Diálogo ficticio sobre declaraciones reales del Dr. Sigmund Freud

Freud por Salvador Dalí, retratado en la única entrevista que celebraronAdrián Sapetti: - Herr profesor, Ud. nació el 6 de mayo 1856 en el seno de una familia judía en Freiberg, Moravia. Se graduó de médico y continuó su formación con Charcot, en París; en 1890 publicó La interpretación de los sueños y se le otorgó una cátedra de Neuropatología en Viena, pero en 1938 llegaron los nazis (que ya habían prohibido sus teorías en Alemania) y tuvo que emigrar a Inglaterra. Pero su figura, Herr profesor, igual siguió deslumbrando en todo el mundo y alcanzó una gran fama.

Sigmund Freud: la fama nos llega después de la muerte, francamente lo que ocurra después de la mía no me preocupa,...me interesa más el futuro de mis hijos y aún más una flor de mi jardín, que lo que vaya a suceder cuando yo esté muerto. Te voy a contar algo: en el otoño de 1886 me instalé en Viena como médico y contraje matrimonio con la muchacha que me esperó más de 4 años. Fue culpa de ella que yo no alcanzara esa fama que tú mencionas ya en esos años de mi juventud. Poco antes un profundo interés me había llevado a solicitar cocaína a un laboratorio para investigar sus efectos.

AS: ¿una investigación con la cocaína? Nunca se habló de eso!.... pero además no entiendo la relación con la fama y su novia.

SF: es que en medio del trabajo hice un viaje para volver a ver a mi prometida. Yo entreveía las propiedades anestésicas de la cocaína en el ojo enfermo. Se lo había comentado a un amigo y él, ganándome de mano, se constituyó en el descubridor de la anestesia local.

AS: ¡o sea que la cocaína es la madre de los anestésicos locales!... y quedó enfadado con su novia por esto.

SF: no, no guardé rencor con mi novia por eso.

AS: he leído que escribió tres artículos sobre el tema (“Uber coca” y un título muy sugerente: “Anhelo y temor de la cocaína”)

SF: en uno de ellos yo defendí la coca contra los que la acusaban de ser peligrosa y creadora de hábito...un colega alemán sostenía que era “el tercer azote de la humanidad luego del alcohol y la morfina”. Uno de los problemas era el precio: el laboratorio nos cobraba muy caro por ella. Yo la consideraba como una droga mágica, hacía desaparecer los dolores gástricos, yo tomaba dosis muy pequeñas contra la depresión y la indigestión, con la esperanza que suprimiera mis vómitos y mis dolores. En una palabra fue allí donde yo me sentí médico al ver que había ayudado a un enfermo.

AS: es cierto que Ud. le daba cocaína a su novia, a amigos y colegas?

SF: es cierto, a Martha para hacerla fuerte y darle color rojo a sus mejillas. También les daba a mis colegas y sus pacientes, incluso le llegué a dar a mis hermanas.

AS: en pocas palabras: a los ojos de la actualidad, Dr. Freud, Ud. se estaba convirtiendo en una verdadera amenaza pública, un auténtico “dealer”. 

SF. No tenía ningún motivo para pensar que mi conducta encerraba peligro alguno ya que, a pesar de la frecuencia con que la tomaba, no había advertido ansia alguna de volver a tomarla. Digo estrictamente la verdad.

AS: Ud. consumió cocaína durante 10 años!

SF: es verdad, quise estudiar en mí mismo los efectos sobre el hambre, el sueño y la fatiga.

AS: los Incas decían que era un don de los dioses para satisfacer al hambriento, fortalecer al fatigado y hacer olvidar sus cuitas al desdichado. Pero, si me permite, quisiera leer una carta que le escribió a su novia en 1884 cuando Ud. se entera que Martha, su novia, tenía mal aspecto y había perdido el apetito, dice así: “ Ay de ti, mi princesa, cuando llegue te besaré hasta ponerte toda colorada y te voy a alimentar hasta que te pongas bien gordita...y si te muestras díscola verás quien es más fuerte, si una gentil niñita que no come o un hombre salvaje que tiene cocaína en el cuerpo. Cuando tuve mi última depresión la tomé otra vez y una pequeña dosis me elevó a las alturas de una manera admirable. Ahora estoy reuniendo bibliografía para una canción de loa a esta mágica sustancia”.

SF: ¡eso es una grave infidencia!

AS: es el precio de la fama.

SF: ya que Ud., dr. Sapetti, es sexólogo quiero decirle que veía en esta droga una ayuda para gozar de mi virilidad y disfrutar de la bendición de verme unido a mi amada.

AS: para eso no hay como el Viagra, Herr Sigmund, pero llegó tarde...

SF: no sé de qué me hablas.

AS: otro día le explico. Ud. hablaba antes de los beneficios que esperaba hallar en la cocaína, y en esto avizoró un camino para la psicofarmacología que iba a llegar, pero sé que tuvo problemas con su uso en un paciente.

SF: con gran dolor debo reconocerlo: yo intenté curar a un amigo, brillante médico, adicto a la morfina, con esta nueva sustancia. Pero este colega empezó a tomar cada vez mayores dosis de coca, sufre una psicosis tóxica con visión de “chinches de la cocaína” y muere a los 45 años de una sobredosis. Allí fui muy cuestionado: me sentí muy culpable de esta muerte, quise dejar la medicina hasta que me enteré que el Dr. Charcot, en París, intentaba curaciones a través de la hipnosis, sin medicación. Allí fui.

AS: sí, ese es un vuelco fundamental en su vida. No obstante se supone que bajo los efectos de la coca Ud. sueña el sueño de la inyección de Irma y esto le da pie para que, en 1900, publicase una obra monumental y revolucionaria que fue “La interpretación de los sueños”.

SF: no exageres con eso de monumental, estimado colega, mis años me han enseñado a aceptar la vida con jubilosa humildad.

AS: lo cierto es que el episodio de la cocaína tiene, a pesar de que los biógrafos lo silenciaron, una relación directa con los comienzos del psicoanálisis.

SF: aún de los errores se puede sacar una enseñanza.

AS: Dr. Freud ¿qué le pasa en la boca?

SF: es esta mandíbula mecánica que detesto, sabes que he padecido una intervención quirúrgica por un cáncer, pero prefiero la supervivencia a la extinción. Puede que, al ir haciéndonos la vida imposible según envejecemos, los dioses estén siendo compasivos con nosotros...

AS: lo noto un poco pesimista

SF: no tanto, he disfrutado de muchas cosas: de la camaradería de mi esposa, de mis hijos, de las puestas de sol, de los animales... también disfruto al ver crecer las plantas en primavera, tengo la satisfacción de estrechar una mano amiga, qué mas puedo pedir..

AS: es un pesimista.

SF: es que no permito que las reflexiones filosóficas echen a perder el placer por las cosas sencillas de la vida..

AS: ¿cree en la vida más allá de la muerte, en un renacer?

SF: no tengo deseos de renacer, es más, si nos revistieran con un nuevo envoltorio mortal ¿de qué me serviría sin el recuerdo?, no tendría vínculo entre mi pasado y el futuro. A mí me satisface saber que la eterna molestia de vivir llega finalmente a término, creo que el deseo de muerte y de vida moran uno junto al otro en nuestro yo, tal vez la muerte nos alcanza porque la deseamos.

AS: Herr profesor creo que ...

SF: basta de llamarme Herr profesor, si bien mi lengua y mi cultura son alemanas, a partir del antisemitismo dejé de considerarme alemán y prefiero definirme como judío. Y ya es hora que me dejes descansar, quiero despedirme con un pedido: espero que no me vean como a un pesimista, no mientras tenga a mis hijos, mi esposa , mis flores, yo no me siento desdichado, al menos no más que el resto...

AS: gracias por la visita Dr. Freud, acá en el lejano Bs. As, seguimos aprendiendo de usted y admirándolo. Una última pregunta: ¿es verdad que a los 8 años ya leía a Shakeaspeare, que aprendió el español para leer el Quijote y que no le gusta la música?

SF: siempre he amado la literatura, bien es sabido que hubiera querido ser un gran escritor como mi admirado Goethe, en cuanto a lo segundo te voy a decir que nunca fui un fanático de la música, me impide conectarme con mis pensamientos y asociar libremente, saludos para todos, hasta siempre.