La sexualidad a flor de piel (Parte I)

Condicionantes de la cultura

Cuando nacemos, niños y niñas, uno de los primeros estímulos que recibimos es en nuestra piel -incluso antes que la actividad succionadora -, sea de la madre, el padre, el médico neonatólogo o la enfermera.

Muchas veces es lo que perdemos tempranamente, sobre todo de nuestros padres: las caricias, los masajes que nos daban por todo el cuerpo, los "mimitos" pasan a ser olvidados y dejados de lado. Siempre recuerdo algo que nos decía el profesor Dr. Escardó cuando cursábamos Pediatría: "el eczema infantil es una enfermedad por falta de caricias".

Sabemos que la piel se origina de la misma raíz embriológica que el cerebro con lo cual la dermis no sólo es una cubierta sino algo donde se reciben las sensaciones afectuosas, agresivas o dolorosas. O sea que, salvo los condicionantes de la cultura, no hay nada que nos impida disfrutar de las caricias. Es cierto que los varones han privilegiado los estímulos visuales, al punto que el voyeurismo es una parafilia típicamente masculina; las mujeres le dan suma importancia a lo táctil, a las caricias, masajes, mimos y besos; pero creo que es algo que está en proceso de cambio: hay mujeres que ven desnudos masculinos en shows y films "hardcore" y varones que disfrutan sobremanera de masajes eróticos o de una fiesta de caricias.

Se podría teorizar que el placer del agua tibia en nuestra piel cuando tomamos un baño o una ducha, no se debe a un acto de necesaria limpieza y sí de recuerdos, en la piel y mucosas, de nuestro paso uterino por el líquido amniótico.

Acariciándonos

Tocarse según Masters y Johnson es "un fin por sí mismo, es una forma primaria de comunicación, es una voz silenciosa que previene los equívocos de las palabras mientras expresa los sentimientos del momento. Es un puente en la separación física que sufre todo ser humano, estableciendo un sentido de solidaridad entre dos individuos". También lo es de dolor, intimidad, afecto, emoción y ternura.

Pensemos en la importancia fundamental que tiene para todo niño el contacto temprano con su madre y la añoranza que guarda durante toda su vida por esa pérdida. Acariciarnos y tocarnos con nuestra pareja, en cierta manera, nos devuelve al paraíso perdido de la infancia. Desgraciadamente se ha perdido también esa posibilidad de contacto más allá de los genitales. Especialmente en el varón donde prima como hecho único y fundamental la cuestión de su falo erecto sin pensar que es parte de un cuerpo. Creemos que, y sabemos que el sentido del tacto es uno de los primeros en desarrollarse, en los varones disfuncionales ese sentido se ha ido atrofiando en desmedro de la función genital.

Este contacto con la madre, y luego con el padre, dura pocos años y cuando el niño o niña crecen, llegando a la pubertad, declina bruscamente: el cuerpo deviene algo prohibıdo.

En años posteriores, para colmo, al varoncito se le irá diciendo que no hay que tocarse, que darse caricias es de niñas; de tal manera que el contacto corporal sólo quede limitado a la pelea y al deporte. Los padres, pasada la infancia, ya casi no acarician a los hijos ni tienen juegos corporales con ellos. El mensaje básico sería entonces "no toques, no te toques, no me toques". Incluso muchas parejas se avergüenzan de mostrarse frente a sus hijos en actitudes cariñosas ("no me des un beso que están los chicos"). A partir de eso, el niño, que ve que los grandes no se besan ni se tocan cariñosamente va emulando a los padres poniendo una seria barrera entre su corporalidad y el mundo circundante. Es interesante ver como, por ejemplo, cuando alguien roza a otro por la calle la primera expresión que brota de los labios es "disculpe", tal vez sería bueno fantasear que podría trocarse en un "le agradezco mucho el contacto".

A las niñas se les permiten los juegos y los saludos donde intervienen caricias, besos, arreglos en el pelo, lo que también van reforzando las aprensiones de los varones: "eso es de mujeres", es sinónimo de debilidad, de falta de hombría. Tocarse y acariciar es preámbulo de sexo y nada más. No hay término medio: “si me acarician tengo luego que penetrar, si se acercan voy a tener que responder”. Así empieza a fallar y a hacerse la idea nefasta por la cual "mejor no empiezo nada que después no voy a poder terminar". Así, el “macho viril” se prohíbe los juegos, las caricias, los mimos, todo lo que sea una muestra de afecto, ternura y amor.

DR. ADRIÁN SAPETTI, psiquiatra y sexólogo. Autor de los libros: "Los senderos masculinos del placer" (Editorial Galerna) y de “Sexualidad en la pareja” (Editorial Galerna).

Director del Centro Médico Sexológico y del sitio www.sexovida.com

Nota: continuaremos en próximas entregas, dando en la última de ellas, un ejercicio para aumentar la sensibilidad y sensualidad a flor de piel, que ayudará a enriquecer nuestra vida erótica y amorosa.

volver