Depresión: Un fantasma temido

“A este hogar por el horror con frecuencia visitado,
dime, en verdad, te lo imploro
¿Hay, hay consuelo? Dime, dime,
¡te lo imploro!
Dijo el cuervo: Nunca más”.

Edgar Allan Poe en su poema “El cuervo”

De regreso del Congreso Norteamericano de Psiquiatría –tal vez el más importante del mundo- que esta vez se realizó en Washington, se me ocurrió escribir algunas reflexiones sobre este tema -la depresión- al que se le dio allí una gran importancia. Ya escritores, como Poe y Vallejo, como  las infortunadas Sylvia Plath y Alejandra Pizarnik o Alfonsina , Kafka o Roberto Arlt, Shakeaspeare o Proust, describieron maravillosamente este negro estado del alma. De las amargas reflexiones literarias de los genios a las vivencias básicas de los pacientes hay una brecha muy pequeña. Hay quien sostiene que es la enfermedad de moda, que debido a la inestabilidad de las cosas, la fugacidad de los vínculos, la creciente soledad, los cambios vertiginosos y el escaso soporte social, esta patología se evidencia cada vez más (con una prevalencia mayor en mujeres que en varones, casi 2 a 1). Y puede ser así. Pero no debemos olvidar que también se diagnostica cada vez más precozmente –por suerte- y con mayor certeza. Antes muchos cuadros quedaban subdiagnosticados y obturados con diagnósticos tan variados como el surmenage, el spleen, la doliente anemia, la vagancia y la tristeza vital.

Quisiera prestarle atención a este tema de las depresiones mal diagnosticadas y mal tratadas; el tema es que no siempre este cuadro aparece con toda su cohorte sintomática: el humor melancólico, el llanto constante, la tristeza profunda, la ausencia de futuro, las ideas de ruina y perjuicio, los deseos de morir, el nunca más del mundo de Poe. Muchas veces es más sutil y se evidencia como desgano y desaliento, pocas ganas de levantarse a la mañana, un constante pesimismo, tener menos ganas de hacer las cosas que antes le agradaban, no hallarle placer a la vida (anhedonia), tener problemas del sueño (insomnio a la noche y/o somnolencia diurna), trastornos en el apetito, síntomas corporales cambiantes, disminución de la libido, disfunción eréctil, astenia, apatía, abulia. Otras veces se asocia con una gran carga de angustia, incluso con ataques de pánico, ganas de llorar, no encontrarle sentido a la vida, con vivencias de haber fracasado (inclusive cuando a los ojos de los otros no es así). En el área de la Sexología descubrimos con gran frecuencia que, detrás de las consultas por impotencia, se esconden muchos cuadros depresivos, pero estos pacientes sólo se acercan al consultorio porque no pueden lograr la erección.

Por supuesto que hay grados de severidad que van desde una depresión reactiva (por ejemplo ante una pérdida de un ser querido) a lo que se llama depresión mayor o las enfermedades bipolares (que la gente conoce como maníaco-depresivas) o las depresiones en los esquizofrénicos, pero en todos los casos deben ser prontamente diagnosticadas y tratadas.

Lo que ocurre muchas veces es que se encuentran enmascaradas por otros cuadros  (alcoholismo, drogadicciones, fobias, desórdenes de pánico) o por tratamientos que lo único que suelen hacer es empeorar la depresión: es el caso de los célebres sedantes o ansiolíticos (como las benzodiazepinas), en la mayor parte de los casos automedicados o dados por consejos de los familiares o los vecinos. Estos sedantes, además de dar adicción, acarrean trastornos en la memoria de consolidación, fenómenos rebotes que obligan a aumentar la dosis produciendo un hecho llamativo: el paciente está sedado, planchado, aparentemente tranquilo, pero agravándose día a día de su depresión, su encierro, su sufrimiento. Y hay un dato que conviene conocer: un 15 % de las depresiones no tratadas o mal tratadas terminan en suicidio, hecho que se puede evitar con tratamientos específicos.

Tanto la Psiquiatría actual como la Psicofarmacología y las Psicoterapias han alcanzado un grado elevado de desarrollo que permiten la remisión de la mayoría de los cuadros. Actualmente vamos conociendo cada día más el mecanismo neurobioquímico por el que se produce la depresión y dónde actúan los medicamentos que la alivian.

Hoy existen varios grupos de antidepresivos: no voy a abrumar a los lectores pero podría decir que podríamos describirlos en cuatro:

  • IMAO (como la tranilcipromina), hoy no tan usados.

  • Tricíclicos (como la imipramina, la clorimipramina o la amitriptilina)

  • Inhibidores de recaptación de la serotonina (fluoxetina, sertralina, paroxetina)

  • Otros de acción combinada como la venlafaxina, el nefazodone y la muy novedosa  mirtazapina (que ayuda además a dormir y prescindir de los hipnóticos y sedantes, no produciendo efectos secundarios en el área sexual).

Lo importante es saber que para que sean efectivas hay que usar dosis útiles y no aquellas reguladas para abajo por los pacientes o familiares, y darlas por lapsos prudenciales pudiendo ser disminuidas o suspendidas cuando el cuadro ha remitido totalmente.

Hay casos que funcionan bien con el agregado de pequeñas dosis de risperidone (un novedoso antipsicótico), con estrógenos, hormona tiroidea o la droga tibolona (efectiva en los trastornos de las mujeres menopáusicas). En los casos de varones deprimidos con disfunciones erectivas asociadas el más efectivo recurso es el sildenafil (el famoso Viagra). Quisiera detenerme en este punto para destacar que muchos varones impotentes terminan deprimiéndose, con baja en su autoestima, evitación de los contactos y disminución de la calidad de vida. En este sentido el sildenafil ha sido una ayuda inestimable, una verdadera revolución en la historia de la farmacología.

Por último quisiera comentar algo que hemos debatido con nuestros colegas norteamericanos en el Congreso que antes mencioné: la unión entre la psicoterapia y los fármacos producen una mayor y más rápida recuperación, con efecto más sostenido en la remisión de los síntomas y un aumento en la calidad de la vida, pudiendo así volver a disfrutar en plenitud y no padecer sufriendo pidiendo el consuelo que por vía mágica, como El cuervo de E. A. Poe, nunca más llegará. En cambio, con el efecto sinérgico de la terapia con la medicación, es posible vivir mejor, libre de síntomas y con mejor calidad de vida.

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