….porque tú eras para mí la medida de todas las cosas".
                                                    Franz Kafka (Carta al padre)
Entre todas las especies vivientes, el ser humano es el que ha desarrollado al máximo su capacidad de aprendizaje; des­de los movimientos elementales hasta las más complejas conductas sociales, todas reciben un modelo posible de imita­ción, que la cultura en su conjunto se encarga de proporcio­nar.
Hoy a nadie en su sano juicio se le ocurriría que un ser humano desarrollase el total de sus habilidades sociales en forma autónoma y por el sistema de ensayo y error, esto sería como pretender que cada persona cometiera un núme­ro máximo de equivocaciones, que sufriera golpe tras golpe y caula tras caída y de allí fuese descubriendo "espontá­neamente" la verdad.
De una manera mucho más sensata, los progenitores de todas las especies superiores, incluida la humana, toman a su cargo el aprendizaje de las funciones básicas como la alimentación, el movimiento coordinado, los códigos gestuales y verbales, los rituales, los permisos y las prohibiciones.
En todas estas actividades siempre hay un modelo cerca­no del cual tomar las informaciones necesarias. Así se va creciendo y aprendiendo, por imitación e identificaciones, por comparación, por todas las aceptaciones y todos los rechazos.
En relación con la sexualidad, el aprendizaje resulta mu­cho más confuso que, por ejemplo, aquel vinculado a apren­der a caminar o a comer. Siempre habrá en una familia una mano cálida dispuesta a ayudar al niño que comienza a desplazarse sobre sus piernas o a sostenerlo cuando tropieza, Pero esa misma mano adulta puede interrumpir enérgica­mente el placer de un niño o una niña que explora sus ge­nitales. Es obvio que la actitud cultural es diferente con respecto a una función corporal que a otra.
Vale la pena preguntarse qué hace que la reacción sea diferente, ya se trate del movimiento sincronizado de las piernas (caminar) o de la exploración y manifestación de la sexualidad. La única respuesta disponible es: la cultura. A través de los siglos existieron actitudes diferentes en cuanto a la información que recibían los niños y los adolescen­tes acerca de la sexualidad de los adultos,
En el mundo americano precolombino, los incas dispo­nían de un sinnúmero de pequeñas estatuas llamados huacos, que muestran a hombres y mujeres en relación sexual Se supone que uno de los propósitos de estos huacos era educativo.
En las ceremonias de iniciación o rituales de pasaje, ex­tendidos por todo el mundo, durante los cuales el púber pa­sa a pertenecer a un mundo adulto, una parte importante consiste en la revelación de ciertos secretos sexuales, a cargo de los hombres adultos de la tribu. Simultáneamente, a las niñas se las entrena a través de danzas rituales que, en los movimientos, semejan la relación sexual.
Pero no es éste el lugar para extendernos sobre los ritos, sino sobre los modelos de aprendizaje que ofrecen los adul­tos y que han oscilado entre la exhibición abierta de la sexualidad hasta el ocultamiento extremo del cuerpo y de sus posibilidades, para encerrarlo en una sexualidad de re­producción.

Entre estos límites existen modos de transmitir la infor­mación relacionada con el cuerpo y el sexo que faciliten el conocimiento y que permitan la libertad de elección. Mu­chas veces hemos escuchado la frase: "A mí no me dieron ninguna educación sexual". Esta aseveración dista enorme­mente de ser cierta, ya que siempre se imparte algún tipo de educación, aunque ésta sea a través del silencio. Son los pa­dres los depositarios de la responsabilidad de ofrecer modelos de actitudes. Son ellos los que deben asumir la tarea, junto con los educadores y docentes, porque sino corren el riesgo de aparecer nada más que como censores. Así su tarea principal consiste en transmitir que la relación sexual es un acto de comunicación y amor, jamás un imperativo, porque nadie es mejor o más completo por haber efectuado un coito.

Un simple acto mecánico, desprovisto de afecto, es una iniciación forzada, que a veces ni siquiera resulta útil como entrenamiento adecuado.
En nuestros talleres de educación sexual para adolescen­tes nos han preguntado repetidamente: ¿cuándo se está pre­parado para tener una relación sexual? Y la respuesta que damos es siempre la misma: no existe una edad ideal o precisa, depende de la madurez personal, del deseo, de la confianza en sí mismo y en el otro. En este sentido, la educación sexual ofrece un marco de garantías para saber el cómo y el cuándo. La base en que se inspira es la transmisión, más que de detallados conocimientos anatómico-fisiológicos, de la necesidad de responsabilidad, consi­deración y respeto hacia el compañero o compañera sexual. Y estos elementos incluyen el cuidado para evitar embara­zos indeseados que suelen culminar en uniones apresuradas o interrupciones traumáticas de la gestación.
De la confianza, el conocimiento y la libertad mutuas na­cerá una experiencia sexual rica y plena, que deberá ser re­corrida como quien asciende una montaña, con tiempo y cuidados, porque a medida que se asciende se notarán sensa­ciones y percepciones diferentes.

Alejandro, 31 años: ¿No es mejor que a una nena la eduque la madre y a un nene el padre?
Vicente. 56 años: ¿Hay una edad específica para comenzarla educación sexual? Silvana, 44 años: Tengo 23 años de casada y no estoy deacuerdo con que se enseñe educación sexual a loschicos, no hace más que excitarlos.
Alberto, 29 años: ¿De qué forma se puede enseñar Educación sexual desde los primeros años del preescolar?El sexo en nuestro país es algo prohibido y los docentes están imbuidos de esto, ¿Cómo se puede hacer?
Hebe, 39 años: ¿A qué se debe que en la enseñanza mediano se enseñe educación sexual, a pesar de que en la adolescencia aflores las preguntas?
Julián, 32 años:   ¿Quiénes son los verdaderos educadoressexuales: los padres o los maestros?

Comencemos por la pregunta final: según Jose­fina Rabinovich "educadores sexuales somos todos, porque todos transmitimos valores y actitudes sexuales que influyen en la conducta del otro. Buenos son los que hablan con sin­ceridad y honestidad, los que transmiten claramente sus va­lores y creencias hasta arriesgarse a ser cuestionados. Los que no temen ni evitan dar la información que tienen, bus­car la que no tienen o consultar con otros. Los que enfren­tan las preguntas de los chicos, las sepan responder o no. Los que no se adueñan del cuerpo de sus hijos”.

Los primeros y principales educadores son los padres, no sólo a través de la palabra, sino de los modelos de relación que se ofrecen al niño, de la coherencia entre lo que se dice y lo que se muestra.

Es preciso ser coherente, es el primer ejemplo educa­tivo desde antes del nacimiento. Asumimos que esto es particularmente difícil en un país que, como el nuestro, se ha caracterizado históricamente por poseer una doble moral, donde por un lado se reclaman públicamente conductas rectas y honestas y por el otro se avalan desde el silencio cómplice las acciones que representan lo contrario. En rigor de verdad, si un padre quiere que sus hijos crezcan en forma armoniosa e integrada, corno per­sonas no violentas, considerando el sexo como una forma de comunicación y afecto entre dos personas, lo que tendría que hacer es aislar a sus hijos de todo contacto con los me­dios de comunicación masiva, que en general muestran exactamente lo contrario. Pero como esto es prácticamente im­posible y poco realista, ese padre tiene un doble trabajo que consiste en permitir (con límites) que reciban esa información y, además, suministrar la propia versión de lo que han oído o visto.
En este sentido, a la pregunta de Alejandro acerca de que si es conveniente que la madre o padre hablen con el hijo del mismo sexo, es posible responder de que hay temas que fácilmente pueden ser abordados por ambos y hay otros en los que naturalmente será más sencillo que lo haga el pro­genitor del mismo sexo. Por ejemplo, el tema de la mastur­bación, o la orientación con respecto a la menstruación, los cuidados anticonceptivos, etcétera.
Con el crecimiento y la inserción en otros ámbitos socia­les, como los grupos de amigos y escuela, los chicos reciben informaciones basadas en otras experiencias que, a menudo, suelen ser distorsionadas o traumatizantes. Esta es una nue­va prueba, en la que van a comparar lo que recibieron en sus casas con respecto a lo que escuchan o ven fuera de ellas. Sólo en los últimos años la escuela argentina ha comenzado a pensar en instrumentar la educación sexual para docentes, para que éstos, a su vez, puedan transmitir una información científica, uniforme y veraz. Pero, como frente a cualquier elemento de cambio, hay sectores que se oponen activamen­te a los programas de educación sexual o que pretenden reducirla a contenidos anatómicos y fisiológicos, excluyendo cualquier mención a prácticas anticonceptivas, o a la rela­ción sexual como una actividad placentera en sí misma.