LA SEXUALIDAD DE LAS PAREJAS EN VÍAS DE DISOLUCIÓN



Pan y Siringa, F. Boucher (1759)

El momento cercano a la separación, aunque ésta haya sido deseada, siempre es traumático: son muchos los cambios internos y externos a los que esa persona se ve sometida. Si observamos la Escala de evaluación de Estrés de Holmes-Rahe, la separación matrimonial se encuentra ubicada en segundo lugar como factor estresante.

Cambiará el entorno, la relación con los vecinos, con los amigos y los hijos, acecha el fenómeno de la soledad y “el volver a empezar”. También quedan el dolor por el fracaso, el temor a no volver a formar pareja y al reinicio de la vida sexual. En esto no hay reglas y sí infinitas variaciones.

El primer dato a tener en cuenta es cómo fue la vida sexual de esa pareja porque eso también condiciona: si era relativamente satisfactoria quedará una cierta nostalgia con la añoranza de los códigos comunes y los placeres vividos entrando, muchas veces, en colisión con nuevas relaciones que se puedan encarar.



¿COMENZAR DE NUEVO?


Deberíamos hablar de una cierta fantasía popular que nos dice que todos los que se separan es “porque se llevaban mal sexualmente”. Esto no es cierto ya que vemos parejas que se separan a pesar de tener muy buenas relaciones eróticas y otras que permanecen juntas a pesar de que sean insatisfactorias o incluso no tenerlas.

En los primeros, y si los finales de la pareja no son tormentosos, muchas veces, se transita por una etapa idílica. Incluso con el estímulo - explícito o no- de la aparición de terceros o cuartos, aunque esta situación sea imaginaria (recordemos el excelente y póstumo film de Stanley Kubrick: Eyes wide shut), funcionando como un ingrediente erótico; amén del adiós transitorio de la cotidianeidad y la rutina: ambos se preparan bien para los encuentros y se esperan como dos novios recientes.

Una paciente me decía: “ahora que estamos por separamos, cuando nos encontramos, mi esposo viene vestido como nunca, se perfuma con fragancias importadas y me trae regalos... antes ni una flor...”.

De estas situaciones a veces se recompone el vínculo, otras veces quedan como amantes por un tiempo o se llega a la separación final. Cuando la separación se da en una pareja que fue desgraciada en su vida sexual o francamente disfuncional -entendido esto como que padecieron una disfunción eréctil, eyaculación precoz, anorgasmia, deseo disminuido, vaginismo, fobias sexuales o, más simplemente, una falta de entendimiento o asincronías- hay mucho temor a fallar cuando se vuelva a empezar con otra pareja. Esto genera un miedo anticipatorio que puede a su vez engendrar nuevos fracasos, condicionando el devenir erótico-sexual de estos cónyuges.

El recuerdo de una vida insatisfactoria y disfuncional será una seria restricción para una posible recomposición, aunque hemos visto casos que han intentado una terapia sexual o de pareja y esto les permitió una recuperación del vínculo que, de otras maneras, quizás no hubiera sido posible. Es bastante común que, ante la inminencia de la separación, uno o los dos se animan a consultarnos.

Otra es la situación donde aparece una gran distancia corporal y afectiva lo que en algunos casos acarrean celos –cuando antes no estaban presentes- en uno de los dos o aparición de terceros, si es que no existían antes. Esta es otra variable que complica la resolución: cuando se descubre o devela o explicita la infidelidad.

 

UNA MIRADA SOBRE EL VARÓN

Quizás no resulte lógico pero vemos en el consultorio varones que empiezan a salir con una nueva pareja y con ésta no tiene buenas relaciones o no logran la erección pero nos refieren que con la esposa no tenían esos problemas y continúa manteniendo relaciones sexuales lo que complica aún más las cosas.

También el otro polo se ve: cuando tuvo una vida erótica pobre, pueden encontrar –y vale lo mismo para la mujer- un goce sexual que antes nunca tuvo con una nueva pareja viviendo así “una segunda juventud”. Otros varones prefieren tener relaciones con varias, ir “en busca del tiempo perdido” y no comprometerse con ninguna.

Detengámonos en los varones: si son sexualmente inseguros, con baja autoestima, fóbicos o disfuncionales, sienten que tienen miedo a encarar por temor a fracasar, y así evitan los encuentros eróticos. De estos varones las mujeres se quejan diciendo que “arrugan...son rajadores...mucha charla y cena pero no te tocan un pelo”.

Una mujer separada me decía: “hace dos meses que estoy saliendo con un divorciado, la pasamos muy bien, tenemos una química bárbara, pero de la cama ni me habla, creo que debe ser eyaculador precoz”. Más allá de que ella hace una interpretación en el aire sobre una probable disfunción de la pareja, se conjugan, en este caso, un pacto de silencio de no poder hablar de la dificultad y, posiblemente, una inseguridad sexual por parte del varón que, por razones que desconocemos, no se anima a realizar el coito con ella.

Muchos de estos varones vienen desesperados a nuestro consultorio para que les demos “algo para poder funcionar” y por suerte para ellos hoy también disponemos de esa posibilidad, ya sea por medios farmacológicos o terapéuticos. En estos casos se les hace muy difícil retomar su vida erótica y muchas veces, en lugar del Sexólogo, recurren a prostitutas porque allí, aunque fracasen, no “pasan un papelón” como sería el caso con una mujer que les guste.

Algunos dicen: “prefiero dedicarme a mis hijos, salir con amigos y tener amores pasajeros, pero no una pareja estable y menos convivir”, atribuyéndole muchas veces a las mujeres una cierta propensión a querer entablar relaciones estables al poco tiempo de conocerse.

Pero los tiempos han cambiado y también hay mujeres separadas que quieren tener amantes que las hagan disfrutar y no “maridos formales con los cuales aburrirse”. Otro hecho a tener en cuenta es que muchos varones separados, de 50 o más, quieren salir con chicas más jóvenes y no con mujeres de su edad, como una manera de negar el tiempo que pasó y porque prefieren jóvenes a las que les atribuyen “tener menos conflictos” sin “tener el peso de los hijos”.

Claro que siempre me pregunto si junto a la alegría y fuerza que traen las jóvenes vendrá aparejado que una veinteañera sepa entender los dolores del alma y los quejidos del cuerpo de un cincuentón. Es como decía la canción de los Beatles: “cuando tenga 64 años vos también serás viejita y sabrás cuidarme, atenderme”, y así ayudarse mutuamente.

 

UNA MIRADA SOBRE LAS MUJERES

Venus desarma a Cupido, Alessandro Allori (1570)

Un hecho común en el consultorio es escuchar a mujeres que nos dicen que durante el matrimonio no fueron felices sexualmente y temen fracasar nuevamente. En algunos de estos casos hay que prevenir que no sea esto una maniobra de profecía autocumplidora que genere una y otra vez el fracaso ya que, haber padecido una falta de respuesta orgásmica o no sentirse deseada, no es una condena que deberá cargar con otras parejas.

Es el caso de compañeras de eyaculadores precoces que nunca pudieron llegar al orgasmo porque ni le daban tiempo: puede ocurrir que encuentren una nueva pareja que sí las haga gozar dejándolas satisfechas pero una mujer no debería pensar que apenas se separa ya va a encontrar la pareja sexual de su vida.

Suponiendo que una mujer separada, por temperamento, desinhibición o posible liberación, decida hacer el amor con compañeros ocasionales y variados, la situación sigue siendo intimidante: además de las Infecciones de transmisión sexual (ITS) y el SIDA, no está nunca totalmente segura de poder evitar un embarazo - salvo que esté en la menopausia- y de la posibilidad de una agresión física, un robo o una estafa (de estos tres casos hemos escuchado varias situaciones referidas por pacientes separadas).

Otras dudas que las asaltan es si serán vistas como “mujeres livianas y fáciles”, aunque ya no se toman tan en serio estos preceptos machistas un tanto anacrónicos. Entonces se les presentan ciertos dilemas: ¿será mejor conquistarlos y arriesgarse a escuchar que se regala o volver, cual presa erótica, a la dulce espera del macho activo?, ¿buscar o ser buscada?, ¿tener una aventura o sólo acceder cuando el compromiso llegue?

Hay mujeres que quieren tener una vida sexualmente activa luego de la separación pero les pesa la idea de que el sexo tiene que llegar junto al amor y si no habrá de abstenerse. En este sentido, al varón no lo aflige la disyuntiva: sabe que podrá tener sexo con amor o sin él y que, como decía Pablo Neruda, “el amor puede ser eterno o puede ser fugaz”.

 

¿YA NO HAY VARONES?

Es común escuchar decir a muchas de estas mujeres que “ya no hay varones que valgan la pena” o afirmar que, en realidad, “no existen”. ¿Será cierto que el varón ha perdido la capacidad de amar, que el amor romántico ha sucumbido en los meandros de la exigencia, del afán de éxito, de las demandas sociales de triunfo económico y del ritmo sin pausas del mundo actual?

A veces pienso que algo de esto se entrecruza con una diferencia de expectativas entre lo que la mujer espera y lo que el varón cree que ella espera o está dispuesto a dar. Las mujeres a veces anhelan que sean tiernos y afectuosos, cuando ellos creen que les piden un sexo furibundo.

“Como decía mi abuela: -mi marido sería maravilloso si fuera diferente.”
Paul Auster

Quieren que las escuchen con atención y que les prodiguen mimos, cuando ellos suponen que “en realidad, está esperando que la bese en los labios con fuerza y pasión”. Desean que las tengan abrazadas cuando los varones sospechan, dado lo que la vida les enseñó, que “sólo quieren que las lleven a la cama”.

Quieren ser viriles y agresivos cuando ellas los necesitan suaves y cariñosos. Y, a veces, cuando esperan con pasión creen que “otra vez vendrá con este cuento de que no se siente comprendida” y prefieren encerrarse en el narcótico del fútbol y la televisión. Hay un tipo de varón que se preocupa poco por lo que realmente le pasa a su pareja -y a la mujer en general-, a la que considera mero objeto de su deseo.

Como su omnipotencia es grande siempre creen saber “lo que ellas necesitan”. Cuando se toma el trabajo de escucharla, muchas veces ante el terapeuta, el Sexólogo o ante la mera situación de que le anuncian el fin de la pareja, se muestra sorprendido de que a “ella le haya pasado eso estando al lado mío”.



ENCUENTROS Y DESENCUENTROS

La historia de los encuentros/desencuentros entre dos personas que evolucionan hacia una pareja implica referentes conscientes e inconscientes; entre los primeros está el proyecto, lo que cada uno desea de la unión y lo que ambos aceptan en términos de acuerdos explícitos sobre lo que la relación puede llegar a ser.

Pero por debajo de las expectativas visibles subyace el territorio de las idealizaciones, inconscientes y no verbalizadas, que remiten a las estructuras familiares (vinculares) internalizadas por cada individuo en su historia personal, de las cuales dependen las expectativas acerca de lo que debe colmar la relación de pareja. Unido a esto aparece también un ideal romántico que surge del deseo de que la pareja persista como fue en aquel pasado glorioso del encuentro pasional.

Estos aspectos diferentes, pero relacionados, crean una idea irracional acerca de la traición que el otro pudo llevar a cabo, a partir de la negativa a cumplir con el ideal de pareja.

En las “parejas tormentosas” hay una decepción profunda ante la “terrible” injusticia cometida por el otro, creando un espacio vacío, un estado de rabia sorda, que esconde la secreta fantasía de destruir ese estado actual, para hacer renacer el fantasma del pasado; el espectro de un Otro (con mayúsculas), que se supone, otorgaba la provisión de deseo, amor y cuidados necesarios.

Digo que este Otro es un fantasma porque probablemente jamás haya existido como un ser real, sino como una ficción, una narración literaria que se hace carne; porque lo importante no es solamente lo que uno desea (idealmente) sino la diferencia entre lo que uno desea y lo que uno siente que obtiene.

Es de una cierta manera nuestro objeto ideal proyectado sobre una pantalla, por eso muchas veces los enamorados perciben atributos en el otro que nadie más detecta, y que los demás sintetizan con la frase lapidaria “yo no sé qué le encuentra”. Ese personaje oculto e idealizado, invisible a otros ojos que no sean los propios, se obliga por su propia calidad de fantasma a cumplir con designios y fantasías secretos, y si - como es lo más probable- no lo hace, simplemente traiciona el ideal deseado. Y cuando se revela en su verdadero ser se constituye en una pesadilla.

Donde la exigencia al cumplimiento del ideal se impone como alternativa única, se cumple el axioma político que señala cómo la búsqueda de lo perfecto impide el encuentro de lo posible. Por otro lado vemos con frecuencia que aquellos rasgos, características o virtudes que fascinaran y sedujeran allá y entonces, en los comienzos venturosos, son vistos como algo rechazable, desagradable o como verdaderos defectos en el aquí y ahora.

Llama poderosamente la atención en estas parejas, la sensación de que no pueden estar juntos, pero tampoco separados. Resulta común que en su historia hayan intentado más de una vez separarse, luego de una serie de enfrentamientos que culminan en el clásico “¡no te soporto más!” dicho una y otra vez. Las separaciones, que paradójicamente otorgan una sensación de libertad, también son acompañadas de una sensación de vacío, que aparentemente sólo el otro puede llenar. Así resuelven darse otra oportunidad, la cual reinicia el ciclo de hostilidad, en medio de un clima de inconformismo y desarmonía.

A menudo hemos escuchado generalizar estas confrontaciones llamándolas “luchas por el poder”, una confrontación de fuerzas colocada en un contexto de estrategias de dominación, donde la violencia gestual, verbal y emocional, representan las armas del enfrentamiento. El sexo puede ocupar un lugar privilegiado en este conflicto, y es evidente que el varón está mucho mejor preparado socialmente para el ejercicio sistemático de la violencia sexual, aunque esto no sea un atributo de género excluyente.

Algunas tácticas utilizadas por los varones en esta escalada son:

1. Celos, desconfianza y hostilidad frente a la falta de deseo femenino, o a la
resistencia por parte de la mujer a mantener relaciones sexuales.
2. Burlas, críticas y descalificaciones a la sexualidad femenina en general, y más
específicamente a la de su mujer en particular.
3. Manipulación psicológica por la carencia de sexo.
4. Demandas de sexo después de una discusión violenta.
5. Acoso sexual.
6. Demandas de sexo con amenazas.
7. Práctica de caricias violentas o rechazadas por la compañera, durante la relación
sexual.
8. Violación dentro del martrimonio.
9. Infidelidad explícita o soslayada.

Las mujeres, por su parte, no juegan aquí el papel de laxas y pasivas heroínas románticas, sino que pueden actuar simétricamente, devolviendo o sofocando la hostilidad del varón. Ellas pueden:

1. Descalificar la competencia masculina para suministrarles placer.
2. Ausentarse conscientemente de la relación, haciéndolo evidente.
3. Generar impotencia (gran fantasma de la autoestima masculina)
4. Boicotear la escena amorosa a través de la ausencia completa de deseo o de orgasmo.
5. Compararlo con experiencias anteriores.
6. Infidelidad explícita o mal encubierta.

El sexo en acción es utilizado aquí como una metáfora de la agresión, como dice Otto Kernberg, se recluta el amor al servicio de la agresión, envuelto a veces en ropajes de pasión que señalan los más profundos arrepentimientos.

Los reencuentros y las nuevas oportunidades que se prometen ambos, son ilusorias y transitorias, porque el destino de estas parejas está en esa especie de infierno particular que han construido. En muchos de estos casos, recordando el Inferno del Dante, les caben los inmortales versos que el genio florentino pone en boca de la desdichada Francesca da Rimini:

 

“Nessun maggior dolore, che ricordarsi del tempo felice, nella miseria”
(Ningún mayor dolor que recordar los tiempos felices en la miseria)
Dante Alighieri, La Divina Comedia

 

UNA LUZ EN EL CAMINO

Como salida esperanzada muchos buscan en las distintas terapias un refugio al dolor que padecen en estas etapas de ruptura y muchas veces es allí que recurren a la consulta sexológica para solucionar –ellos y/o ellas- su problema y hemos visto cómo, estas crisis de separación, se transforman en intentos y posibilidades de revertir su posición existencial mejorando o solucionando un síntoma sexual que los acompañaban desde muchos años atrás.

A ellos les caben, en cambio, los esperanzados versos de Pablo Neruda:

“Y te amo, cuerpo de piel, de musgo, de leche ávida y firme, ¡ah! los vasos del pecho, los ojos de la ausencia, ¡ah! las rosas del pubis, tu voz lenta y triste, cuerpo de mujer mía, persistiré en tu gracia.
Mi sed, mi ansia sin límite, mi camino indeciso...
Me gusta cuando callas porque estás como ausente, distante y dolorosa, como si hubieras muerto. Una palabra entonces, una palabra basta, y estoy alegre, alegre de que no sea cierto”.

 

* Dr. Adrián Sapetti -médico psiquiatra, sexólogo clínico-
y Licenciado Roberto Rosenzvaig –psicólogo y sexólogo clínic
o-


 

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