Anorexia nerviosa

 

 Amedeo Modigliani
    

Bernardo Rovira y Eduardo Chandler

“Curioso no comer para vivir”
Tratando de ordenar mi biblioteca, tarea ímproba e inacabable, me encontré frente al libro “Anorexia nerviosa” cuyos autores –los dres. Rovira y Chandler me concedieron el honor de presentarlo en el Congreso de psiquiatría de APSA (Asociación de  Psiquiatras Argentinos) allá por el 2012- y al releerlo sentí que tenía una persistente vigencia y actualidad.

Conocí al dr. Bernardo Rovira -uno de los autores de este libro- por los años 70’, cuando ingresé como concurrente en el servicio de Terapia a Corto Plazo del Borda.

Tanto Bernardo como Miguel Di Santo –un psiquiatra amigo de ambos, ser excepcional fallecido a los 35-, fueron mis mentores, mis tutores, mis maestros, mis guías en la psiquiatría. Por esos años naufragábamos o salíamos a flote, entre Cerletti y Sakel, o sea entre el Electroshock y el coma insulínico, el haloperidol, el mayeptil y el LSD (al que en esa década se le apostaba una acción de apertura de la conciencia que permitiera una mayor profundidad en el trabajo psicoterapéutico).

Al poco tiempo, además de ir al Borda, ingresé al servicio de Psiquiatría del Hospital Sirio Libanés, donde en los Consultorios Externos también nos encargábamos de las consultas domiciliarias. Cierto día vino un señor italiano pidiendo un psiquiatra a domicilio, en su lenguaje cocolicce dijo: “dottore, dottore, la mia figlia non mangia nulla, non vuole niente, perche dice que é grossa e brutta. Anche non voule uscire dalla casa, ¡é molto malata!”. Estaba realmente preocupado “perche no mangiaba” y no tanto por la fealdad y gordura “della sua figliola” que, además, había dejado de estudiar.

Cuando llego a la casa, esperando ver a la “niña gorda y fea”, me encuentro con una ragazza bella, bellisima, carina. Como decíamos en el barrio: ¡10 puntos! Entonces, como no lo había leído a Rovira dije lo que no debía haber dicho nunca: “pero, si no estás gorda, sos muy atractiva, a cualquier muchacho le encantarías, sé razonable, sé como todo el mundo. Sos una chica inteligente”.

Tras lo cual, desesperada, prorrumpió en llanto, diciendo que nadie entendía su angustia, su eterno padecer, que se veía fea y gorda como un monstruo, que nadie más que Dios podía comprenderla. Yo, en realidad, sentía lo mismo: no entendía nada, salvo que fuera una dismorfofobia psicótica. Faltaba que le dijera: “tenés que comer”.

No me daba cuenta que ella no quería ser objeto de deseo, su sexofobia estaría amparada por su camino a la esquelitud –si me permiten el neologismo-, a la consunción de la carne y, emulando a Santa Teresa de Ávila, ascendería por la vía mística del orgasmo extático. O se convertiría en Siringa como la leyenda de la ninfa perseguida por el Dios Pan, mito del cual tomarán conocimiento en esta obra.

Leyendo “ANOREXIA NERVIOSA” hice un recorrido por el cuerpo de las anoréxicas, por su exterioridad, su interioridad, sus caprichos, sus rituales, sus angustias, sus pulsiones tanáticas tras las ansias de no comer nada.


 Egon Schiele

 

La obra comienza con la ubicación histórica de la patología a lo largo del tiempo y habla de descripciones tempranas de los síntomas. Encara en los diferentes capítulos la necesidad del enfoque interdisciplinario que estas patologías requieren. Desde la lectura psicodiagnóstica del test de Rorschach hasta el enfoque nutricional, la mirada ginecológica o la interpretación psicodinámica.

Las apreciaciones diagnósticas sumamente necesarias y los criterios de internación o los diferentes abordajes terapéuticos hasta capítulos finales donde se piensa la necesaria prevención, olvidada en esta sociedad de consumo que genera en serie estos trastornos, y el imperativo es “tienes que comer”…  a lo que inmediatamente se le agrega: “sé flaca”.

Y ahora recuerdo nuevamente la bella ragazza del barrio Devoto, la principessa que sólo salió de la casa para una internación.¿Acaso no eras la pobre infeliz, la perdida, la desterrada que carecía –o pretendía carecer- de sexo y de amor? ¿No eras el monstruo sin ideal y sin sosiego, parecido a un torrente, que de roca en roca, se despeña hacia el abismo de la nada, con obstinación y constancia, con ímpetu furioso, en camino a desaparecer?
¿No eras aquella que –al decir de los versos de Alfonsina- en los jardines negros del Engaño, vestida de muerte corriste al Estrago?

Y no pude ayudarte. El libro de Bernardo me llegó tarde. Recién ahora comprendí qué significaba querer ser un cuerpo no deseado, evanescente, que se transforma en un lirio, en un junco, en una caña que soplada por el viento, canta su angustiosa pena.

Y, aquí y ahora, a través de “ANOREXIA NERVIOSA”, guiado por Rovira y Chandler, como Dante de la mano de Virgilio, di con un mundo poco conocido por mí, caí y caí en un torbellino, a final del cual se me hizo la luz, y entonces, solo entonces, comprendí y terminé sabiendo.  

Dr. Adrián Sapetti

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